Revista Intemperie

La belleza de las rasgaduras: Entrevista a Ana María Hurtado

Por: Juan José Richards
ana maria hurtado

 

Apenas estrenó Palestina al sur (2011), su premiado documental sobre un panadero palestino que llegó a vivir a La Calera, Ana María Hurtado se puso a trabajar en El Príncipe Inca. Esta nueva película ahondaría el tema del origen, esta vez relatando el viaje del pintor chileno Felipe Cusicanqui a Bolivia. ¿Su mito fundacional? Según unos documentos reales, firmados por Carlos V, la familia Cusicanqui descendía de la nobleza inca y eran dueños ancestrales de las tierras de Calacoto, al sur de La Paz.

El documental recién estrenado en SANFIC (y actualmente en cartelera en cines) es un relato potente sobre el origen y la identidad. Estos son temas recurrentes en la obra de Ana María Hurtado, y esta vez ella eligió desestabilizar el gran relato que dio origen a su proyecto para encontrar las fibras más finas que configuran la identidad de su personaje. Para esto grabó a Felipe Cusicanqui en Santiago, Pirque y Los Molles durante tres años. El 2011 Ana María fue sola a La Paz y después volvió a Bolivia con el director de foto a elegir locaciones. “Además de esos viajes exploré mapas satelitales y libros de crónicas. Yo sabía por cuáles paisajes y pueblos pasar para tener al personaje inmerso en el paisaje durante al menos dos semanas”, cuenta la documentalista.

el principe inca

Aunque el guión del viaje estaba definido, las locaciones del rodaje fueron espontáneas. “Durante el viaje, lo único seguro y lo único que sabía Felipe es que llegaríamos a Calacoto, el mítico pueblo de los Cusicanqui. Lo que él no sabía, y el equipo sí, es que se iba a encontrar con todos sus familiares”.

¿Se parece el guión original con el que trabajaste a la narración final de la película?

La estructura dramática base, tipo viaje del héroe, se parece. Sólo que las estaciones del héroe son distintas a las que en un principio imaginé. Hay tres líneas narrativas: una que tiene que ver con la historia familiar, otra con la historia de ser o no ser inca y una tercera sobre el crescendo del proceso creativo de Felipe como artista.

En el documental nunca se explicita que él es un artista visual consagrado, con galerista internacional y con obras de alto valor en el mercado del arte. ¿Por qué tomaste esta decisión?

La faceta comercial de la pintura de Felipe no me parece interesante para una obra de este tipo. Esa información habría sido contradictoria con la forma en que yo quería dibujar al personaje. Me interesó meterme en una mente creativa y exploradora, configurada además por una historia fantasiosa como esto de descender de la nobleza de un imperio mítico y extinto. Quería mostrar la manera que él tiene de relacionarse con el paisaje y la materia, el proceso creativo, real o alegórico, que cualquiera de nosotros puede tener. Un proceso creativo que en su caso es plástico, pero tiene un fundamento en la reconstrucción de su identidad. Mi personaje, como todo buen personaje, es excepcional pero también común y corriente.

La película pareciera plantear un abandono a la mitología fundacional que da origen a la búsqueda de Felipe para rescatar finalmente una historia mínima, ¿eso fue pensado así?

Totalmente. Ser o no ser inca es el gatillo para emprender el viaje, es la historia de infancia que entusiasma. Y es el título de la película. Pero hay un punto de giro más o menos en la mitad del metraje en que se hace evidente que esa historia pierde importancia como materialidad, que sólo quedan ruinas y oralidad. Y a partir de la valoración de esos fragmentos ruinosos de historia -o de materiales desechados como los que Felipe ha ido recogiendo en el camino- es que se va construyendo una historia ya no contada o vista por otro, sino experimentada y materializada.

¿Cuál fue la reacción de Felipe al ver el documental?

Creo que nunca terminaremos de comentarlo. Con Felipe y el equipo nos hicimos muy amigos, y recordar un viaje así y ver en lo que se convirtió como obra es asombroso para ambos. Yo me imagino que más para él que para mí, porque estuvimos un año en montaje y postproducción. Desde mi punto de vista, nuestros procesos se espejaron durante el período que duró este trabajo. Poco después de volver del viaje, Felipe y su mujer decidieron irse con sus tres hijos a vivir a Berlín, donde él ya había expuesto y tiene un galerista. Ahora es él quien se exilia de su país, tal como lo hizo su abuelo. Pero en el caso de Felipe fue voluntario. Lo visité en junio y están muy bien, contentos con la vida que están construyendo como familia.

Tus trabajos anteriores reflexionan sobre la identidad, la cultura y el origen, ¿cuál fue el aprendizaje de este último documental?

Siempre he tenido la idea, y no es una idea intelectual, es algo que viene conmigo, de que la identidad es un constructo que uno elige con los materiales que le da el entorno. En el camino hay que encontrarlos, desempolvarlos y sacarles brillo para integrarlos a lo que queremos ser. Pero ahora le doy más valor a la idea de la grieta y de la cicatriz. A la belleza de las rasgaduras, y al valor de no ocultarlas. Eso, con mi propia historia y al contar historias, con mis personajes.

 

 

Foto: Ana María Hurtado (detalle), Antipoder

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