Revista Intemperie

Témperas, palos y piedras: Crónica de una escritora en el SENAME

Por: Natalia Berbelagua
sename

 

No solo son los fallecidos. Lo comprobé trabajando en un hogar de menores dependiente de la YMCA y el Sename en Valparaíso durante el 2013. Los trabajos como escritor son difíciles, así que en ese momento acepté trabajar como secretaria de una residencia de niñas. Ya había hecho otros trabajos administrativos, así que pensé que no sería tan difícil.

Los hombres estaban en otro hogar, que quedaba a la vuelta de la casa. Tenían entre 4 y 18 años. La primera semana que llegué me apedrearon la oficina, eso fue una tarde en que fueron llevados por el tío cuidador del otro hogar, que también había estado en un hogar cuando niño y que de adulto tenía cáncer. A las auxiliares les cargaba que los llevaran porque las típicas peleas por juguetes o cosas menores se ponían más violentas. Los niños tenían entre 7 y 14 años.

Además de recibir piedras en la oficina como bienvenida, tenía que compartirla con la directora. Lo primero que me impresionó fue el nivel de desorden con respecto a las pertenencias de los niños, sus papeles y certificados judiciales que estaban tirados por cualquier parte, estaba todo sucio, había pañuelos desechables usados sobre las mesas y un closet cerrado con llave donde se guardaba la comida para que las tías no se las llevaran a sus casas.

Los niños fueron cambiando las piedras por las conversaciones. Iban a sentarse a la oficina, a hablar sobre el colegio, algunas anécdotas sobre sus familias. Pensaban que estar preso era lo normal. Lo comprobé con P, de siete años, que me respondió a ante la pregunta de qué te gustaría ser cuando grande: “Estar preso”, a lo que le respondí. ¿Y no poder salir a la calle?, “No me importa, total acá no salgo nunca”, ¿Y que las otras personas te traten mal y te peguen?, “Tampoco, total siempre me pegan”. ¿Y no ver a tus hermanos?, “Ah…eso no”.

La oficina había cambiado, ya estaba más ordenada. Cada niño tenía una carpeta con sus citaciones, informes psicológicos y visitas al médico. Algunas veces me tocaba llevarlos al dentista o al doctor general. Yo sabía que no estaba en mis obligaciones, pero tampoco podía negarme, sabía que si perdían la hora se atrasaba todo, y no había suficientes auxiliares. Me impactó ver la displicencia del médico del consultorio, que los atendía a los cinco en la misma cantidad de minutos y ni siquiera levantaba la cara para saludar. Cuando llegábamos la gente decía entre dientes: “Son los niñitos del hogar”, de forma lastimera y prejuiciosa. Trataba de que no se dieran cuenta, pero lo hacían igual. En los trayectos gritaban y peleaban, tiraban basura por las ventanas, cuando querían conseguir algo andaban muy afectivos, pero bastaba escuchar la negativa para que se pusieran agresivos. Otras veces discutían sobre quién tenía la mamá más linda y más buena, aunque yo sabía que era algo irreal, puesto que había leído sus informes y la mayoría de ellas los había abusado, abandonado o golpeado. Ahí entendí que preferían vivir violencia de parte de sus padres, antes que estar encerrados en el Hogar.

La dupla psicosocial (Psicóloga y asistente social) quería hacer su pega lo mejor posible. Los niños las querían mucho, e incluso uno de ellos pensaba que la psicóloga, que estaba casada con un gendarme, lo podía adoptar. Cuando les preguntaba cómo le gustaría vivir me decía que se imaginaba él con una mamá en una casa, su hermano mellizo en otra casa con otra mamá y en una tercera su hermanita chica, también con otra familia.

Mi rutina era la siguiente: llegar a las 8 de la mañana. Lo primero que tenía que hacer era ingresar la asistencia, ver los libros de salidas y revisar las bitácoras de la noche. Que las auxiliares firmaran los turnos. Después me pasaban unas cajas con medicamentos y las cantidades, y usando una hoja blanca tenía que hacer sobres pequeños para meter las cantidades exactas de los niños con tratamiento. Eran en su mayoría ansiolíticos y antidepresivos. El hacerlo me generaba una profunda controversia, pero sabía que sin los medicamentos venían las crisis ansiosas.

Después tenía que mandar memos a la oficina central y coordinar las visitas a las ONG de tratamientos psicológicos donde eran llevados y donde se hacían gran parte de los informes. Hablaban casi siempre de problemas de aprendizaje, de conductas reactivas y arranques violentos.

Un poco antes de la hora del almuerzo llegaba la directora en un colectivo llena de bolsas con verduras, con las que se preparaba la comida, que siempre tenía mucho sabor a aceite. Algunas veces la gente del mercado donaba sacos de verdura, pero se pudrían en una esquina, sin que nadie hiciera nada. Recuerdo una tarde entera en que pelé porotos verdes en la oficina. Los niños comían demasiados carbohidratos, azúcar, así que casi todos estaban con sobrepeso. Los visitantes particulares y las empresas no ayudaban con el asunto. Como iban una o dos veces al año creyéndose los buenos samaritanos atiborraban a los niños de dulces, papas fritas y bebidas, pensando en algo rápido que se pareciera a una fiesta, pero sin entender que la preocupación real va por el lado contrario, de mostrarles una vida diferente. Había otro closet lleno de bolsas con golosinas que no se les podía entregar, y una bodega llena de juguetes donados que tampoco se les pasaba por no sé qué motivo.

