Revista Intemperie

La prima dijo no (en vivo y en directo desde la Ciudad de México)

Por: Gabriel Martínez Bucio
the graduate

 

Desde el punto de vista de la banca en la que estoy sentado, el relato tiene gracia. No tanto si fuera el hombre que ahora se encuentra solo en el altar rodeado de murmullos por fuera; y de pensamientos, por dentro. Sigue de pie. Los invitados a la misa siguen de pie. Como en una película setentera, mi prima ha dicho que no a último momento y ha salido corriendo del templo. Ninguna explicación. Ni siquiera esperó la sentencia del padre: “que hable ahora o calle para siempre”. Un arrepentimiento al minuto 90 de juego cuando uno pensaba que esa pareja llegaría mínimo a la tanda de penales.

Alguno ya ha soltado la pregunta: pero tío, ¿la fiesta sigue en pie?, el vestido es rentado; otros bromean sobre la reservación a Cancún de la luna de miel y no terminan sus intenciones: entonces los tickets… se perderán de cualquier modo… hace mucho que no voy a la plasha… lo dicen como argentinos por si no cae bien la broma esconderse detrás del acento.

A nadie parece importarle el hombre solo en el altar, petrificado, gris, como una pintura de Gustave Doré. Ya no será mi primo, pero sigue de pie… Él sabe que hay personas que durante toda su vida cargan sombras; otros, pecados; otros más familias (a veces se confunden con el ejemplo anterior); este hombre sabe que arrastrará un epíteto como si fuese un epitafio: René, el que abandonaron en el altar.

Como está de moda reportear tragedias por todo el mundo, me sumo a la locura (aunque sea pequeña, aunque la bomba no haya estallado en un centro comercial sino en el corazón de un hombre) y reporteo en vivo mientras el padre continúa con cara de tarugo entre dos cirios que no tardarán en apagar. Gil Scott-Heron se equivocó: la revolución sí será televisada, interneteada, facebooqueada.

La gente sale del templo cabizbaja. Forman grupos, los cigarrillos, la mueca y los abrazos, los paraguas abiertos no porque vaya a llover sino para que empiece a llover, y ahora qué, a esperar, y los consejos, mejor dejarlo solo, pobre tipo, deberíamos decirle que hay más peces en el río y la Ciudad de México es un pinche océano atlántico, hasta encuentras delfines y caballitos de mar.

Para los invitados, ese no ha disparado una cadena de consecuencias mínimas y nefastas que se resumen en lo siguiente: cambio de vuelos, autobuses, trenes; cancelación de hoteles; tíos que manejarían relajados a sus ciudades y ahora llevarán a algún sobrino mamón; organizaciones básicas de grandes familias –quién viaja con quién–, que responden a un apuro trivial: el esmoquin lo cobran por días.

Y nadie parece recordar ya al hombre que sigue de pie junto al altar, rodeado de murmullos por fuera; y de pensamientos, por dentro.

 

Foto: The Graduate (fotograma) Mike Nichols, 1967

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