Revista Intemperie

Más vale no ser un autor en la FILSA

Por: Natalia Berbelagua
filsa 2016

 

Desde hace tiempo que se viene hablando del descuido y el maltrato a los escritores en la FILSA. Como otros años lo comprobé al acercarme al mesón de retiro de credenciales, donde me entregan una tarjeta verde a la que le pegan un adhesivo blanco como para marcar cuadernos, con letra escrita a mano con mi nombre. Eso quiere decir que da lo mismo quién sea, de entrada.

Segunda cosa: ¿Qué pasa con esa sala donde los autores pueden esperar las mesas o los diálogos que existe en todas las ferias del mundo menos en Chile?, tanto en Buenos Aires como en Guadalajara he esperado en un lugar cómodo donde he podido compartir con otros autores un café o una copa de vino antes de la presentación, espacio que acá por supuesto no existe, y se tiene que llegar corriendo a la sala que nunca se sabe dónde queda, a una actividad que además siempre topa con otras actividades masivas, no entendiendo de parte de la organización que ciertas mesas con autores extranjeros no debieran ir al mismo tiempo que éxitos de ventas, sino de lanzamientos de libros más pequeños, que llevan su propio público. Pero al parecer eso es demasiado pedir, lo mismo que no se corte una conversación abruptamente. He visto durante años y en distintos contextos, ver llegar al encargado de turno, casi siempre de mal humor, a cortar audio si es necesario con tal de producir el desalojo.

Este sábado recién pasado me tocó participar de una actividad con la autora argentina-mexicana Sandra Lorenzano, autora de varios libros y además conductora de un programa de TV llamado Pasiones y obsesiones, donde entrevistó escritores relevantes acerca de lo relativo al trabajo de escritorio. La mesa, pese a que se trataba de eso, no fue moderada por ella sino por la joven escritora chilena Paulina Flores. Creo que ni ella ni yo éramos las indicadas para moderarla. Un poco de conocimiento previo hubiese bastado para entender que Sandra era la más adecuada para ello, o inclusive Pablo Simonetti, que estaba entre el público e hizo acotaciones más que pertinentes.

Nos sentamos a una mesa con tres floreros cuadrados tremendos que nos tapaban la cara. El sillón, incómodo. Un jarro de agua del estilo 3 por mil en la calle, sin vasos coronando la decoración. Comienza el diálogo. Sandra comenta riendo: -Tendremos que tomar agua de los floreros. Y ahí alguien de la FILSA cae en cuenta del error y parte rumbo a buscar tres vasos plásticos transparentes para la mesa. Nos olvidamos del tema.

La conversación es fluida y el poco público que asiste se muestra interesado. Al terminar doy un par de vueltas por la feria que ya está ad portas del cierre. Me pregunto acerca de la desfachatez de cobrar 3 mil pesos por actividades mal organizadas de poco atractivo para los asistentes, en un país donde las cifras de lectura hablan por sí solas, el que no les interese el pago a los autores por su presencia, la mala gestión.

Yo, que estoy acostumbrada a dar la lata en todos lados por hablar de libros y autores, esta debiese ser una actividad que debiera interesarme, pero se transforma en todo lo contrario. Un triste paseo a un Mall de provincia, con pocas tiendas donde gastar la plata y excesiva ansiedad. No por nada los editores furiosos tienen una actividad mucho más interesante en diciembre, y han decidido gran parte de ellos, paulatinamente, dejar de participar en FILSA. “Escritores sin papel de escritores. Hoy todos somos un poco autores” es el lema de este año. No cabe ninguna duda de qué concepto se desprende esta frase.

 

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