Revista Intemperie

Notas para recordar a mi maestro Fernando Pessoa

Por: Héctor Figueroa
pessoa

 

“..,esto de los grandes egos, esto de querer saber

quién es el primero, quién es el más grande. Esta es una visión que se refiere

al arte en general. La sociedad no es piramidal, puede ser en términos de

conceptos, pero cómo se mueve no es piramidal. No, no está el más grande.

La realidad es múltiple”.

Carlos Cociña

 

No faltarán los anónimos poetas que sigan peregrinando hacia la tumba de Huidobro, para luego descansar entre las hermosas y silenciosas colinas de su hacienda, ahí en Cartagena, o lectores que se dirijan al pueblo de Lautaro pensando en una magia que no existe más que en la poesía de Jorge Teillier, sin rastros ya de casas o bares, o como única huella algún fierro oxidado de guarda cruce ferroviario. Puede que sigan los lectores de poesía chilenos abismados ante una fachada en la calle Passy, entre el Parque Bustamante y Vicuña Mackenna, frente a la casa donde alguna vez malviviera el plomífero Enrique Lihn.

Frontispicio de esta manera las presentes notas ya que alguna vez también fui joven, un poco tonto y romántico y tuve la suerte de caminar por la Baixa, es decir, por el centro mismo de Lisboa, donde transitaba –con un leve tufillo a alcohol y melancolía- el poeta portugués Fernando Pessoa (1888-1935), bebiendo incluso una pinta de cerveza en el café Martinho da Arcada. En todo caso la experiencia también fue completamente antipoética, en ese año del 2001, cuando me encontré con una jauría de “lanzas” o “carteristas” lusitanos en plena Rúa Augusta (equivalente al Paseo Ahumada de Santiago), los cuales iban dejando sin billeteras, sin cámaras fotográficas o videograbadoras a ingenuos turistas japoneses y alemanes. Pásame la cartera, mamá, le dije un día antes de llevarla a Fátima. Una danza lusitana (en esa calle céntrica) de delincuencia diaria, al menos en esa época, de Torres Gemelas en el suelo.

Se ama la literatura como puede llegar a amarse la vida. Fracasado o no, por suerte, soy escritor, como la Szymborska o Iván Teillier. No diré ser la única voz autorizada, pero pertenezco al staff de Fernando Pessoa. No poseo ningún aura visible, pero me las veo con él y sus fantasmas, desde cabro chico, como diría Alexis Sánchez.

Fernando Pessoa fue neo en todo. ¿Escribir para la posteridad? Guardando todo en un baúl o arcón descubierto en la casa de su hermana. Tal vez sí, tal vez exista dicha posteridad. Llevando, de paso, la poesía del pensamiento al límite del conocimiento humano. Aburrido de las metáforas y de la métrica, Pessoa se atrevió a meterse incluso con el demonio, con Satanás, agarrando para el leseo, jugando ajedrez y haciendo desaparecer al mago y satanista inglés Alister Crowley (tal cual como su postal que aparece y desparece en la Historia Abreviada de la Literatura Portátil), publicitariamente, para la posteridad.

Sería emocionante, bonito (o de pesadilla), un giro en 360° que hubiese vida después de la muerte. El lisboeta Fernando Pessoa sería el poeta más estupendo, exitoso, intenso e inteligente de los poetas muertos vivientes. Para eso escribió como loco durante todo el capítulo o primera parte de su vida, cuidando de guardar o amontonar cada uno de sus manuscritos y papeles mecanógrafos inéditos. Sería bonito, repito, hasta embriagador, emocionante imaginar al poeta portugués y a su fantasma vivos, ahora mismo, actualmente, a él y a su fantasma que nunca salieron de Lisboa, observarlos bañándose traje de baño frente a otro océano como en el mar de la costa cantábrica, agua transparente, en una playa de Bermeo o Castro Urdiales, dentro de la zona poética (colinas verdes) de Euskadi o el País Vasco, por ejemplo.

Imagine el lector -después de leer cualquier manuscrito póstumo de Pessoa- un grafiti solitario y abandonado cubriendo el cemento de los extramuros de una gran ciudad, con la leyenda de “Pessoa Vive”, en lugar de Elvis, de Bird o “Charlie Parker vive”. Fama y gloria, en todo caso, que le importan un rábano o pepino a las odas y al ánimo de Ricardo Reis, otro de sus grandes heterónimos.

