Revista Intemperie

IL DOLCE FAR NIENTE: Los infinitos monos

Por: Rodolfo Reyes Macaya
monkey shakespeare

 

“Todo éxito era sospechoso: la prueba de que no se había sabido apuntar lo suficientemente alto. Sin un ideal inaccesible, no hay una auténtica vocación.”

Marcel Bénabou, Por qué no escribí ninguno de mis libros

 

1

Alexandre Dumas, padre, tenía la idea de construir un castillo, cuya fachada llevara inscrito el título de cada una de sus obras. Su firma, de hecho, estaba asociada a una gran fábrica de dramas teatrales y novelas. Era la época de la novela por entregas y circulaba la historia que Dumas empleaba a literatos pobres y los hacía trabajar en sus sótanos. Se estima que llegó a firmar más de doscientos cincuenta títulos y que tuvo más de sesenta colaboradores; entre ellos el más conocido fue Auguste Maquet.

Ambos se conocieron en 1831, luego de que un tercero se presentó en el despacho del prolífico novelista con dos manuscritos de aquel bajo el brazo. Dumas compró los derechos, reescribió estos textos, modificó sus títulos y los resultados fueron dos best sellers de los cuales ya casi nadie se acuerda. Sí se recuerdan, en cambio, tres novelas, también best sellers, que el tándem escribiría antes de su disolución: Los tres mosqueteros, Veinte años después y El conde de Monte-Cristo.

Para coronar su éxito, Alexandre Dumas mandó a construir un fastuoso castillo en las afueras de París. El castillo fue bautizado así, Monte-Cristo. Su arquitecto no tuvo problemas en aunar una fachada renacentista con un jardín inglés, trazar un salón árabe en su interior, ni diseñar a poca distancia un castillo neogótico casi diminuto, apodado el Castillo de If en honor a la prisión de Edmond Dantès, adonde Dumas hizo inscribir el título de sus obras. Así pues, el deseo del novelista de éxito había sido la construcción de un paraíso terrenal donde el trabajo fuese abolido.

En el pequeño Castillo de If, sin embargo, Dumas trabajaba contra el tiempo y los acreedores, comprando manuscritos que reescribía y remendaba, mientras en el gran castillo de enfrente vivían sus amigos y sus amantes y tenían lugar fiestas lujosas. No es de extrañar que este modo de vida lo haya arruinado: sólo dos años después de la inauguración del castillo de Monte-Cristo, Dumas lo perdió todo, huyó a Bruselas. Como muchos de sus personajes, se volvió un proscrito.

2

En sus comienzos como escritor fantasma, Balzac estaba más obsesionado con la fortuna y el poder que con el placer solitario de la literatura, se esforzaba por vender su obra al mejor postor. A los treinta años, estaba endeudado con medio mundo; su idea era cubrir una deuda con otra hasta lograr el éxito o reventar. En eso encontró un testimonio del levantamiento de los Chuanes durante la primera Revolución francesa. Gracias a las enseñanzas narrativas del gran best seller de la época, Walter Scott, referentes a la mistificación de los turbulentos acontecimientos históricos, Balzac produjo una novela que marcó un antes y después en su trayectoria.

A los pocos años era un novelista consagrado, aunque continuaba sitiado por sus acreedores, soñaba con la sustancia que abre todas las puertas de este mundo: el oro. Esta obsesión le hizo invertir más dinero del que disponía en la compra de una antigua mina de oro en Cerdeña. Pero como en esta mina ya no quedaba nada de nada, salvo polvo y piedras comunes, Balzac tuvo que escribir más novelas para saldar las nuevas deudas contraídas.

En otra ocasión, mientras caminaba por la calle, se obsesionó con un bastón de empuñadura de oro que vio tras una vitrina. Su deseo llegó a tal punto que en pocos minutos concibió un proyecto de novela y corrió a vendérselo a un editor. Balzac decía: “Podrá faltarnos dinero para lo necesario, pero nunca nos faltará para lo superfluo en que nos hemos encaprichado.” Gracias al anticipo de una obra aún no escrita, compró el bastón con empuñadura de oro esa misma tarde.

