Revista Intemperie

Poesía reticente: Aldabas, de Macarena García M.

Por: Fernando Pérez Villalón
aldabas

 

La palabra aldabas, título del primer libro de poemas de Macarena García M., suena como una serie de tres golpes, cada sílaba una llamada a la puerta, aunque en este caso no se trata de un sonido estruendoso ni agresivo sino apagado, en sordina, apenas audible. Hay que aguzar el oído y poner atención para tomarle el pulso a estos poemas, que no recurren a estridencia alguna para acaparar nuestra atención, sino que más bien parecen querer evadirla, invitándonos a leerlos de manera distraída como quien acariciara sin pensarlo el pelaje de un animal momentáneamente quieto, presto a escaparse en cualquier momento de nuestro regazo. Son poemas breves, ágiles, plagados de silencio, de frases dejadas a medias (anacolutos, las llamaba la retórica antigua), como suspendidas en el aire que se carga de tensión, de expectativas en suspenso: “no le alcanzan los recuerdos / a la hora del té // ríe // la noche se despierta / al caer la tarde / de los días / que mañana” (19).

Aldabas es un libro reticente, en el que los espacios entre un poema y otro, entre una estrofa y otra, incluso entre palabras, se cargan no de sentido sino de inminencia, de algo que está más allá o más acá del sentido. En portugués, los tres puntos que indican una elisión (…) se denominan “reticencias”, y en este libro en que el único signo de puntuación utilizado son los dos puntos se sienten constantemente esas pausas destinadas a dejar que el lector suponga lo que falta, o más bien a hacerle sentir que entre una y otra cosa que se dice queda mucho sin decir, como en estos dos poemas:

 

“confunde sus pies al despertar

 

esa mañana la cordillera

era un electrocardiograma” (14)

 

“quizás

dijo

 

quizás

 

como quien apaga

o enciende la luz” (22)

 

Varios de los textos de este libro evocan deliberadamente la estructura en tres versos del haiku, en algunos casos literalmente (“una bicicleta / sandalias de goma verde / primera navidad” 20) y en otros casos introduciendo una pausa que produce un cierto suspenso en la resolución del montaje “agolpándose en la fila / de las ovejas que duermen // el insomnio” 23), o limitándose a un dístico (“el pecho suena / como en el desierto” 25), como si agregar un tercer verso fuera a romper el hechizo de la imagen, el afecto que conjura.

Recuerdo que un amigo decía que en un pianista importan mucho menos la técnica y el fraseo que lo que él llamaba “la gestión del silencio”, la atención a los momentos que anteceden al sonido y lo escanden, los momentos en que se sacan las manos del teclado y se crean espacios vacíos entre una nota y otra, espacios en blanco que van formando una trama contra la que se recorta la forma del sonido para que la música aparezca. Algo así ocurre en este libro, en cuya escritura se adivina no tanto el gesto castigador de la tachadura y la corrección hasta que quede solo lo esencial sino el laconismo de quien por principio no se explaya al apoyar el lápiz sobre el papel (imagino estos poemas escritos a mano, ya que la velocidad del tipeo tiende a producir una escritura más abigarrada y proliferante). Ezra Pound se jactaba de haber llegado a las dos líneas de “In a station of the Metro” (“The apparition of these faces in the crowd; / Petals on a wet, dark bough”) a partir de un poema original de treinta líneas que de a poco fue condensando hasta llegar a la versión final, de intensidad inversamente proporcional a su extensión. No parece que estos textos sean, en cambio, el fruto de pulir hasta llegar al hueso, sino de irse decantando en la cabeza antes de ser puestos en palabras, y casi parece por momentos que la autora se esforzara por arrancarle cada palabra al silencio del que surge. Silencio es, de hecho, la primera palabra del libro, en cuyo poema inicial escribe García:

 

“silencio

se oye a alguien

tras la puerta

 

dice que salió apurada

que olvidó todo salvo

 

las llaves” (11)

 

En estos poemas, sin embargo, no hay nada bajo llave: el secreto está todo expuesto en en cada línea, estrofa o página. No hay más que decir, no hay algo oculto que nos invite a descorrer el velo para revelarlo, sino que hay la difícil y escurridiza evidencia de lo que tenemos ante nuestros ojos. No hay aquí epifanías ni sabiduría alguna, más que la de aceptar lo abierto, o mejor dicho lo entreabierto: “entreabiertas / las piernas la boca / la cabeza hacia atrás / los ojos cerrados / el cuerpo / derrumbado / sobre una silla / bajo el sol” (61). Como este cuerpo entregado al calor y la luz, este cuerpo del que no sabemos nada salvo su abandono, los poemas de este libro se ponen ante nosotros, se dan a la mirada sin pudor ni exhibicionismo, sin gestos teatrales ni afectación, sino con una naturalidad extrema (que no es lo mismo que la espontaneidad, siempre en el fondo un artificio que no se acepta como tal).

La sección final del libro, titulada igual que el conjunto del volumen, consiste en poemas sobre puertas que se abren: “abre la puerta apenas / se agacha / toma la carta y entra” (57) o “abre la puerta / pero el viento / la cierra en su cara” (60). Escribe Francis Ponge, en un poema titulado “Los placeres de la puerta”: “Los reyes no tocan las puertas. No conocen esa felicidad: empujar hacia adelante con suavidad o violencia uno de esos grandes tableros familiares, volverse hacia él para ponerlo otra vez en su lugar: tener en nuestros brazos una puerta. La felicidad de empuñar por su nudo de porcelana el vientre de uno de esos altos obstáculos de una sola pieza; ese rápido cuerpo a cuerpo mediante el cual, detenido el andar por un instante, la mirada se extiende y el cuerpo entero se acomoda a su nueva habitación.”

Los poemas de este libro, que exploran ese pasajero placer, funcionan como una serie de puertas que en vez de abrirse para dar paso a otro lugar nos invitaran a quedarnos en su umbral, en un dintel que no conduce a nada sino que funciona como un espacio en el que se está siempre de paso, como al fin y al cabo estamos en el mundo, o como una serie de aldabas que empuñáramos para sentir en nuestra mano el frescor del metal, sin todavía empujarlo o dejarlo caer para que resuene contra la madera, aguardando un momento, expectantes, aguzando el oído para percibir lo que se mueve tras la puerta.

 

Aldabas

Macarena García M.
Edicola Ediciones, Santiago, 2016

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