Sus textos, en general, comenzaron a ser valorados internacionalmente en la década del 70, mientras aún regía la dictadura de Salazar con la que también se tuvo que enfrentar intelectualmente el autor del poema irónico Libertad. El lector puede acercarse y leer sus bellas, intensas y ridículas cartas de amor a Ofélia Queiroz, donde Pessoa deja constancia de su terror existencial a cualquier tentativa de amor consumado. Como el suizo Robert Walser, el “más piola” de los auténticos escritores “piolas” (en la acepción argentina y chilena), Fernando Pessoa, quien publicara además “El banquero anarquista” en 1922, también prefirió los márgenes. Traductor de correspondencia comercial, de modesta o exigua paga, Pessoa sobrevivió como contador y empleado de almacenes de diferentes rubros, así y todo, entre el anonimato de monótonos trabajos, escribió una vasta obra literaria, colaboró en revistas y también las creó, pero se preocupó de no prender ningún letrero, de no dejar encendido ningún farol o ninguna luz de neón arriba de sus impresos. Como es sabido, aparte de unas plaquettes de poemas en inglés y uno que otro poema en revistas, publicó tan sólo un libro de poesía en vida (Mensagem, 1934), publicación con poemas herméticos, nacionalistas y de corte simbólico pero donde no radica precisamente su originalidad, en cuanto poeta excelso, intenso y brillante escritor.

Su ahora famoso El libro del desasosiego (verdadero testamento espiritual signado por Bernardo Soares) se publicó 47 años después de su muerte, en 1982. Los estudiosos y rastreadores de su vasta producción inédita señalan que son 136 las caras, las figuras o personajes ficticios, los heterónimos creados por el contemplador de la desembocadura del río Tajo. Acá en estas latitudes sus creaciones heterónimas siguen siendo el futurista e intemperante Álvaro de Campos, el neoclásico Ricardo Reis, el poeta de la naturaleza Alberto Caeiro y Bernardo Soares, quien en palabras del mismo Pessoa, “es un semiheterónimo, porque no siendo su personalidad la mía, no es diferente de la mía sino una simple mutilación de ella”. Todos sus heterónimos, todas sus personalidades secretas que se le aparecen y le dictan sus pensamientos en la cabeza durante el transcurso de años, rigurosamente inéditos, con todos ellos logró belleza e inteligencia conjuntamente.

Señala Harold Bloom en su catálogo de la poesía occidental que “Octavio Paz, uno de los adalides de Pessoa, resumió a este poeta desdoblado en cuatro con elegante economía: “Caeiro es el sol en cuya órbita giran Reis, Campos y él mismo. En cada uno hay partículas de negación o irrealidad. Reis cree en la forma, Campos en la sensación, Pessoa en los símbolos. Caeiro no cree en nada. Él existe”. Desde nuestra perspectiva, podríamos decir que sus heterónimos, ciñéndonos a un verso de Álvaro de Campos, son “Entidades en Piedra-Almas”.

Ah, éste que suena es Mozart, este es Brahms, este es The Cure. Ah!, este poema es de Baudelaire, este verso es de Borges, sí, ese es Whitman, ese que habla es Carlos Cociña, etc. Precisamente comentarios como éstos son los que logró Pessoa con sus heterónimos, configurando voces poéticas completamente distinguibles y singulares. Reconocibles cada una como un ente autónomo. Cito nuevamente al ensayista mexicano de Cuadrivio: “Y eso es lo que es la obra de Pessoa: una fábula, una ficción. Olvidar que Caeiro, Reis y Campos son creaciones poéticas, es olvidar demasiado. Como toda creación, esos poetas nacieron de un juego. El arte es un juego – y otras cosas. Pero sin juego no hay arte.”

Al respecto, Caeiro es el maestro del mismo Pessoa, según sus propias palabras, tal como si lo hubiese sido para el creador narrativo de La vida instrucciones de uso, Georges Perec, quien en su postura infraordinaria, es como si le hubiese hecho caso al poeta Alberto Caeiro cuando este dicta los siguientes versos: “A espantosa realidade das cousas / É a minha descoberta de todos os días” (“La asombrosa realidad de las cosas / es mi descubrimiento de todos los días.”) Con lo anterior no quiero decir que Pessoa ante el espanto, es decir, ante la enormidad, desmesura o maravilla de cada cosa, haya sido panteísta como su coetánea Gabriela Mistral. Aunque Pessoa, como la escritora del Valle del Elqui, también practicara la Teosofía.

Más que cualquier poeta del 900 o del siglo XX, Pessoa tiene muchas entradas para acceder a su mundo literario, más que Whitman, más que Neruda inclusive. Se dio el trabajo y el gusto de crear a un poeta homosexual como Álvaro de Campos, sin él serlo, como intuyendo tal vez que esa condición sexual, que da lo mismo, se pondría de moda como sucede actualmente.