Dicen que tomaba unas cincuenta tazas de café por día–preparado al estilo turco –para mantener un ritmo de trabajo de quince horas. De las ciento treinta y siete novelas que componen La comedia humana, Balzac logró finalizar ochenta y siete. Le reprochaba a Alexandre Dumas, hijo, su afición al sexo femenino; decía que se pierde por lo menos medio volumen de un libro en una noche de amor con una mujer.

3

Emilio Salgari escribió más de ochenta novelas, ambientadas en los más exóticos parajes: las Antillas, las selvas del África subsahariana, los mares árticos, el far west norteamericano, las islas del Océano Índico. Si bien Salgari había tenido una formación naval en la marina mercante de Venecia, donde no había pasado de grumete, ni había navegado por mares lejanos –es más, se sospecha que no salió nunca del Adriático –, firmó muchos de sus trabajos como “Capitán Emilio Salgari”.

Sus novelas obtuvieron un éxito rotundo, especialmente la saga del pirata Sandokán, el tigre de la Malasia, que entusiasmó a generaciones de lectores. Hoy, por el contrario, es prácticamente un autor olvidado. Pero en su época –la época del folletín, la época de oro de la novela, antes del poderío absoluto de la televisión y el cine, mucho antes del internet–su nombre era emblema de aventuras orientalistas, capaces de suscitar los sueños y vaciar los bolsillos de grandes y pequeños. De hecho, sus obras de vendían tanto que tras su muerte en 1911, sus hijos Nadir y Omar intentaron suplantarlo, escribiendo novelas apócrifas.

El suicidio de Emilio Salgari fue tan exótico como sus tramas y personajes: después de que internaron a su esposa en el manicomio de Collegno, se abrió el vientre con un cuchillo, a la manera del seppuku japonés.

4

Mucho antes de escribir Moby Dick, Bartleby o Benito Cereno, Herman Melville había alcanzado cierta notoriedad por publicar libros testimoniales, en los que relataba sus experiencias en los mares del sur. Este es el caso de Taipi, su primer libro, una novela de aventuras disfrazada de autobiografía, cuya trama se articula alrededor una deserción y una estancia de cuatro meses en una isla polinésica.

Así pues, según este libro, Melville había desertado del ballenero Acushnet en la isla Nuku Hiva. Luego tuvo la mala suerte de ir a parar a una tribu de caníbales, los typee. Vivió con ellos antes de ser vendido por la tribu al Lucy Anne, otro ballenero norteamericano. La secuela de Taipi fue titulada Omoo; aborda el motín en el ballenero, la encarcelación de Melville en Tahití, la posterior excarcelación y sus vagabundeos por la isla.

Estos primeros libros fueron recibidos con entusiasmo por los lectores norteamericanos e ingleses, convirtiendo a Melville en una pequeña celebridad. No obstante, la buena fortuna editorial del “hombre que vivió entre los caníbales” no tardó en disminuir. Ávidos de peripecias exóticas, sus lectores no se explicaban por qué a los primeros libros, frescos y vitales, iban sucediendo historias cada vez más eruditas y alegóricas. Con la publicación de Moby Dick, el fracaso comercial fue absoluto.

El filósofo José Luis Pardo dijo en un ensayo sobre Bartleby: “Cuando Herman Melville publica en 1853 su Bartleby, the scrivener, es un novelista que ha fracasado (en su intención de encontrarse con los lectores).” Ante el fracaso en la forma novela, Melville se habría abocado a ese género menor, la novela corta, el short-novel o nouvelle, al que pertenece Bartleby, una objeción para la novela: “Melville prefiere no escribir una novela, cuyo narrador prefiere no hacer literatura, acerca de un escritor que prefiere no escribir.”

