Revista Intemperie

Autobiografía a través del arte

Por: Soledad Rodillo
el nervio optico

 

Como la trenza de la mujer que ilustra la portada del libro, la escritura de El nervio óptico parece entrelazada por varios géneros como la crónica, la autobiografía y la crítica de arte, que unidos van a formar un texto prodigioso, inteligente y único: una trenza firme donde van a quedar atrapadas la infancia, la adolescencia y la adultez de María -historiadora del arte y alter ego de la autora- y también las obras de arte que le han llamado la atención durante su vida.

Cada capítulo trata de un artista y de una o varias de sus obras, y también habla de María, de su madre, de su marido, de sus miedos y de su clase –la clase alta argentina-, con una mirada irónica, desprejuiciada, distante e incluso brutal: muy distinta a la manera con que enfrenta a sus pintores favoritos (que van desde Cándido López a Fujita) y a los cuadros (casi todos de museos argentinos, porque se nos dice que María sufre de miedo a volar) y a los que la protagonista se aferra con uñas y dientes, incluso de aquellos que no son grandes obras de arte, pero que para ella son como una familia.

Gran observadora, María Gainza describe con desparpajo tanto las obras de arte que ve (en el Museo de Bellas Artes, en el Palacio Errázuriz o en la casa de alguien) y el episodio de su vida que quiere contar, donde ella ocupa el rol de la mujer desclasada que se ríe, con elegancia, de esta clase alta engreída e ignorante a la que pertenece por nacimiento, y donde pareciera que ni un detalle artístico se le escapa, como tampoco los gestos y las palabras de los personajes que han formado parte de su vida.

Cada cuadro y cada recuerdo nos entrega trazos sobre la protagonista. En un capítulo podemos verla humillada –y mojada hasta el tuétano- en la casa de una coleccionista que era mejor que ella “en el juego de sostener la mirada”, y en otro podemos verla enfrentada a su madre para quien será “siempre alguien que desperdició su suerte, la zurdita paqueta que vive como paria”. Entre lo que anota sobre Rousseau, Toulouse Lautrec o de Dreux, María Gainza escribe –a ratos con humor, a ratos con pena- sobre las imposturas de su amiga Alexia (la que la introdujo a Salinger, a Sumo y también al whisky), la soledad de esa prima que se pasó meses haciendo collages en las paredes de su pieza y que parecía vivir dentro de una ola pintada por Courbet, sobre ella misma y sus inseguridades, y sobre lo persistentes que son los roles en cada familia (“hace veinte años que perdí en un bar unos certificados de la sucesión de la casa de Mar del Plata y desde entonces me creen una inútil”).

“Uno escribe algo para contar otra cosa”, dice la narradora en el primer capítulo del libro. Y aquí las obras de arte son la excusa para hablar de María y de su fascinación por las pinturas y los museos –los que visita y revisita con frecuencia como quien relee su diario de vida-, y también son el motivo para criticarse con dureza a sí misma, la “burguesita del arte, turista de hospital, antropóloga de gabinete fascinada por lo exótico”.

 

El nervio óptico

María Gainza
Libros del Laurel, 2016

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