Revista Intemperie

Cristiano Ronaldo, el cyborg sensible

Por: Felipe Herrera
cristiano ronaldo

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Con mi amigo Francesco, italiano fanático del fútbol igual que yo, no lo podíamos creer: Cristiano Ronaldo, el gladiador, el comandante, el indestructible, el capitán, el superhombre del fútbol mundial, tenía que salir de la cancha por lesión en la segunda final de la Eurocopa en la historia de Portugal. Algo así como si Alexis Sánchez, después del pisotón de Mercado, hubiera dejado a Chile a su merced en la final de hace algunas semanas. La diferencia es que Portugal no tiene a un Vidal ni a un Bravo ni a un Gary Medel en el que sostenerse. Ronaldo lo es todo para su selección.

Eso decíamos en ese momento en el que paradójicamente, Portugal se metió en el partido; todo el rato en el que Ronaldo fue atendido, y después sacado en la camilla, sirvió para enfriar a una Francia que se venía encima con las zancadas de Sissoko. Entonces con más corazón, garra, amor propio y todos esas virtudes que se les destacan a los equipos que no tienen nada de fútbol, Portugal aguantó y aguantó.

Aunque las comparaciones son odiosas, la de Ronaldo con Messi, el extraterrestre del fútbol, es ya casi un lugar común. De todas formas fuimos hasta ahí después de ver al malo de Éder, el héroe improbable, hacer el gol del campeonato. Cristiano Ronaldo lloraba, se tiraba al piso, corría como Robocop, se abrazaba con sus compañeros, se miraba de reojo en la pantalla gigante del estadio. Tomaba el trofeo, lo alzaba a los cielos, se quedaba con él una eternidad, consciente de que al día siguiente sería la portada de todos los diarios de fútbol del mundo. Y mientras veíamos al gladiador, al boxeador, al tenista en su momento de gloria, mi amigo Francesco se confesó: “¿Sabís qué? De todas formas creo que Ronaldo es más sincero que Messi”. “Explícate”, le dije. “Yo nunca sé lo que Messi está pensando, no habla, no tiene momentos de alegría explosiva, siendo que al final es mucho más pauteado que Ronaldo. Mira cómo este apoya a sus compañeros, les habla, les grita. Está sufriendo, a su manera, pero está aquí y está viviendo. Y a mí me da la impresión de que Messi está siempre en otro planeta, ajeno”.

Francesco notó lo que no se veía a simple vista durante la transmisión del partido: Cristiano Ronaldo, con el peto de suplente y un vendaje egipcio en la pierna izquierda, estaba parado en la zona técnica al mismo nivel que su jefe, Fernando Santos. Gritaba, saltaba, se llevaba las manos a su bronceada cara, gesticulaba con esos gestos tan robóticos que tiene, tan de muñeco, tan de ciencia ficción que tantos odian.

Me acordé de la cara de Messi después de perderse el penal hace algunos domingos. Era una cara como la de “El grito” de Munch, ojos y boca abiertos, negros, impávidos, llenos de angustia, de desesperación, de estar viviendo el final de todo, pero aún así imposibilitados de llorar, de tirarse al piso y acurrucarse como un niño y llorar desesperadamente, sin contención, sin reprensión.

Messi es un extraterrestre, y eso lo han dicho muchos antes. Se mueve en otro tiempo y en otro espacio, y pareciera que siente de otra forma. En cambio Cristiano Ronaldo es el primer cyborg desarrollado por la ciencia, un robot humano hecho para ganar, ultra preparado, ultra entrenado. Pero detrás del físico de publicidad, de la cara de muñeco y de la sonrisa perfecta, está el hombre que tiene sentimientos, tiene emociones y las muestra.

“Finalmente, creo que Ronaldo es consciente de que es una marca”, agregó Francesco. “Y a veces pareciera que se quiere escapar de eso, que quiere salir, que quiere mostrarse tal y como es, y a veces lo logra, pero vuelve rápidamente a esconderse. Es como un prisionero”.

Detrás del robot, hay un hombre.

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Foto: sport.es

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