Había días en que a todos se les hacía un tratamiento para los piojos. Los niños que más visitaban mi oficina eran P y C. P me pedía que le revisara la cabeza día por medio para asegurarse de no tenerlos. Su mellizo tenía más problemas, y solía tener ataques de ansiedad, donde las dos auxiliares, más la dupla, y a veces yo, tratábamos de contenerlo. Esos días eran devastadores. Nos íbamos todos con las caras largas, y yo fumando un cigarro tras otro para liberar tensiones, pese a que sentía una leve puntada en la espalda. Estas crisis le daban después de salir con la profesora de su colegio, que lo llevaba a la casa para pasar tiempo con su familia. Regresar al hogar era lo que lo ponía así de mal, y por una parte entendíamos que la profesora lo hacía de buena fe, pero él y nosotros sabíamos que no lo iba a adoptar, y eso era lo que le daba tanta frustración.

Otro caso. C tenía unos 10 años, era muy flaca y muy nerviosa. Su familia era del sur y tenía negocios y cosas turísticas, creo que hoteles o restaurantes, pero no querían hacerse cargo de ella para no relacionarse con su madre, que tenía problemas psiquiátricos. La niña llegó al hogar porque estaban durmiendo en el Hospital Van Buren. Se notaba que había tenido otra vida, era una buena lectora, le gustaba anotar cosas, pintar. Alguna vez le escribí a esa familia para hablarles de las habilidades de la niña, de que trataran de ayudarla, pero ellos nunca contestaron.

Junto con la puntada en la espalda, se me estaba cayendo el pelo de manera alarmante, y había comenzado una alergia que aún no se me quita, con períodos más crónicos cada año. Inventábamos junto con una de las auxiliares de aseo, salidas a comprar para fumar y hablar sobre otras cosas. Con el tiempo les armé una pequeña biblioteca. Saqué unos libros que alguien había donado y que llevaban años guardados en un closet. Imprimí dibujos de niños leyendo y frases de libros que pegué en las murallas de la oficina, que era una casita de servicio en el patio. Cambié las impresiones de Monster High por mandalas, que claramente no les gustaban para colorear, pero con el tiempo algunos los pintaban.

Algunos días las auxiliares se ponían pálidas y alerta. Se hacían juegos que tenían evidentes connotaciones sexuales y había que estar cuidándolos. Tenían uno que era terrible y se llamaba El papá violador. Los niños se tapaban con una toalla y se hacían los dormidos, y luego venía el que hacía de papá y los despertaba para tocarlos, el otro, aunque suene gracioso no tenía nada de eso. Era el Cachipún cacha una variante del típico pero que se jugaba bajo la escalera y el que perdía tenía que bajarse los calzones o calzoncillos y ser tocado por otros.

Después de un tiempo, y muchísimos episodios que me removían, tuve que renunciar. Un día en la mañana no me pude levantar para ir a trabajar, se me seguía cayendo el pelo y me costaba respirar por la alergia que estaba cada día peor y mi tabaquismo que no ayudaba en nada. Me sentí muy mal de dejar el hogar, porque sentía que yo también los estaba abandonando, pero no tenía las herramientas para hacerme cargo del sufrimiento de todos los días. Las que llevaban años trabajando en el hogar se habían curtido con esa máscara de funcionaria pública, de paramédico de SAPU, siendo indolentes a todo. A mí me pasaba lo contrario, cada día estaba más sensible, y no sabía cómo lidiar con eso. Por primera vez, sentía que mi trabajo aportaba en algo. La literatura es un oficio más bien solitario y ególatra, pero en esta oportunidad no me la pude. Supe que tiempo después el hogar se cerró y los niños fueron derivados a otros centros. Me pregunto qué fue de C, que ahora debe tener trece años, de P y sus hermanos.

Siempre me he sentido en deuda, y creo que de alguna manera, si hubiese tenido las herramientas todo se me habría hecho más llevadero. Yo sé que las auxiliares tampoco las tenían, y que muchas de ellas trataban de ser afectuosas sin ningún apoyo emocional. Sé que algunos niños fueron abusados por una de ellas una vez, y la acusaron y fue removida, pero su abuela terminó preparando esa comida con tanto aceite en el Hogar. Conocí historias de profunda violencia, donde abuelos, padres, hermanos y tíos no tienen más futuro que las drogas, y que los niños quedan a la intemperie. En Chile todos se limpian la boca con la delincuencia, hablan de los flaites y de los ladrones, pero nadie se hace cargo de los niños de las poblaciones. Se olvidan que podrían haber sido un niño amoroso y bueno como P.

Me quedo con una imagen de mi paso por el Sename, la del cajón de mi oficina y que encierra a esta niñez que nadie ve: Juguetes, papeles, fármacos, témperas, condones, palos y cuchillos.

 

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