Revista Intemperie

El feminismo del empate

Por: Juana Flores
feminismo

 

Cuando el vocalista de Ases Falsos Cristóbal Briceño declaró que “el patriarcado es matriarcado disfrazado” no pude menos que estar de acuerdo. Por supuesto el mundo virtual fue próspero en los contrargumentos de siempre: que si los femicidios, que si la violencia de género, que si las diferencias de sueldo. Salieron todas las militantes furiosas a incendiar los dichos, a pedir su cabeza en la plaza pública. Ni una sola quiso escuchar qué es lo que había detrás de la idea. Ninguna quiso sentarse a conversar a no ser para increparle su fechoría.

¿Por qué esta declaración tiene sentido para mí? En primer lugar porque fui criada en un matriarcado. Siendo los roles tradicionales de hombre proveedor/mujer dueña de casa, la que dictaba los destinos de todos era mi madre. La que me educó para ser una señorita, para comportarme, para recibir al marido con la casa llena de flores, fue mi madre. La que me dijo que debía hacerme respetar y se dedicó a tapar todos mis escotes y a censurar mis faldas cortas, fue ella. Dictaba incluso los destinos del marido, que era como un hijo más y que religiosamente hasta le entregaba íntegro su sueldo cada fin de mes para que la doña lo administrara. Se asustaba igual que yo cuando la señora arremetía para apaciguar mis desobediencias. ¿Es que a nadie más le suena este tipo de vínculos?

Y quizás por eso todavía me sorprendo cuando escucho hacer chistes sobre la hegemonía femenina en la pareja, causando mucha gracia entre las féminas-feministas. Como si ganar libertad significara siempre que alguien más la debe perder. Como si recuperar un espacio se consiguiera a través del empate, pero empatando el autoritarismo, una mera reorganización del quién manda ahora. En mi opinión una escena muy gráfica de esto fue el show de la Natalia Valdebenito en Viña, quien enarbolando con pasión la bandera del feminismo, dedicó gran parte de su rutina a demostrar su tesis acerca de la estupidez masculina, combinado con chistes acerca del tamaño del miembro, que por supuesto desató estrepitosas risas. Al oírla me pregunté cuál hubiera sido su reacción si hubiera ocurrido lo opuesto: un varón haciendo chistes sobre el tamaño de los pechos femeninos. O de la vagina. O aseverando que las mujeres somos medio estúpidas. Una suerte de feminismo, no de la igualdad sino del gallito.

Las mujeres, si bien históricamente no han tenido un espacio de poder en la vida pública (lo que ha constituido el meollo de su muy justa pelea puesto que hombres y mujeres debiéramos circular por todos los espacios en iguales condiciones), han tenido un tremendo espacio de poder en la vida privada. Son ellas las que en última instancia han definido morales, cultos religiosos, tipos de educación. Las que hasta hace una generación atrás defendían la eterna, monógama y aguantadora institución del matrimonio a brazo partido. Las que se agrupan en contra de cualquier cosa que signifique salirse de la moral y de las buenas costumbres, aunque esa moral y buenas costumbres tengan ahora un tinte de modernidad. Las que le amarran el sexo al marido o a la pareja por no ser capaces de desamarrar el propio deseo. Las que más usan el adjetivo “puta” para referirse a otras mujeres. Y a pesar de que cada tanto alguien esgrime débilmente el argumento de que son las mujeres quienes crían machistas, no se le ha dado a esta idea la suficiente importancia, en la discusión de cómo es que se construyen los paradigmas y sobre todo cómo es que se perpetúan. El mundo privado es un espacio del que poco se habla, siendo tan o hasta más relevante que el espacio público y al igual que este, un núcleo de transmisión de saberes.

Esto no se trata, por cierto, de decir que en realidad las mujeres somos las responsables del asunto sino más bien de empezar a compartir el peso de la historia. De que la violencia es un tema que nos corresponde analizar como humanidad y que la perspectiva de género es sólo una parte de ese análisis. Que hay mucho que decir aún de la violencia masculina, pero que también hay mucho que decir de la femenina, que a diferencia de la activa y material del macho -detectable a la primera por su obviedad- suele ser pasiva e inmaterial, pero igual de jodida.

En la cultura Selknam existe entre sus mitos fundacionales un relato que narra la historia de los tiempos en que las mujeres eran quienes gobernaban en un régimen autoritario y déspota; eran las guardadoras del conocimiento de su cultura, manteniéndolo en un estricto secreto al que ningún hombre podía acceder, so pena de la furia de los espíritus. Cuenta el mito, que cuando los hombres descubrieron cómo las mujeres los mantenían sometidos a través del miedo y del engaño las asesinaron y se quedaron sólo con las niñas para poder seguir adelante con la raza. Desde ese momento el poder que estaba en manos de las mujeres pasó a estar -misma forma, mismas condiciones- en manos de los hombres.

Creo que este mito nos abre a la saludable idea de que tanto los patriarcados como los matriarcados pueden ser igualmente déspotas y al mismo tiempo a que el predominio de uno o del otro no necesariamente es una garantía de caos o de armonía.

Por último, hablar de patriarcado asociándolo solo a las características negras de la humanidad no nos permite ver cuál es el aporte de la energía masculina. Y hablar del matriarcado asociándolo sólo a las características positivas, no nos permite a su vez cuestionar aquellos aspectos de la energía femenina que urge cuestionar y sanar.

Y quizás la igualdad de alguna manera resida en eso. En hacernos responsables de qué parte del asunto nos compete -a mujeres y a hombres- en esta larga y enrevesada historia.

 

Foto: Cristóbal Briceño (detalle) radio.uchile.cl/Natalia Valdebenito (detalle) latercera.com

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