Revista Intemperie

SEXO, la última frontera de la literatura juvenil (y, de paso, una pequeña e infame historia de autocensura)

Por: Lola Larra
miley cyrus bb talk

 

A diferencia de la censura a secas, la autocensura no suele ser una historia valiente ni heroica, sino más bien, por lo general, una historia miserable y triste y vergonzosa. Cuando consciente o inconscientemente somos los propios escritores los que signamos algunos temas como evitables, cuando decidimos que es ‘mejor no hablar de ciertas cosas’, entramos en el terreno cobarde y pusilánime de la autocensura.

Lo que viene a continuación es una confesión.

Hace varios años ya, yo vivía aún en Madrid e intentaba ganarme la vida como escritora pero sólo alcanzaba a mal-ganarme la vida como periodista, terminé mi primera novela. La primera novela que decidí merecía la pena ser publicada, o por lo menos la primera que sentí que podría enviar a algunas editoriales. Era una novela policial. Siempre he sido una lectora fiel de la literatura de género, de los romances de caballería a la literatura fantástica y policial. Pero sobre todo del policial y de la novela negra. Y por eso quería que mi primera novela fuera una historia policial, una historia de suspense a la manera de mi admirada Patricia Highsmith, aunque el resultado de aquel manuscrito no tuviera, por supuesto, nada que ver con las magistrales novelas de la estadounidense.

Finalmente, y por muchas circunstancias, no envié esa novela a ninguna parte. Algunos años más tarde, cuando ya había publicado un par de cosas, rescaté y hojeé ese primer intento. No está mal, me dije. No es una gran novela, pero es un texto digno. Era un policial que también intentaba ser un homenaje al cine. La historia de una joven inmigrante que, sin querer, resolvía un misterio en el marco de un festival de cine en la Costa Brava. Una novela detectivesca de corte clásico con su cadáver, sus varios enigmas que resolver, su policía incompetente y su detective, mujer en este caso, que era una periodista agorafóbica que resolvía los misterios desde el encierro de su habitación de hotel (y que, otro homenaje, rememoraba al detective preso Isidro Parodi de Bioy Casares y Borges).

Había en esa época en España un premio de literatura juvenil muy bien dotado. Entonces me dije: podría mandar esta novela policial a este premio tan bien dotado cuyas bases se acababan de publicar. Tengo que recordarles, como ya dije, que en esa época yo malvivía en Madrid y lo de mandar a concursos literarios era como la luz al final del túnel: si te ganabas un premio podrías mantenerte varios meses sin trabajar, y dedicarte sólo a escribir.

Pero, y aquí viene lo vergonzoso, le hice un ‘lifting’ a la novela para mandarla a aquel premio. Yo no la había escrito pensando en un público joven, sino adulto, en esencia la había escrito sin pensar en ningún público ni en ninguna edad en particular, que es como suelo escribir, en aquellos años y ahora también, porque me resulta muy raro hacerlo de otra forma, me parece completamente surreal sentarse a escribir frente a la computadora con un lector-objetivo mirándonos desde el otro lado del escritorio (¿un niño, un joven, una señora de 50, un señor de 30?).

Pero como era un premio de ‘literatura juvenil’, me dispuse a hacer algunos ‘retoques’. No estuvo mal porque era una novela que, a la luz de los años transcurridos, necesitaba ser re-escrita. Pero el primer ‘arreglo forzoso’ fue que cambié la edad de la protagonista: en el manuscrito original tenía unos 24 años (más o menos mi edad cuando la terminé) y en el nuevo le otorgué unos tiernos 17. No supuso un cambio sustancial en la novela, no la afectó en su estructura ni en su esencia, simplemente agregó una dosis de inquietud pues era una menor de edad metida de lleno en ‘cosas de adultos’, como investigar un asesinato.

