Revista Intemperie

Sobre Máquina para hablar con los muertos

Por: Bernardita Bravo
maquina para hablar con los muertos

 

“Nada resucitará a nuestros muertos”. Sentencia irrevocable y resignada que luego se subvierte, que se declara justamente para ser perturbada, porque el lenguaje indagará en ese reino donde vivos y muertos conviven, jugará a unir lo que normalmente está separado, no representará la sustancia; se sumirá en ella para condensar la experiencia de un tiempo, el tiempo particular que captura la Máquina para hablar con los muertos, texto de Carmen García entre la poesía y la prosa, en búsqueda de una transfiguración que se apodera de ciertos lugares para suceder:

El lugar del sueño

Podríamos decir (lo poco que podemos decir con tanto ya dicho) que los sueños se caracterizan por rápidas transiciones entre una escena y otra, y por un realzado sentido de lo emocional (la tarea censora que en el día una parte del cerebro se encarga de hacer funcionar aquí se suprime). “Yo fui ese lugar blanco que apareció de pronto”; una voz nos introduce en la máquina donde van apareciendo escenas, imágenes aparentemente desarticuladas, pero con un sentido que narrador y lector logran captar a retazos, como destellos de un orden temporal que rompe la lógica cotidiana; el que sueña está desposeído de sí, padece la realidad, no puede contenerla ni ordenarla: “Este lugar no tiene nada de familiar y sin embargo todo lo inunda un extraño estado de lo conocido. Las luciérnagas, las mariposas que aparecen gigantes como pájaros. Un lugar que pertenece a ninguna parte. La frontera del sueño”. La secuencia rutinaria, lo de todos los días, se abre a una experiencia temporal única, cuya perspectiva sería la eternidad, ese estado al que solo accede la mente infantil, o los animales: “Y entonces el día vuelve a comenzar. Los amaneceres se multiplican. Ella entierra palabras en la arena (…) Descubre lugares escondidos”. El sueño como posibilidad de deshacer lo real, donde se desprecia el carácter ficticio de los signos que pueblan el mundo, pues dentro de la máquina este lenguaje que usamos no acaba de ser suficiente:

El lenguaje como un lugar

“¿Y si fuera un pez el que habla? Un pez con boca de lobo. De él provendrían los nombres de las cosas”. Animales, especies, cruces de especies fundan este deseo de originar un código nuevo, y a la vez una vuelta al origen. Lo primitivo. Un lenguaje sin juicios: la naturaleza hablando a través de uno, más que uno hablando acerca de la naturalezaesta es la entrada que posibilita a la transmutación: “Comienzo a escuchar cómo las serpientes se mueven por los techos, escucho cómo las cosas van mutando”; sacudir el constructo. Las palabras pierden el significado al hablar con la lluvia. Surge el anhelo de acceder a un estado de conciencia donde lo racional e irracional no se diferencian; habitar un lugar “donde todas las lenguas se entendieran, un lugar que tenga la perfección de los animales”. El proceso de desgaste al que se ve sometida la conciencia no sirve, se busca esa preservación de lo inconsciente, donde “quienes imitan a los árboles comienzan sin miedo a desprenderse de su carga” (verso de Pedro Montealegre, que se integra con fluidez en el texto). Lenguaje y naturaleza se encuentran y esta fusión es un modo de participación, descubrir el propio término, porque las palabras arden y hay que dejar de escribirlas. Dejan de ser una expresión: son una resistencia y una entrada al lugar de la muerte.

Los muertos

Ese es el deseo: que el muerto me hable, ser el muerto. Vivimos inmersos en una conciencia extraña de inmortalidad, ajenos a la certeza del propio final, pero en esta máquina nos acercamos, a través de nuestros muertos, a la propia muerte. Y entonces, a la propia vida: “Tengo cien años y todas las vidas que he tenido viajan conmigo”. La adquisición del saber no sigue el sendero de una lógica racional, de un relato lineal; se da con el reconocimiento de morir-en-vida: la muerte deja de ser violenta e implacable, deja de ser ese lugar del que hay que protegerse; “no hay mayor placer que desaparecer”. El viaje es de la luz a la oscuridad y de la oscuridad a la luz, “debo abrir esa puerta negra. Dejar de esquivar su forma. Entrar en ella es abandonarse. Entrar en ella es el salto ciego. Tras ella, los hechizos se rompen, las energías se multiplican. Aprender a identificar la luz de los vivos”. Aparece el lugar de unión entre dos eternidades: la del momento y la de la memoria, esa memoria que se trae de otras historias, otros cuerpos, esa presencia perseverante aunque invisible y que aquí la máquina ilumina. La palabra es el engranaje; lo indecible será dado solamente a través del lenguaje.

 

Máquina para hablar con los muertos

Carmen García
Ediciones Bastante, 2016

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