Revista Intemperie

Acerca de cómo nos hicimos swinger

Por: Juana Flores
keisai eisen

 

Más o menos a los 33 años publiqué un aviso en una web de encuentros eróticos donde puse que buscaba a un hombre para juntarnos a tener sexo sin compromiso. Me hice un email de contacto para la tarea en cuestión (bovary33) y de un día para otro mi bandeja de entrada se llenó de fotos de miembros erectos y hombres posando al lado de sus relucientes autos. No sé cuál de los dos me causó más aversión, pero diría que ambos por igual. Nunca me parecieron sexys los hombres que para seducir despliegan sus plumas de macho reproductor o en su defecto, de macho proveedor.

No obstante, de toda esa lista conocí a un par de tipos interesantes y uno de ellos administraba por esa época una página web a través de la cual se concretaban encuentros entre parejas que practicaban el swinger. Nos hicimos amigos y aunque no llegué a concretar nada que tuviera que ver con el intercambio, pude conocer desde muy cerca su mundo: fui testigo de tríos y orgías organizadas en una casona de la calle Santa Victoria. Vi gente cogiendo en todas las habitaciones de ese espacio de techos altos y lámparas antiguas; mujeres de grandes y de pequeños pechos, desnudas y semidesnudas, hombres paseando calmadamente sus miembros en ascenso, buscando el recodo justo donde ejercer el derecho priápico; grupos que como en un mecano carnal se procuraban en sólida mutualidad el más ansiado de los humanos placeres.

Pero hay una cosa que fue para mí un verdadero quiebre de paradigma: ver el amor y el respeto profundo que mi amigo y su esposa se prodigaban luego de cada jornada de sexo compartido. Que por cierto tenían una relación de hace 15 años y de más de 6 en el mundo del intercambio de parejas. A veces, cuando me iban a dejar en su auto a mi departamento, yo los oía conversar como buenos amigos, comentando la fiesta o bien temas pedestres y cotidianos. Nada hacía pensar que ambos, sólo diez minutos atrás, se habían compartido con todo el grupo. Quizás sólo las mejillas un poco tibias, un poco sonrosadas con la que emergían de aquella contienda amorosa de índole comunitaria.

Pasaron varios años antes de que yo me atreviera a entrar de lleno en el asunto. Primero porque nunca llegué a tener una pareja cuya reacción al tema no terminara tomando cierto aroma a escándalo ético. Incluso el novio más “liberal” que tuve –un mujeriego empedernido- hizo la señal de la cruz cuando dejé traslucir que yo también quería esa misma libertad para mí. Un perfil de hombre más o menos clásico, por cierto: el deseo es para los machos, porque las mujeres que desean a otros o peor aún, quieren materializar ese deseo, son putas y por tanto, no aptas para los vínculos “serios” de pareja. En otras palabras, quieren jugar solitos y por su cuenta. Y si uno quiere integrarse a la pandilla, te acusan de mal comportada.

Con mi pareja actual, en un principio no fue muy diferente. Pero esta vez insistí porque de algún modo intuía que la idea podía llegar esta vez a buen puerto. Y cada vez estuvimos más de acuerdo.

Primero fue fantasear, contarnos historias al oído mientras cogíamos, relatos donde había terceras, la imagen de alguna amiga que le elevara a él la temperatura (y a mí, claro). También vimos pornografía juntos, especialmente aquella que hiciera referencia a la batalla grupal. Estuvimos un buen tiempo alimentando nuestra vida sexual con la fantasía y el recurso audiovisual, hasta que llegó un punto en que el deseo erótico comenzó a ir en caída y por parte de ambos. Por supuesto vinieron las dudas acerca de si era el momento de ponerle fin a nuestro idilio de más de cuatro años. Pero como sabíamos que no era una cuestión de amor (sentimiento que ha sobrevivido a unas cuantas tormentas y a otros tantos tormentos) y quizás también porque conversamos mucho de sexo, o bien porque tanta fantasía y porno se nos fue metiendo de contrabando en la piel del deseo (o todas las anteriores) es que decidimos que era momento de coger con otros/as y que hacerlo juntos era una buena alternativa.

Nuestra primera vez fue en un bar swinger. Fuimos un día miércoles pues era día de night club. Vimos bailar a dos chicas y recuerdo especialmente a una con un cuerpo muy lindo, pero no sólo se trataba de eso sino de cada movimiento suyo, que ejecutaba con un erotismo sutil y envolvente. Se acercaba por igual a hombres y a mujeres (eso es otra cosa que ocurre en un bar swinger, los show eróticos están dedicados a todos los géneros) y por un momento la tuve muy cerca de mí, con su faldita corta que se levantaba a la par del cimbreo de sus caderas. Otro punto en la cultura swinger es que las bailarinas eróticas son tratadas con el mismo respeto que cualquier otra mujer presente. No se siente esa atmósfera de bar masculino porque además no es un imaginario de “putas”, en el sentido religioso-castrador del término puta. Y nos llamó también la atención cuando más adelante le preguntamos a uno de los dueños de un bar swinger si era muy complicado llevar el negocio. Nos dijo que estaba en él desde hacía 11 años y que solo un par de veces había tenido que enfrentar algún tipo de conducta fuera de lugar. Que la mayor parte del tiempo era todo muy tranquilo. Pocos locales nocturnos pueden decir creo, algo parecido.

Pareciera ser que cuando el deseo tiene los permisos que le corresponden por derecho, la calma viene por añadidura.

Luego de mirar el show nos fuimos al salón de “juegos” y quizás fue esa primera y deslumbrante visión la que fundó nuestras ganas definitivas de seguir adelante: unas siete parejas cogiendo bajo una luz pálido azulada, una nube de gemidos femeninos, una mujer desnuda al centro de la sala recibiendo caricias de quien quisiera propiciárselas y un enjambre de cuerpos sobrepuestos nos dieron la bienvenida. Habíamos quedado en sólo mirar pero no pude dejar de ofrecerle a mi amor, acercarle mi boca para tomar su miembro que ya se había puesto en marcha. Al lado de nosotros, una chica se balanceaba desnuda sobre su novio. Ambos nos miraron con atención y nosotros un poco más tímidamente a ellos. No sentamos luego a su lado y el sexo oral cambió entre nosotros, del 6 al 9. Ahí nos quedamos un buen rato, siendo parte de esa misa presidida por un Eros amable y desprendido. De esa pieza donde las artes amatorias son una sabiduría compartida. Y aunque tuvimos una discusión al llegar a casa por alguna torpeza cometida, la imagen de libertad y de placer infinito que se nos grabó en la retina, se sobrepuso a cualquier duda acerca de seguir adelante en esto. Y al menos una vez por semana, volvemos a celebrar uno de nuestros mejores descubrimientos.

 

Nota al pie

La práctica del swinger no sirve para reparar relaciones rotas ni para satisfacer sólo a uno de los integrantes de la pareja; no se va a un bar swinger para hacerle “un favor” a la pareja. No sirve si ambos no están absolutamente de acuerdo en experimentar y no sirve como parche express en relaciones deterioradas. El swinger se hace de a dos y para dos, de mutuo y completo acuerdo. De lo contrario, no va a ser más que un catalizador para terminar de romper relaciones que ya venían fracturadas.

 

Foto: Passion in the Snows of Spring, Copy of Kaseikyu (detalle), Keisai Eisen, 1822 / Sotheby’s

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