Revista Intemperie

Las sospechas de Matías Rivas

Por: Pablo Torche
interrupciones

 

Al comentar este tipo de libros (de crónicas o ensayos literarios), es fácil tender a expresiones como “gran erudición”, “amplio bagaje” “cultura enciclopédica”, pero lo que uno disfruta en realidad es casi lo contrario, la anécdota curiosa, el gusto caprichoso, la tesis peregrina. De todos éstos, Matías Rivas nos prodiga bastantes en las columnas recopiladas en el volumen Interrupciones (Hueders, 2016), que se pasean con gusto y sin apuro por las literaturas de Europa, las Américas y Chile. Asistimos así a escenas memorables, como la del joven Eliot encontrando casi por error los poemas de Jules Laforgue en una biblioteca norteamericana, los encuentros magisteriales de Lampedusa con sus discípulos en un café siciliano, las escapadas hedónicas de los escritores norteamericanos al Tánger. A Rivas le gusta pasearse, le gusta buscar libros al azar en las bibliotecas, en la vida, y esta afición le otorga un aire fresco y novedoso a sus lecturas, que establecen conexiones imprevistas, azarosas o muy tenues, entre distintas tendencias, genealogías o afinidades literarias, la mayor parte de las veces singulares y totalmente propias.

Lo interesante de las lecturas de Rivas es que no buscan nunca “descifrar” la obra, sino que se las arreglan para explorar las reverberancias de su sentido respetando el enigma intrínseco de lo propiamente literario. Sus perspectivas pueden ser lúcidas o herméticas, didácticas o antojadizas, pero jamás empequeñecen la lectura con una interpretación definida, sino que la proyectan en una serie de metáforas cargadas de sentido.

Hay una afición por las vanguardias francesas, los diarios y biografías, los poetas norteamericanos del desencanto, pero creo que el punto más alto lo alcanza Rivas con sus lecturas de narradores y poetas chilenos, tema que maneja con innegable autoridad, pero donde destaca principalmente la fuerza de una apropiación vital, conectada con diversos aspectos de su propia biografía. Rivas se aproxima a la literatura desde la emoción, para establecer influencias, procedimientos, dobleces, que de otra forma hubieran permanecido velados. Así por ejemplo cuando explora la relación entre las hablas bastardas de la tradición local y la obra de Lihn o Marcelo Mellado, o las perversiones y enfermedades de la psiquis nacional desenmascaradas por la literatura de Donoso o Germán Marín. Uno puede disentir de sus juicios (yo al menos disiento de varios), pero resulta difícil sustraerse a la fuerza expresiva de sus interpretaciones. De hecho, y sin afán de polemizar (¿quién es uno para quitarle los laureles al César?) en varios casos la crítica parece en verdad mejor que los mismos textos comentados.

Leer es también una forma de construir nuestra biografía, una trayectoria posible, y por eso un diario de lecturas es también, y ante todo, una autobiografía. El mundo es una biblioteca no en el sentido de que la realidad es accesible sólo a través del lenguaje, sino en el más palmario de que nos movemos por el mundo buscando los libros y autores que nos permitan constituirnos como sujetos, un poco como quien busca un encuentro amoroso, un trabajo o una beca. Leer no es así un acto pasivo, es atreverse a ensayar una forma peculiar de ser, y examinar de qué forma esa experiencia nos cambia para siempre. Por eso es tan imperativo para los lectores asiduos hablar de nuestras lecturas preferidas, porque es también una forma de analizar la propia vida y sus particulares oportunidades de salvación.

En el caso de Rivas, la literatura aparece en primer lugar como un espacio para escapar de la soledad y el hastío. El hastío no como el anhelo de más experiencias novedosas, sino más bien lo contrario, una sospecha ante la futilidad inalienable de la mayor parte de las acciones que nos que ocupan el día a día. Quizás por esto hay una preferencia por los paseantes extraviados, los locos, los rebeldes, los pervertidos y perversos, los experimentadores de vanguardia. Esta pulsión no se decanta por el esteticismo o la espiritualidad, sino más bien por el deseo muy concreto, a ratos incluso trivial, de ruptura, de derribar tabúes, de acceder a lo crudo y lo descarnado (dos palabras que se repiten para apreciar los textos escogidos). La vida, una vida posible, parece configurarse en estas lecturas como una cuestión doble, donde lo esencial, lo que importa, está siempre sometida al imperio del disimulo y el disfraz, que es necesario rasgar y desbaratar constantemente. La literatura parece ser para Rivas el vehículo por excelencia para indagar en estos pliegues, para revelar lo oculto, retomar contacto con algo que en la vorágine de las superficies se nos escapa.

Leer es una forma de vivir pero, por sobre todo –parece decir Rivas–, vivir se puede transformar a veces en una pasión fría, inane, si no la reventamos de tanto en tanto por medio de la literatura.

 

Interrupciones

Matías Rivas
Hueders, 2016

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