Revista Intemperie

Víctor Jara: escribir sobre la ausencia

Por: Mario Valdovinos
In this undated photo released by Fundacion Victor Jara appears prominent Chilean folk singer Victor Jara. A retired army colonel was indicted Thursday, Dec. 9, 2004 in the killing of Victor Jara in the opening days of the dictatorship of Gen. Augusto Pinochet. (AP Photo/Fundacion Victor Jara, Patricio Guzman) **MANDATORY CREDIT FUNDACION VICTOR JARA, PATRICIO GUZMAN **NO SALES**

 

Antes de su condición de cantor popular supe de él por su actividad teatral, actor y director en el instituto del teatro de la Universidad de Chile, ITUCH. Vi el montaje que dirigió de una pieza teatral de Joe Orton, Entretengamos al señor Sloane. Orton fue el dramaturgo maldito que escribió un guion para el primer film de The Beatles, censurado por el manager del grupo, Brian Epstein, debido a su audacia. El montaje de Jara incluía un beso entre dos varones y abordaba sin tapujos el tema de la homosexualidad masculina. En esa ocasión lo divisé por primera vez en la boletería del teatro, el Petit Rex, pero no le hablé porque me lo impidió mi condición de irredento estudiante tímido, vestido en aquel momento con uniforme de liceano.

Por la revista de cine Ecrán, de la que era tenaz lector, sabía de su historia, el nacimiento en Lonquén, el padre alcohólico y abandonador, la madre cocinera, la vida de suburbio en la población Los Nogales, su paso por el seminario y el Servicio Militar, la música campesina, el ingreso a la Escuela de Teatro y cómo, muchas veces sin tener adónde ir, pasaba los fines de semana vagando por la ciudad abandonada para irse a dormir a la Escuela, con la complicidad del cuidador. Sus compañeros cuentan de la destreza envidiable de Víctor en la asignatura de movimiento, que dirigía la bailarina inglesa Joan Turner, de la que el aventajado alumno se enamoró. Era difícil no hacerlo. Jara era un insigne bailarín de cueca, entonado para cantar, hábil con la guitarra, un talento múltiple, actor, profesor, director, cantante, bailarín, además ideológicamente un hombre de izquierda, afín al Partido Comunista de Chile. Con semejante biografía era imposible que habitara en él un conservador.

El continente entero estaba sacudido por la marea revolucionaria, los sistemas democráticos, las repúblicas parlamentarias, se iban al despeñadero. La vía armada de acceso al poder, a través de las guerrillas, era no solo válida sino deseable. La juventud imponía su modo de vida y de ver el mundo: cabelleras hirsutas, faldas cortas, música rock, el frenesí de vivir y de absorber los días. Los treinta años de edad eran inaccesibles. De cumplirlos, ¿qué ocurriría después? Las prisiones del trabajo rutinario, el matrimonio, la familia de clase media y muy pronto la vejez con sus alas de coleóptero. Víctor dio expresión con su música a todo aquello. Tras una beca para estudiar en Londres, el teatro comenzó a quedar atrás. Allende ganó las elecciones en 1970, pero no el poder. Víctor consideró que el movimiento de la Nueva Canción Chilena, que contribuyó a fundar, era un arma más poderosa y puso toda su pasión al servicio de la causa, el gobierno de la Unidad Popular. La vida estaba más que nunca en la calle, en las pintadas de los muros, en las marchas, en los trabajos voluntarios, en la batalla de la producción y de la reproducción de un mundo desbordante. Hubo también, cómo negarlo, ingenuidad, analfabetismo político, ineficiencia, corrupción, dogmatismo, sectarismo, desde ambos bandos, porque el país se partió en dos. Era nuestra propia Guerra Fría. Se llegó a un quiebre y a una polarización tan intensos que un bando debía sin más pulverizar al otro, no había adversarios, sino enemigos. Los días pasaban en blanco y negro con la ansiedad de la espera de un golpe militar en el umbral de la nación, que haría correr sobre el territorio los cuatro jinetes del Apocalipsis.

El invierno de 1973 fue especialmente crudo y desolado, con heladas que descendían desde la cordillera y cubrían la ciudad. La locomoción colectiva desapareció y soldados de la Fuerza Aérea custodiaban las bencineras para evitar atentados. En una de las constantes refriegas entre grupos, vuelvo a decirlo, enemigos, murió un compañero del Pedagógico, Nilton da Silva. Allende le rindió homenaje en un discurso. Para la derecha, un extremista, para nosotros, un combatiente brasileño. Las víctimas caían por ambas partes, sin chistar demasiado.

El 11 de septiembre es historia conocida. El presidente anunciaría un plebiscito en la Universidad Técnica del Estado. Víctor Jara estaba allí pues participaría en un acto artístico previo, destinado a impedir la guerra entre compatriotas. No hubo acto alguno. Tropas del Ejército asaltaron la universidad y lo detuvieron junto a un sinnúmero de estudiantes. Fue a dar al Estadio Chile, uno de los campos de detenidos. Lo identificaron rápidamente y recibió maltrato especial. Lo reventaron a golpes, insultos y patadas, después lo acribillaron y abandonaron su cuerpo en un descampado.

Por estos días, en un recuadro de los diarios, perdido entre las extensas informaciones que alaban el bicampeonato obtenido por la selección chilena de fútbol, aparece el fallo de la justicia de Estados Unidos que condena a uno de sus asesinos, Pedro Barrientos. Junto a Mark Chapman, asesino de John Lennon, los dos tuvieron la cobardía de dispararle a un ruiseñor. No obstante, en el poema de Samuel Taylor Coleridge, poeta inglés del siglo XIX, La balada del viejo marinero, el navegante hace lo mismo con la majestuosa ave que se posa en el mástil de su barco y es condenado por los dioses, debido a su osadía e inútil crimen, a llevar por la eternidad, colgando de su cuello, el cadáver del pájaro asesinado.

 

Foto: Fundación Victor Jara / Patricio Guzmán

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