Fernando Pessoa es escéptico, pero no a la manera de un materialista escéptico como el inglés Phillip Larkin, tampoco fue un practicante de la ideología como Neruda, aunque como practicante veleidoso de la ironía jugara tanto con el Fascismo como con el Anarquismo. Cantó la alegría de vivir como Whitman, como cualquier budista o sabio chino, pero también configuró un canto del tedio, de la tristeza y el aburrimiento, intersticios de la cotidianidad de cualquier mortal que, a solas, en su cuarto, se las tiene que ver con las cuentas impagas que le rodean. O con esa Saudade que suele traducirse al español como nostalgia o añoranza, palabra que para muchos es la atmósfera (mágica) propia de Lisboa, siendo la personalidad Pessoana, derechamente, una cuestión de saudade portuguesa, es decir, una cuestión, todavía o aún, indescifrable. Estimo y suscribo las palabras de Antonio Tabucchi, cuando en su certero estudio (“Un baúl lleno de gente, escritos sobre Fernando Pessoa, 1990”) señala, respetuosamente ante la dignidad y el talento de otro, que “Pessoa requiere lecturas que prescindan de interpretaciones prepotentes y que por el contrario sean capaces más bien de seguirlo en el terreno de la hipótesis”.

En su introducción al Libro del desasosiego, Ángel Crespo nos informa que en el escrito «En la floresta de la enajenación», el portugués “plantea con toda claridad el problema de la doble personalidad, un problema que arranca, en los tiempos modernos, de la obra de los románticos alemanes Goethe, Hölderlin, Novalis, etc. y que, por otra parte, es uno de los principios del hermetismo de todos los tiempos”.

Habría que consignar, también, que los heterónimos de Pessoa no son pseudónimos y que son más que un alter ego u “otro yo”, para convertirse en unos verdaderos seres desnaturalizados, pero llenos de una creatividad vital.

Cuando joven, conocí a un par de poetas chilenos (de la G-90) que recitaban a los oídos de las muchachas magníficos poemas de amor de Fernando Pessoa, y les iba bien, arrastrando incluso a incautas polluelas (como le gusta pronunciar al actor B, Alex Rivera) o mujeres a la cama, pero el portugués, creador de esos mismos versos, según su Bio-bibliografía, no logró hacer el amor (según especulan) ni siquiera con su amada y pequeña Ofélia. ¿Sirve para algo la poesía? ¿Le sirvió al menos a Pessoa? En este sentido, Bernardo Soares, su heterónimo que llevó un diario de vida (El Libro del desasosiego) durante toda su existencia, distinguiendo prosa de verso, señala polémicamente lo siguiente:

“Estoy seguro de que, en un mundo civilizado perfecto, no habría otro arte que la prosa. Haríamos casas sólo para vivir en ellas, que es, al fin, aquello para lo que son. La poesía quedaría para que los niños se acercasen a la prosa futura; que la poesía es, por cierto, algo infantil, mnemónico, auxiliar e inicial.”

Eso dice en desmedro de la poesía (un 18 de octubre de 1931) el heterónimo narrador del poeta Pessoa, el cual o sin embargo donó a la humanidad profundos y entrañables poemas de todo tipo, y que de infantiles no tienen nada.

“¿Qué es viajar, y para qué sirve viajar? Cualquier puesta de sol es la puesta de sol; no es necesario ir a verla a Constantinopla. ¿La sensación de liberación que provocan los viajes? Puedo tenerla al salir de Lisboa hacia Benfica, y tenerla con más intensidad que quien va de Lisboa a China, porque si la liberación no está en mí, no está, para mí, en ninguna parte”, dice Pessoa en su libro baúl que es el Desasosiego. Antes de las iluminaciones sobre el asfalto zen de Kerouac u otros (como Paul Theroux), el poema En un chevrolet a Sintra del portugués, es de lo mejor que se ha escrito en la poesía moderna acerca del viaje, en avión, caminando, en carreta, en bus o en tren, cuando el viaje es la vida misma. Y el viaje es breve, cortísimo, así que gracias por dejarme compartir (cual frases de saludo en Facebook) estas palabras con ustedes.

Antes de las reuniones espiritistas que realizara en la década del 30 y cuarenta Vicente Huidobro en su fundo de Cartagena, Pessoa ya convivía, de manera paranormal, con sus cuatro principales heterónimos. Nadie, ante la inspirada voz poética de El guardador de rebaños, de manera civilizada, podría atreverse a decir que Pessoa fue así o fue asá, tratar de encasillarlo (“Cada uno es mucha gente”, diría él). Ni cobarde, ni proto o antifascista, tampoco anarco, “detesta la vulgaridad, la retórica, la masa y las consignas (otra vez Tabucchi)”. Cuando la literatura es entendida como un Cosmos y no un simple planeta o satélite, cualquier nombre propio adjunto a una obra es vanidad, una fruslería. De aquí la heteronimia, el anonimato múltiple, la voz plural de Fernando Pessoa.

