Revista Intemperie

La vida secreta de los colores

Por: Micaela Chirif
el interior de los colores portada

 

La idea de que una imagen vale por mil palabras está tan arraigada en nuestro sentido común que asumimos que se trata de una verdad evidente. Así, en el ámbito de la literatura para niños, el auge de los libros ilustrados acaba muchas veces por confinar al texto al rol de pariente pobre de las imágenes. Nos maravillan los colores, las formas e incluso las horas de trabajo y dedicación que apreciamos en las ilustraciones. Pero ocurre con demasiada frecuencia que obviamos el texto y ocurre, con la misma excesiva frecuencia, que el texto es malo -trillado, banal, inconsistente- porque prima la asunción de que la imagen “dice” lo que el texto es incapaz de decir.

En un giro conceptual importante, en El interior de los colores la ilustración se ha reducido al mínimo posible: en cada página encontramos apenas un círculo rojo o azul o amarillo o morado… y eso es todo. Pero junto a cada círculo hay un breve poema de María José Ferrada que lo expande y lo transforma en un campo de tulipanes, en un bosque, en la reminiscencia de un olor, en gotas de lluvia sobre la lengua o, cuando el círculo y el fondo de la página se confunden, en invisibles nubes que pasan. En este libro, gracias a la mediación del lenguaje, un reducido estímulo visual deviene en una verdadera experiencia sensorial que logra ser, además, estrictamente personal. Cada lector obtiene su propia imagen mental, cada quien “ve” por su cuenta y a su manera. Y ese es precisamente el poder del lenguaje: cada círculo es un ojo de buey que nos permite asomarnos al interior de los colores.

el interior de los colores 01

El elogio al lenguaje, sin embargo, no debería llevarnos a subestimar las imágenes: son mínimas, sí, pero fundamentales en tanto cumplen a cabalidad con lo que se pide a las mejores: ser mudas y resistirse, en silencio y obstinadamente, a agotarse en una interpretación. Esos pequeños círculos nos invitan a asomarnos a lo desconocido y a decir algo una y otra vez, al tiempo que nos fuerzan fuera del lugar común de la apreciación estética banal (“qué bonito” y sus variaciones) o de la búsqueda de detalles (“si te fijas hay una sapito detrás de la silla, medio escondido”). Es tal su impenetrabilidad que, para quien sabe estar atento, estas imágenes rebotan de inmediato al ejercicio verbal.

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El 1884 Alphonse Allais pintó un cuadro enteramente rojo al que llamó Cosecha del tomate por cardenales apopléticos a las orillas del mar rojo. Ese no fue su único cuadro monocromático. Entre sus obras encontramos también Primera comunión de niñas anémicas en la nieve (cuadro blanco), Estupor de los jóvenes neófitos al darse cuenta por vez primera del color azul del mar. ¡oh Mediterráneo! (cuadro azul) y varios más. En clave humorística, y probablemente sin proponérselo, Allais recordaba que es siempre el lenguaje el que nos dice qué vemos y, más importante aún, el que señala un sentido para lo que vemos.

Lo que esos cuadros proponían como gracia es lo que María José Ferrada y Rodrigo Marín han logrado ejecutar en clave poética: recordarnos el peso de las palabras. La diferencia es que los títulos descriptivos de Allais conducían las lecturas y re interpretaciones en una sola dirección y se agotaban con rapidez. No ocurre lo mismo en este caso porque la poesía, lo sabemos, es capaz de expandir el sentido en múltiples direcciones. Y es capaz de hacerlo porque concentra en ella todo el poder del lenguaje.

Bienvenido sea, pues, El interior de los colores, y bienvenido el camino que abre para quienes sepan ver y escuchar.

 

El interior de los colores

María José Ferrada, Rodrigo Marín Matamoros
Planeta, Santiago, 2016

 

Por razones de objetividad y transparencia, informamos que María José Ferrada y Rodrigo Marín Matamoros, son colaboradores de Intemperie.

 

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