Revista Intemperie

Bala Loca: culpa y redención histórica de Chile

Por: Juan Pablo Sáez K.
bala loca

 

La escena es de culto. Travis Bickle (el inolvidable Robert De Niro de Taxi Driver), acababa de herir mortalmente a tres hombres —al proxeneta Sport Higgins, al socio de éste, un viejo de bigotes que le grita “I’ll kill you!” mientras intenta contener la sangre que le brota del cuello, y a un cliente del prostíbulo— cuando decide apuntar la pistola a su cabeza y apretar el gatillo varias veces. Tras comprobar que el arma está descargada deja caer su cuerpo al suelo llevándose el dedo índice ensangrentado a la sien derecha como si fuera el cañón de un revólver. Luego hace el ademán de disparar mientras Iris, una prostituta adolescente que se hace llamar “Easy”, observa la escena sumida en el silencio.

Travis Bickle, el protagonista del filme ya clásico de Martin Scorsese, 1976, a la que pertenece la secuencia recién descrita, es quizás el antihéroe más conocido del cine de los últimos cuarenta años. Un joven excombatiente de la guerra de Vietnam, sin familia, quiere reinsertarse en la sociedad neoyorquina de la década de los setenta trabajando primero como chofer de taxi e iniciando luego una relación con Betsy, la secretaria de la campaña presidencial de Palantine. Bickle pavimenta así su regreso desde el infierno de la guerra sabiendo que para tener éxito en ese objetivo deberá asentar su vida sobre dos pilares de la sociedad moderna sin los cuales se volvería un paria: trabajo y familia. Pero la ausencia del segundo pilar —su relación con Betsy fracasa estrepitosamente— lo lleva a otorgarle a su trabajo una doble dimensión: económica y moralizadora. El taxi es la fuente de ingresos de Bickle pero es también una extensión de él, el vehículo a través del cual registra la podredumbre de la ciudad que no es más que una metáfora del propio Estados Unidos sumido en la crisis moral de sus instituciones (dos años antes de filmarse esta película el presidente Nixon había dimitido por el escándalo Watergate).

Es en esta dimensión moralizadora que el protagonista decide primero atentar contra la vida del candidato Palantine (quien carga la doble responsabilidad de ser quien le “roba” a Betsy y a la vez el símbolo de una élite corrupta) y luego rescatar de la prostitución a la joven Iris. Travis Bickle asume de esta forma el rol del antihéroe —un ser humano común y corriente con más defectos que virtudes que persigue los mismos objetivos del héroe clásico aunque a través de métodos cuestionables— a fin de reivindicarse ante sí mismo y la sociedad. Lo hace a sabiendas que es un acto suicida al que está predestinado: Travis Bickle debió morir en la guerra de Vietnam. Su figura cruza así el campo de la ficción transformándose en un medio para purgar culpas históricas: en este caso la de una sociedad norteamericana en descomposición que envía a cientos de jóvenes a una guerra que está perdida de antemano. Tras el acto de Bickle hay un intento de la sociedad por librarse de sus contradicciones; un intento frustrado pues, a pesar del sacrificio del protagonista, la descomposición prosigue su curso (así queda demostrado al final de la película cuando, de regreso al volante del taxi, Bickle observa la podredumbre volver a la superficie a través del espejo retrovisor).

La figura del antihéroe moralizante presto a enfrentarse a los pecados de una sociedad en crisis es revisitada en el filme La chica del dragón tatuado (David Fincher, 2011), esta vez a través de una joven hacker y desadaptada social, Lisbeth Salander, que al igual que Travis Bickle intenta reinsertarse en la sociedad tras haber pasado por varias casas de acogida adolescente. Basada en la saga Millenium del escritor sueco Stieg Larsson, la historia de Salander se superpone con maestría a la del protagonista principal, el periodista Mikael Blomkvist, quien debe investigar la misteriosa desaparición de la sobrina del multimillonario Henrik Vanger. El hilo conductor de la trama —la desaparición en la Suecia de 1966 de una muchacha abusada sexualmente por sus familiares, todos simpatizantes nazis— coincide con la vida de Salander, quien sufrió vejaciones de todo tipo cuando adolescente. La hacker se niega en un inicio a trabajar con Blomkvist pero finalmente acepta cuando se entera que el trasfondo de la investigación es el abuso infantil. El móvil del antihéroe vuelve a tener, como en Taxi Driver, una dimensión moralizadora: la protagonista intenta detener la progresiva descomposición moral de las instituciones de la sociedad sueca enfrentándose en un acto suicida a los responsables de dicha descomposición.