5

En los años de Dumas, Balzac, Melville y Salgari la novela tenía el imperativo de representar el mundo. Más tarde, el cinematógrafo se encargó de relevarla, así como el advenimiento de la fotografía permitió a la pintura alejarse de los caminos trillados de la figuración. De modo que surgió el modernismo y las vanguardias, se desarrolló la novela imposible: Ulises, En busca del tiempo perdido, El hombre sin Atributos, Adán Buenosayres, Umbral.

Esta es una simplificación, como tal resulta útil. Pero lo cierto es que fue un proceso de marchas y contramarchas; un juego de espejos y cajas con doble fondo; un proceso de traidores y héroes haciendo mutis en algo que se parece más a una comedia que a una epopeya.

En un breve ensayo titulado La nueva escritura, César Aira reflexionaba sobre este proceso, ligado a la crisis de las formas tradicionales del arte y a la vez justificaba de manera oblicua el terreno para sus propios libros. Aira decía: “Los grandes artistas del siglo XX no son los que hicieron obra, sino los que inventaron procedimientos para que las obras se hicieran solas, o no se hicieran.” Agregaba: “¿Para qué necesitamos obras? ¿Quién quiere otra novela, otro cuadro, otra sinfonía? ¡Como si no hubiera bastantes ya!”. Tal argumento supone la saturación, el historicismo, la profesionalización del artista y, en suma, va directo a la yugular del régimen de producción del arte.

¿Para qué necesitamos obras si el mundo entero se ha convertido en una proliferación incesante de objetos estetizados? De allí a la radicalidad política de la vanguardia, que descreía del éxito y de las miserias psicológicas del talento y del genio, aun cuando adolecía de linealidad y acababa por rendirse a la lógica del progreso. Entre sus filas muchos preferían no hacer obras trabajosas, y varios envejecieron mal, porque preferían no envejecer.

Aira, además, decía que Balzac había escrito cincuenta novelas y le había sobrado tiempo para vivir, mientras que Flaubert no había escrito más que cinco, desangrándose; Joyce, sólo dos, Proust, una sola, mediante un gesto de hiper-profesionalismo. Se podría agregar que Borges no escribió ninguna; es bien conocido su rechazo al género en el prólogo de Ficciones. No obstante, me gusta pensar que escribió varias, tantas como tradujo. En ese caso, la novela más importante de Borges sería Las Palmeras Salvajes, de William Faulkner.

6

En 1944 Duchamp les dijo a sus amigos que dejaría la pintura para ser jugador profesional de ajedrez. A vista de todos, fue precisamente lo que hizo, dejar de pintar, jugar ajedrez y vivir sin mayores sobresaltos. Veinte años después le decía a Pierre Cabanne en una de las pocas entrevistas que dio, sino la única:

“Me hubiera gustado trabajar, pero había en mí un fondo enorme de pereza. Me gusta más vivir y respirar que trabajar. […] Así pues, mi arte consistiría en vivir; cada segundo, cada respiración es una obra que no está inscrita en ninguna parte, que no es ni visual ni cerebral, y sin embargo, existe. Es una especie de constante euforia.”

Sólo tras su muerte, los amigos de Duchamp se enteraron que éste no había dejado realmente la pintura. Arrendaba un pequeño departamento y, cuidando de no ser visto por nadie, se iba hasta allí a pintar en secreto.

7

El año 2000 Enrique Vila-Matas publicó Bartleby y compañía, un catálogo de escritores que dejaron de escribir. La idea no era original, poco importaba que lo fuese; provenía de otro libro, un libro titulado Artistas sin obra. I would prefer not to, de Jean-Yves Jouannais, sobre artistas que en vez de hacer obras prefirieron hacer de su propia vida una obra, o hacer obras para sí en lugar de seguir la lógica industrial del arte.

