Revista Intemperie

La divulgación de las humanidades: no hay que matar al mensajero

Por: Ignacio Álvarez
las humanidades

 

Durante los últimos meses dos disciplinas de las Humanidades han estado debatiéndose en el espacio público con un interés y una energía que no se veía hace años. La historia, por un lado, a propósito de los libros de Jorge Baradit: un sector si no importante al menos bullicioso de los historiadores profesionales ha criticado agriamente lo que considera una apropiación indebida de su trabajo, la simplificación de un relato complejo y, en general, el intento deliberado de banalizar su disciplina con el fin de vender libros. Ahora último ha sido el turno de la filosofía, a propósito del cambio curricular propuesto por el Ministerio de Educación para los terceros y cuartos medios: en los discutibles acomodos y adaptaciones que plantea el gobierno los especialistas han visto un ataque directo al corazón de su disciplina.

Me parece que los dos debates están relacionados de forma muy estrecha y son el síntoma de un requerimiento nuevo para nuestro medio. Como nunca antes, necesitamos mediadores entre el conocimiento especializado y la sociedad.

Del lado de las disciplinas los datos son elocuentes: en los últimos veinte años, y de forma más acusada en los últimos diez, ha existido un desarrollo notable de la academia en Humanidades. Se han multiplicado los departamentos que las imparten y los egresados de sus licenciaturas, crece el número de doctores y doctoras en el área, crecen también -con el conocido estancamiento entre 2014 y 2016- los fondos para investigación.

Del lado de los lectores, el público general o la opinión pública, parece razonable pensar que una sociedad que se ha vuelto más compleja tenga un interés renovado por estos temas, y con ello una demanda renovada por sus resultados. Los incontables lectores de Jorge Baradit pueden ilustrarlo, y me atrevo a pensar que entre los miles de ciudadanos que marchan regularmente por la educación o el sistema de pensiones hay muchos que querrían saber más sobre los temas que han preocupado a la filosofía política.

Aumento y desarrollo de las disciplinas, aumento y desarrollo de las audiencias. ¿Puede pensarse un cuadro mejor para el florecimiento de las Humanidades? Difícilmente. Y, cosa curiosa, los medios nos dicen que sucede lo contrario. Acusaciones cruzadas en las que se critica a los especialistas por herméticos y a los divulgadores por degradar o derechamente por intentar la desaparición de los saberes especializados.

En otras épocas de nuestra historia el Estado tenía el monopolio de la mediación entre las disciplinas y el público, incluyendo a las Humanidades. La única instancia en la que un especialista pensaba en un público distinto de sus colegas era cuando se le consultaba para hacer la selección de saberes que debía enseñarse en la escuela. Hoy día la situación es mucho más compleja (y si se me permite, mucho más desafiante).

El dato fundamental es que el tráfico entre el público general y el especialista se ha diversificado tanto -ya no se limita a la escuela- que no basta con saber bien la propia disciplina para comunicarla a la opinión pública. La divulgación, es decir, la preparación de un contenido complejo para hacerlo comprensible por quienes no son especialistas, implica habilidades propias que muchas veces no vemos desde la academia. Hay que seleccionar los contenidos fundamentales, simplificar su descripción lo suficiente como para volverlos comunicables pero no demasiado como para falsearlos, ofrecerlos de un modo atractivo, etcétera. Todo un campo de desarrollo específico, con habilidades distintas de las que se necesitan para trabajar en la academia. Que lo digan las ciencias naturales.

La divulgación de las disciplinas es tarea conjunta de los especialistas en humanidades y ese grupo creciente de escritores, periodistas y editores que se dedica a la divulgación. Los mediadores. Cuando historiadores y los filósofos critican a Baradit y a los encargados del currículum de Filosofía supongo, en principio, que tienen razón (no podría refutarlos). Pero ignoran que esa crítica es en realidad la mitad del trabajo que requerimos como sociedad (o que requiero como público). La otra mitad consiste en revisar su saber y jerarquizar lo importante, la otra mitad consiste en conversar con los mediadores y, valorando sus habilidades específicas, colaborar con ellos.

La divulgación de las Humanidades es un trabajo relevante y tiene un profundo sentido en sociedades que van haciéndose cada vez más complejas. Despiertan vocaciones para las disciplinas, permiten un debate social más denso y más profundo. No hay para qué matar al mensajero.

 

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