Larsson y Fincher repiten de esta forma el ejercicio de Scorsese que consiste en cuestionar, a través del antihéroe, la imagen supuestamente perfecta de los países desarrollados poniendo al desnudo la podredumbre de sus sociedades desde su base hasta la cúspide de la élite dirigente. No es casualidad que en el momento en que Paul Schrader escribe el guion de Taxi Driver y Larsson la saga Millenium los cimientos de la democracia tanto en Estados Unidos como en Suecia se encuentran debilitados desde el asesinato de sus máximas figuras políticas: el Presidente Kennedy (1962) y el Primer Ministro Olof Palme (1986).

Esta línea narrativa que mezcla el thriller político y la novela negra es la que decidieron seguir los chilenos Marcos De Aguirre y David Miranda para desarrollar la trama de la recién estrenada serie Bala Loca (cuyo nombre original era Entero Quebrado). Al igual que en Taxi Driver y La chica del dragón tatuado, el protagonista de Bala Loca es un antihéroe que, reuniendo una serie de características que lo acercan al hombre común y corriente, busca un objetivo loable, heroico. El periodista de cincuenta años y antiguo reportero del diario La Época, Mauro Murillo, se desempeña como opinólogo de la farándula local y mantiene una relación difícil tanto con su exesposa como con su hijo adolescente. Murillo, quien vive en silla de ruedas desde hace algún tiempo, tras sufrir un accidente automovilístico, se entera del asesinato de una antigua colega que investiga un escándalo de corrupción en torno a las isapres. Este hecho marca un giro en la trama: Murillo abandona la farándula, decide buscar a los responsables del crimen y continuar la investigación inconclusa de su colega asesinada para lo cual reúne un equipo de periodistas y funda un sitio internet.

No es la primera vez que una serie chilena gira en torno a un antihéroe que se ve enfrentado a la coyuntura social y política. De hecho en la tercera y cuarta temporada de Los 80 (Boris Quercia, 2008-2014) el personaje central, Juan Herrera, prototipo del hombre común, decide buscar a su hija desaparecida en plena dictadura y enfrentarse a las amenazas y torturas de la CNI, mientras que en la primera temporada de El Reemplazante (Javier Bertossi, Nimrod Amitai e Ignacio Arnold, 2012-2014) un profesor de colegio subvencionado denuncia, en plena época de las revueltas estudiantiles de 2011, un escándalo de corrupción en torno al dueño del establecimiento develando así la relación espuria entre el mercado y la educación secundaria. Si en Los 80 el antihéroe representa al ciudadano promedio sometido a una dictadura y en El Reemplazante al profesor en tanto actor y víctima del modelo educativo, en Bala Loca el antihéroe representa al periodista de la vieja guardia enfrentado a su peor pesadilla: la cooptación de la prensa por parte de las élites políticas y empresariales. Y es que el aparente conflicto principal de la trama —la prensa versus la connivencia entre isapres y establishment político— esconde otro mucho más de fondo, mucho más existencial si se quiere: la colisión entre dos modelos de periodismo, uno que se postula como contrapoder, cercano al estereotipo de Woodward y Bernstein, los reporteros del Washington Post que destaparon el escándalo Watergate, y otro ligado a los intereses del empresariado y de las élites políticas, representado en la serie por la novia y la exmujer de Murillo, ambas periodistas: una es la asesora comunicacional de una isapre y la otra es la editora de un diario vespertino de derecha.

Dicha colisión de intereses, expuesta en la escena en que el periodista de farándula está sumido en la nostalgia de su pasado reporteril en La Época, le otorga al antihéroe de Bala loca un cariz mucho más complejo, cercano al de Travis Bickle y Lisbeth Salander. Al igual que Bickle, Murillo intenta sobreponerse al fracaso de formar familia dándole a su profesión una dimensión redentora que le permita reivindicarse primero ante sí mismo, luego ante sus colegas que lo desdeñan por ser parte de la telebasura y por último ante su exesposa y su hijo. Esta dimensión redentora —representada en la abrupta decisión del protagonista de abandonar la farándula e ir tras los asesinos de su colega— se asoma como una misión suicida que provee sin embargo de sentido a la vida de Murillo tal como la búsqueda de la desaparecida sobrina del multimillonario Henrik Vanger le otorga a Salander un motivo por el cual seguir viviendo.

Si las figuras de Bickle y Salander son un medio para purgar la culpa histórica de estadounidenses y suecos, el protagonista de Bala Loca opera como una herramienta expiatoria de la culpa histórica de Chile en una triple faz: familia, periodismo y política. Al acercarse a su hijo, volver al periodismo romántico de los ochenta y deshacer sus vínculos con la política (alejándose de su amigo senador) Murillo va develando la crisis terminal de los paradigmas imperantes en Chile: la familia como base de la sociedad, la prensa como contrapoder y la política como defensora del bien común. Tal como ocurre en Taxi Driver y La chica del dragón tatuado, en Bala Loca la trama se desarrolla teniendo como telón de fondo el derrumbe de un modelo social, económico y político que se creía exitoso y lo, que parece más grave, la atrofia progresiva de los cimientos de la democracia.

 

Foto: CHV

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