Y luego comencé a verificar, página a página, si habría alguna cosa que no fuera ‘adecuada’ a lo que ‘se piensa’ entra dentro de los márgenes aceptables y publicables de la ‘literatura juvenil’. La verdad no había mucho que cambiar, y, sorpresivamente, a pesar de mi meticulosidad, no me topé con aquello que esperaba encontrar: no había ninguna escena erótica. Qué raro, juraba haber escrito una escena muy explícita de sexo entre el policía incompetente y una groupie adolescente que pululaba por el festival persiguiendo actores (y que me preocupaba porque podrían decir que rayaba en la pederastia, por ejemplo). Qué raro, pensé escribirla pero al final no lo hice, no sé porqué. Tampoco está la escena lésbica entre otros dos personajes y que estaba segura haber escrito. Qué raro.

Pero lo cierto es que tuve ese impulso: el impulso de autocensurar las escenas eróticas para que el manuscrito fuera admisible en un concurso de literatura juvenil.

(Si ahora me impusiera hacer ese lifting, tal vez hubiera dejado alguna escena erótica light pero hubiera censurado a todos esos personajes que fuman sin parar y beben tragos y que dejé sin ningún problema)

La novela quedó finalista en el premio y se publicó. (Que es como quedar primera finalista en el Miss Venezuela: algo vergonzoso porque no ganas el premio ni el dinero pero todo el mundo se entera de que concursaste).

Para resarcirme de mi impulso auto-censurador, tiempo después escribí una novelita erótica, una fábula más bien, llamada Reglas de caballería. Es una novela espejo de aquella policial, en la medida en que transcurre también en un festival de cine, y porque algunos personajes se parecen, pero se explayan y exacerban, mostrando su lado más B. Y sobre todo porque en ella escribí algunas de aquellas escenas que creía haber escrito, y que luego había intentado borrar del manuscrito ‘juvenil’ en pos de mandarlo al premio, pero que en realidad nunca habían sido escritas.

Reglas de caballería fue un libro de circulación muy reducida, del que se hicieron sólo 200 ejemplares, encuadernados exquisitamente a mano, en tela, y que se vendió por Internet, en la web de Editora Mínimas, la editorial que lo publicó. La historia es una fábula inspirada en las novelas medievales de caballería y en la que un grupo de mujeres, para hacer el bien al prójimo, deciden armarse caballeras y follar con los hombres más feos y desgraciados que encuentren, aquellos que nunca follan. Al armarse caballeras juran seguir un decálogo cuya primera regla es: “Una caballera se lo traga todo hasta el final, y nunca escupe”.

Y todo esto viene a cuento porque esa novela había empezado cuando yo tenía 15 años y una amiga, un poco mayor que nosotras, sólo un par de años, hablando en susurros, en esas noches en que nos quedábamos juntas a dormir supuestamente a estudiar para los exámenes, nos dijo una frase que a mí me pareció memorable: Miren, nosotras somos caballeras, y nos lo tenemos que tragar todo, hasta el final, y nunca escupir.

Esa era mi realidad a los 15 años. Y nunca fui una adolescente precoz, por el contrario.

Cuando uno es adolescente, el sexo es uno de los temas que más te pueda interesar en el mundo. El sexo es un leitmotiv las 24 horas del día. El sexo es, en la adolescencia, tener una fiesta al lado de tu casa: escuchas muy bien el ruido, de hecho aquel barullo no te deja dormir, escuchas la música, las risas, sabes que algunos allí están bailando y pasándolo en grande, pero es una fiesta a la cual no has sido invitado. No todavía. Aún no. Sin embargo, sabes que en cualquier momento vas a recibir tu pase de entrada. Y estás expectante. Deseando. Esperando.

Creo que si fuera adolescente, hubiera corrido a comprar y leer Las sombras de Grey. De hecho me pregunto si en algún futuro será calificada como una trilogía juvenil, en la misma categoría de cosas como Crepúsculo, por tan mal escritas que están ambas.

Siempre me pregunto

¿Por qué no hay escenas eróticas en los libros juveniles?

¿Por qué no hay literatura erótica en las colecciones para jóvenes?

¿De dónde viene ese puritanismo que ha decretado que en la literatura para jóvenes no debe haber sexo demasiado explícito?

¿Cuándo el sexo dejará de ser tabú en la literatura juvenil?

¿Es el erotismo una especie de última frontera que aún no hemos cruzado en la literatura juvenil?

