Revista Intemperie

POESÍA: Quemarse a lo bonzo, una decisión razonable

Por: Gastón Carrasco
bonzo

 

La fotografía de Thich Quang Duc en llamas. La imagen como origen del poemario de Maximiliano Andrade (1990), como efecto de combustión podríamos decir. Bonzo (Cástor y Pólux, 2016) presenta un juego a dos voces que se despliega en sus tres secciones. Por una lado, una voz testimonial que vive en carne propia el paso del fuego por el cuerpo y, por otro, una reflexiva, acaso científica, consciente de la limitación de las palabras: “las palabras no sufren ni sangran ni palpan” (13), “el lenguaje es un desierto de fuego” (15), “decir cien veces luz / no suplanta / la luminosidad” (55). Ambas voces intentan reconstruir el lenguaje del fuego, la escritura que quema en el cuerpo.

En la primera sección, que lleva el título del libro, se reflexiona en torno al paso del fuego en diversos registros y lugares: el cuerpo, la naturaleza, el espacio público. Todo está sujeto a ser calcinado por el movimiento inquieto del fuego: “Todo se quema / con el calor suficiente” (7). Títulos de poemas como “Fundir voluntad y resentimiento” (21) nos permiten pensar en el gesto inicialmente político de retomar un concepto propio del malestar e injusticia social. Un poemario que nace de esta referencialidad, necesariamente dialoga con poemas como “Sebastián Acevedo” de Gonzalo Rojas, el libro Bobby Sands desfallece en el muro (1983) de Carmen Berenguer. Como pequeñas chispas la memoria activa nuestra historia reciente: deudores habitacionales, incendios en los cerros de Valparaíso, el reciente kioskero de Coronel que perderá su lugar de trabajo, etc. Quemarse a lo bonzo sigue siendo un acto radical de resistencia. En poesía, ese ritual de inmolación, se trataría de “abandonarlo todo / menos el resentimiento” (63).

De esta manera nuestra historia se empieza a encender con imágenes propias de un descomunal siniestro. El poeta empieza a escarbar por las cenizas de un país incendiado y asediado por un fuego insistente, que calienta, pero también quema, y carboniza. La voz hablante sabe que “morir es una posibilidad del lenguaje” (9), pero que también se necesita tan solo un fósforo “para incendiar / un país / a oscuras” (108). Es en esta tensión entre el lenguaje y la realidad donde el poeta se empieza a jugar el cuero, literalmente. Amenazar con prenderse fuego es una posibilidad de todo ciudadano, pero también parece ser una posibilidad para el poeta: “¿por qué escribir fuego y no quemarse a lo bonzo?” (109).

Los poemas son seguidos por una serie de imágenes, cuyos patrones de ruido nos permiten entrar en la llaga, en la herida provocada por la quemadura. Las imágenes se pixelan, aumentan o distorsionan hasta que aparecen poco a poco los inmolados: el monje budista en Saigón (1963), un ex senador argentino, etc. en definitiva el registro quemado en el disco duro (grabado bajo la lógica de programas como Nero) de nuestra historia.

En la sección “Un cuerpo desaparece” la imaginación es el motor que enciende la escritura: “Mientras la luz toca la ventana un niño sueña la innegable posibilidad de una destrucción inmediata” (59). La ignición en los versos la desencadenan imágenes cotidianas que hacen pensar en el calor y quemaduras de los días: meter la cabeza a una hielera, dibujos de casas incendiadas, pan tostado, quemar la casa propia, etc. En definitiva, pensar en las inmolaciones del día a día, y en esas ideas que jamás arderán: “Pensar que la vida se trata de pensar en eso que nunca será” (63). Es aquí donde las voces estudian el efecto del calor y la luz sobre las cosas, en ese registro testimonial y científico, que a veces hace recordar a Carlos Cociña, en versos que pretenden ser luz para los lectores: “Ausencia o proyección: / Incidir como la luz en los objetos” (61).

A esta sección la sigue un conjunto de grafías en torno a la palabra Bonzo, Luz y Arder; palabras fundidas o deformadas en la piel de la página. Bajo la concepción de que “Todo es poesía táctil” (25) el poeta impregna los versos con su otro oficio (diseñador), trabajo que podemos ver desplegado en la página bonzobonzo.cl En esta vemos la imagen deformada del autor y las diversas dimensiones del texto (limitadas quizá en el papel, que puede arder en cualquier momento).

En la última parte del libro “Simulacro de luz sobre el concreto” las dos voces se enfrascan en un juego de pregunta y respuesta: “¿Cómo desaparecer las ganas de morir cuando la muerte no es más que una palabra tatuada con fuego en la frente de todo niño con un fósforo en la mano?” (102). Las respuestas, mucho más breves que las preguntas, más que responder parecen ser una guía para pirómanos, mártires e inmolados que buscan en el fuego una salida a la realidad que los agobia. Quemarse a lo bonzo, nos quiere decir el poeta, y ciertamente lo creemos, parece ser la única salida razonable en este mundo, “concentración de sombras / proyectadas por el incendio” (69).

 

Bonzo

Maximiliano Andrade
Cástor y Pólux 2016
110 páginas

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