Los casos son variados, como Jacques Vaché, escritor de cartas en tiempos de guerra, que murió de sobredosis de opio en un hotel de Nantes; como Arthur Cravan el poeta boxeador, sobrino de Oscar Wilde, quien se perdió en una pequeña embarcación en el golfo de México; o como Albert M. Fine, pionero del arte postal y gran caminante urbano. Sobre éste último, Jouannais escribió: “no hizo nada de nada exactamente, a pesar de lo cual advertía: Si hiciera menos dejaría de ser arte”.

Albert M. Fine había estudiado en la Julliard Scholl of Music. Allí descubrió la obra de Cage y se unió al movimiento Fluxus. Eran los años sesenta y Fine se pasaba el día entero en cafeterías y restaurantes de comida rápida. De estos lugares de paso, hacía su hogar. Elaboraba postales con los materiales que tenía a mano y se las mandaba a sus amigos. En ellas dibujaba una cuchara, una bolsa de té, un terrón de azúcar. A menudo la huella circular de la taza de café se grababa en la superficie del papel. Cuando cambiaba de cafetería, depositaba las postales en un buzón de correos. A veces tomaba un pedazo de cartón, dibujaba algo sobre él y se lo regalaba a un transeúnte en la calle.

En 1974 abandonó la ciudad a pie, iniciando un vagabundeo por Estados Unidos. Sus amigos continuaron recibiendo sus postales. Firmaba: “Fine Art.”. Nadie sabía dónde encontrarlo. Al poco tiempo no se tuvieron más noticias suyas.

Mucho antes de desaparecer, Albert M. Fine había dicho: “En el fondo no me interesa el hecho de ser artista. Los museos están llenos, como las bibliotecas. No me gusta la idea de animar a la gente a admirar un trozo de papel antes que a respetar a los seres humanos.”

8

Que los libros se escriban solos, o no se escriban.

Hay un teorema matemático que contempla monos, máquinas de escribir y las obras de Shakespeare. Este teorema proviene de un libro de estadística de 1913, llamado Mecánica Estadística e Irreversibilidad, de Émile Borel. Es sumamente improbable, se sostiene en él, que un millón de monos produzca algo igual a lo contenido en las bibliotecas más importantes del mundo, pulsando las teclas de una máquina de escribir al azar. Con el tiempo el teorema varió. Por circunstancias oscuras, favorecidas por la industria cultural, el millón de monos se convirtió en infinitos monos y las bibliotecas más importantes del mundo vinieron a ser remplazadas por las obras de Shakespeare.

Si infinitos monos, dice el postulado, teclearan al azar serían capaces de escribir tarde o temprano las obras completas de Shakespeare. Estudiantes de la Universidad de Plymouth hicieron un experimento, en conjunto con el Zoológico Paignton de Devon en 2003, basado en este teorema. El experimento consistía en dejar un teclado conectado a un computador en el recinto de seis Macacos negros crestados durante un mes. Finalmente, estos monos no produjeron más que cinco páginas, donde abundaba la letra S; el resto del tiempo se dedicaron a cagar y mear sobre el teclado, a golpearlo con una piedra. El estudio, que se develó como una acción de arte, concluyó que los Macacos negros crestados no constituían un generador de números aleatorios, sino algo “mucho más complejo”.

Otro experimento basado en Los Infinitos monos fue el Monkey Shakespeare Simulator Project, sitio web que utilizaba la aplicación java applet para simular una copiosa cantidad de monos (no infinitos) tecleando de manera aleatoria. Tras el primer año, en 2004, fueron encontrados distintos aciertos referentes a las obras de Shakespeare, por ejemplo uno de 22 caracteres, incluyendo espacios. Los monos escribieron: “Poet. Good day Sir Fhl OiX5a]”. El bardo, en cambio, había escrito en Timón de Atenas: “Poet. Good day Sir Pain. I am glad y’are well.” Nada mal, tratándose de un dispositivo aleatorio. Por mi parte, no sé si el proyecto continúa. Quizá los monos aún escriben. Quizá este ensayo fue escrito por ellos.

 

Foto: gizmodo.com

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