Los poemas ortónimos, es decir, firmados por el mismo Fernando Pessoa, son pura emotividad existencialista, con rasgos nítidos de modernismo, como su texto “Hora absurda”, pero también nos entrega poemas de cortes clásicos o greco-romanos (véase las Odas de Ricardo Reis), como poemas de corte chino y budista (con su heterónimo Alberto Caeiro, uno de los más entrañables) para llegar finalmente a los poemas vitalistas y vanguardistas escritos por su fantasma Álvaro de Campos.

A la manera de las tareas escolares del suplemento Icarito del diario (Dictadura Militar de los 80) La Tercera, quiero educar o ilustrar con los siguientes ejemplos:

Versos modernistas: “El palacio está en ruinas…Duele ver en el parque el abandono de la fuente sin surtidor…Se acuestan desnudas al claro de luna todas las ninfas…Ah, tu tedio es una estatua de una mujer que ha de venir…Suave, como tener madre y hermanas, la tarde rica desciende…(Hora absurda, Fernando Pessoa)”

Ejemplo de versos budistas: “No tengo ambiciones ni deseos. / Ser poeta no es una ambición mía. / Es mi manera de estar solo. (El guardador de rebaños, I). “Lo esencial es saber ver, / saber ver sin estar pensando…”( El guardador de rebaños, XXIV, Alberto Caeiro)

Ejemplo de versos chinos: “Dame más vino, porque la vida es nada”

En cuanto a la prosa, sus disquisiciones del famoso Libro del desasosiego – libro que como dice Tabucchi “es el diario de un alma y, a la vez, una extraordinaria antinovela”- se convierten en momentos (salpicados por una auténtica epifanía) de una atención plena, un juego paradojal dentro de un pensamiento de gafas intensas, peregrinaciones de la mente, aparentemente fútiles y siempre bellas, como por ejemplo, cuando el 8 de enero de 1931 anota lo siguiente: “Hace mucho tiempo que no escribo. Han pasado meses sin que haya vivido, y voy durando, entre la oficina y la fisiología, en un estancamiento íntimo de pensar y sentir. Esto, desgraciadamente, no descansa: en la putrefacción hay fermentación”. En otra ocasión, confeso, le revela a su único amor, de manera íntima, lo que sigue: “mi vida gira en torno a mi obra literaria, buena o mala que sea, o pueda ser. Todo lo demás de la vida tiene para mí un interés secundario…” (en “Cartas de amor a Ofelia”, traducción y edición realizada por Ángel Crespo, Ediciones B, 1988).

Pessoa metafísico, esotérico, budista, Pessoa el angustiado, el amable, el conformista, el alegre, el alcohólico (aunque no quedó botadito en la calle como en la leyenda de su admirado Edgar Allan Poe), Fernando Pessoa el poeta, el inclasificable escritor en suma, hay personalidades Pessoa para tirar a la chuña.

Alguna vez, cuando joven, traduje y publiqué al español chileno a este poeta en la extinta revista Esperpentia. Ahora, en esta revista digital que espero sea Intemperie, me atrevo a hablar del autor de la Oda Marítima pero no como mensajero de nada, pues él mismo ya sobre avisó (advirtió) en los siguientes versos y términos:

“Si alguien toca un día a tu puerta, diciendo que es un emisario mío / No creas, ni aunque sea yo;”

Tuvo razones para serlo, pero no fue un resentido. No se puede gobernar desde el resentimiento. En un mundo caótico y con un dios muerto, Pessoa fue un gobernante de su propio mundo literario. Poseído o no (“lo divino es”), mi preferencia va por el rústico Alberto Caeiro pero estas líneas de Ricardo Reis, de corte clásico y horaciano carpe diem, también son buenas: “Leyes hechas, estatuas vistas, cavadas odas: todo tiene su tumba.”

Se podría permanecer una tarde entera, con su noche y su respectivo amanecer, citando versos de la obra de este conmovedor escritor portugués. La invitación cómplice es simplemente a conocerlo o releerlo, a Fernando António Nogueira Pessoa, a su creación y a sus creaturas heterónimas, a cualquiera de ellos. Seguro que hasta el lector insensible se pondrá contento descubriéndolos. En todo caso, como decía Álvaro de Campos ante la obra del poeta de Tabaquería, “el único prefacio de una obra es el cerebro de quien la lee”.

El mitólogo, novelista y editor italiano Roberto Calasso se pregunta: “Pero, ¿la felicidad? ¿Quién de nuestros modernos estudiosos ha osado considerar a la posesión, este morbo aterrorizante, como una vía hacia la felicidad?”. Fernando Pessoa, más allá de sus enigmas, esotéricos o no, más allá de su alcoholismo cotidiano (muerto de cirrosis a los 47 años), en la soledad y entre la morbosidad de sus muchas personalidades, construyó desde niño (como niño con juguete nuevo) su propia vía hacia la felicidad. Y no hay mayor felicidad que la práctica de la literatura.

 

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