(Una frontera que hemos apenas rozado. Como en el cine de los años 50: se habla de ‘relaciones’, se habla de ‘inclinaciones’, pero siempre hay un ‘mensaje’ que debe alejar el sexo del sexo sin amor, o del sexo por el sexo).

Para mí la literatura juvenil siempre ha sido, no un género sino una etiqueta editorial: tiene que ver no con el contenido de un libro ni con su esencia literaria ni con su arquitectura interna sino con un envase exterior, con un diseño de colección y con algunas prescripciones de uso. En algún momento algún editor decidió darle un color y un tipo de portada a algunos libros clásicos que podían calzar con el mundo y los intereses de los adolescentes, y agregó a otros contemporáneos excepcionales, autores outsiders que tal vez no habían calado en la literatura ‘adulta’. Y así los dispuso en la gran tienda. Y a partir de allí se sumaron una manada de autores que apostaron por escribir para jóvenes, de mejor y peor manera, pensando en ellos o no, quién sabe; con muy variados estilos, usando todo tipo de temáticas y haciendo acopio de todos los géneros que había a la disposición. Pero todos ellos, en un gran pacto tácito, eludieron sistemáticamente el sexo. ¿Por qué?

No digo que sea bueno o malo, sólo me llama la atención y subraya lo artificioso que puede resultar la etiqueta ‘literatura juvenil’.

En esa larga cadena que recorre un libro hasta llegar a su lector, y que pasa por el editor, los profesores, los mediadores, los seleccionadores y los padres, los jóvenes sólo a veces deciden ellos mismos lo qué van a leer. Y cuando lo hacen tal vez no gasten su dinero en ‘libros juveniles’ sino en libros normales, esos que llaman de adultos.

Tal vez, si solamente los jóvenes fueran los ‘clientes’ con el poder adquisitivo para comprar los ‘libros juveniles’, ya muchos editores tendrían en su catálogo colecciones eróticas para adolescentes. Incluirían clásicos como Delta de Venus de Anais Nin, muchas cosas de Bukowski, a todos los niños terribles de Cocteau, a buenos clásicos que nos han hecho vibrar de placer, y también a malos escritores que engrosarían una larga galería de erotismo soft. O también cosas recientes como el estupendo No te ama de Camila Gutiérrez.

Pero pasa que simplemente no son los adolescentes los que compran.

Tampoco son los jóvenes los que escriben sus propios libros. Y nosotros los adultos, que somos los que escribimos ‘para ellos’, tal vez no queremos que nuestros propios hijos adolescentes lean sobre aquello que intentamos ocultarle tras las puertas cerradas de la habitación de los padres. O más bien no queremos leer sobre lo que ellos hacen cuando se encierran en las suyas.

El problema de la llamada literatura juvenil comienza cuando aspira a transmitir un mensaje unívoco, de una sola pieza, con un solo significado último, sin fisuras. Sin posibilidad de confusión. Con poca cabida para la ironía. Y cero espacio para lo que no sea una visión edificante acerca de la vida y del mundo. O del sexo. La moral, en la literatura juvenil, está muy anclada aún a lo ‘que debe ser’, a lo bueno, a lo ejemplar.

El mundo suele ser tan confuso como ajeno, pero algunos libros y autores de literatura juvenil quieren convertirlo muchas veces en algo de una sola pieza. Y parte de la belleza y el poder de la literatura es justamente poder hablar sobre eso, sobre la confusión de la vida, sobre la ambigüedad, sobre lo que no comprendemos.

Creo que un buen libro enseña algo tan poderoso como la fuerza que hay en la debilidad, la fuerza de la vulnerabilidad. Muestra lo que es ser débiles, lo que más nos duele, en lo que somos más vulnerables, a lo que más tememos. Y el sexo es algo tan complejo y tan poliédrico y tan insondable, que nos aterroriza acercarlo a los jóvenes (no por ellos, sino por nosotros mismos).

 

Nota: Este artículo nació a partir de una invitación que nos hizo Gladys González a María José Ferrada y a mí en agosto de 2015 a su riguroso, outsider y dedicado Festival de Literatura Infantil y Juvenil de Valparaíso, para conversar sobre la censura en la literatura infantil y juvenil.

 

Foto: Miley Cyrus en el video BB Talk, 2015

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