Revista Intemperie

Pezoa Véliz, vocero del alma chilena

Por: Mario Valdovinos
pezoa veliz

 

Buena parte de la literatura chilena del siglo XX, tanto de la narrativa, la lírica y la dramaturgia, se halla influida por la sombra de Carlos Pezoa Véliz (1879-1908). Muerto antes de los 30 años, el vate terremoteado fue víctima del sismo de 1906 con epicentro en Valparaíso, perdió movilidad en sus piernas y fue a dar al Hospital Alemán del puerto donde escribió en papeles ambarinos su célebre poema ‘Tarde en el hospital’, manifiesto de los desamparados que convalecen y agonizan en las salas comunes de los hospitales, mientras afuera cae el agua mustia, mensajera de la muerte.

Un tiempo después del accidente en Valparaíso es trasladado al hospital San Vicente de Paul, en Santiago, donde expira víctima de una apendicitis mal cuidada. De esta trágica y breve vida surgió, a su pesar, la leyenda de su malditismo. Sin embargo a él, más que la pobreza que conoció en su amplia y destructiva dimensión, lo atormentó la bastardía, su orfandad, el desinterés del que fue objeto por parte de quienes lo engendraron.

Con un pie en el Modernismo y el otro en la sensibilidad y el sistema de preferencias de la generación de 1900, la del cambio de siglo, junto a Baldomero Lillo en el género cuento, desplegó en sus poemas una aguda sensibilidad social a partir de su condición de niño huacho, abandonado por sus progenitores biológicos y criado por padres adoptivos. Tuvo una accidentada vida laboral, donde desempeñó oficios humildes, aprendiz de zapatero y profesor de religión, suche de oficina y periodista empírico en Valparaíso, además de corresponsal del diario La voz del pueblo, enviado en 1905 al Norte Grande, donde comprobó la explotación de los obreros del salitre que culminaría con la matanza de trabajadores en la escuela Santa María de Iquique, en 1907. Ingresó al ejército como miliciano de la Guardia Nacional, adhirió a la candidatura a presidente de Pedro Montt y, de adolescente, fue calador de sandías en una feria porteña. El calador experto hunde su cuchillo en la sandía madura en busca del corazón de la fruta y se lo ofrece al comprador, tentándolo a probarlo.

Por los poemas de Pezoa Véliz transitan vagabundos, parias, obreros, mujeres abandonadas, empleadas domésticas, rateros, burócratas, truhanes, mercachifles, vidas mínimas y antiheroicas, carentes de épica, un universo perdulario semejante al que exhiben los relatos de Antón Chéjov. Fuera de su poesía escribió, con seudónimos, una prosa abundante y variopinta y sus Obras Completas las constituyen dos volúmenes de poesía, ambos publicados después de muerto su autor: Alma chilena (1912) y Campanas de oro (1921).

Si bien carecía de estudios formales fue un escritor ilustrado, debido a la autoformación, a las lecturas heterogéneas y voraces, comprometido con la cuestión social, solidario con los seres anónimos y golpeados por una sociedad con niveles de distribución de la riqueza vergonzosos, con analfabetismo unánime y desequilibrios en las oportunidades educativas y laborales. Nada nuevo en el Chile de hoy. Su poesía habla de aquello. Llevó un diario, la huella de sus pasos capitalinos, de sus impresiones de sombra inquieta, y se enamoró sin remedio de Lorenza, una chica del arroyo, habitante de conventillos arrabaleros, como él, a la que objetó, en la disyuntiva de desposarla, su virginidad, si bien él, como la casi totalidad de los hombres de su generación, visitaba burdeles; allí se apasionó por una prostituta y exhibía con respecto a las mujeres una doble moral. No soslayó en sus poemas el motivo de la creación poética y en su formidable poema ‘El pintor Pereza’, un verdadero manifiesto sobre la estética decadente, traza un retrato del spleen sudaca, del tedium vitae que atrapa a un creador de imágenes aquejado de abulia y de desesperanza. No era en absoluto su autorretrato, pues la vehemencia, la energía y la perseverancia creadoras fueron sus rasgos decisivos, sobreponiéndose a todas sus limitaciones.

La atención crítica que suscitó su breve obra literaria ha merecido varios volúmenes de interpretación que funden, todos, la vida y la obra del poeta: el de Antonio de Undurraga, titulado sin más Pezoa Véliz (1951 ), el de Raúl Silva Castro, Carlos Pezoa Véliz (1879-1908), y el de Luis Hachim Lara, Carlos Pezoa Veliz, alma chilena de la poesía (2005); además de otro del profesor Paulius Stelingis relativo a su conexión con la estética modernista (1954), y en el género lírico del siglo pasado fueron tributarios y admiradores de su obra Óscar Castro, el vate rancagüino, Violeta Parra en sus Décimas y su hermano Nicanor a propósito del espíritu de la antipoesía; en la narrativa, particularmente la de la generación de 1938, Carlos Droguett, Nicomedes Guzmán y Manuel Rojas, y en la dramaturgia el llamado carpintero del teatro, Antonio Acevedo Hernández.

Leer hoy sus poemas ‘Nada’, ‘Entierro de campo’, ‘El perro vagabundo’, ‘Tarde en el hospital’, ‘Teodorinda’, ‘Fecundidad’, ‘Pancho y Tomás’, ‘El pintor Pereza’, equivale a sentir en la boca el sabor de la sandía calada.

Fue lo que Pezoa Véliz hizo a través de sus poemas con el alma de Chile.

 

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