Revista Intemperie

El poder de DJ Méndez

Por: Andrés Olave
leo mendez

 

En un domingo de abúlicas primarias municipales, donde la mayor parte de los chilenos dormía a pierna suelta tras celebrar el 7-0 sobre México, la única noticia destacada fue lo bien perfilada que quedó la candidatura de DJ Méndez por Valparaíso, obteniendo el 56% de los votos, lo que posiblemente sea un indicio más que favorable para su futura victoria en octubre.

Por supuesto, en un país de raíces tan conservadoras causa inquietud la candidatura del artista y estrella de reality. Quizás sea obvia la larga lista de personajes de la televisión que ya han pasado por la política (Andrea Molina, Álvaro Escobar, Pato Laguna, Jorge Gajardo (pelado Venegas), Raúl Alcaino, Luciano Cruz-Coke, etc). Más aún la tremenda influencia que tiene la televisión en la toma de decisiones de la gente.

En la película Idiocrazy (2006) se postula la hipótesis que la política durante el siglo XXI se farandulizará de forma inexorable. En la cinta de Mike Judge, creador de Beavis & Butthead, el presidente de Estados Unidos es también el campeón de lucha libre de la WWF y claro, la personalidad más popular del planeta. Si bien en política siempre se ha necesitado que los candidatos que quieran vencer sean carismáticos y populares, aquí la noción excede el marco. Fuera de cualquier otra consideración por la idoneidad del candidato es simplemente el individuo que es más famoso el que tiene la mejor posibilidad de convertirse también en el más poderoso.

En ese sentido, sorprende que los famosos no se hayan dado cuenta del enorme potencial que poseen. Se contentan con presentarse en discotecas los fines de semana o animar algún festival de provincia cuando, con la asesoría adecuada, podrían estar postulándose a alcaldes o senadores. ¿Acaso Felipe Camiroaga, si el destino le hubiese permitido seguir con vida, no habría alcanzado la propia presidencia de la nación?

Recuerdo la presentación de Leonardo Farkas en Viña del Mar el año 2009. El millonario y filántropo, lo mismo puede copar un destacado escenario como la Quinta Vergara, como sonar continuamente como candidato a la Presidencia de la República. Lo que hace veinte años parecería una disonancia, tiene ahora plena validez en una sociedad donde todos buscan exhibir algún talento y obtener así un lugar en la gigantesca máquina de los espectáculos (y donde cada uno busca allí al final su propia legitimidad).

Hay imágenes que pese a querer olvidar mantenemos en la memoria: Michelle Bachelet bailando cueca en las fondas con un desprejuiciado Lagos Weber, Sebastián Piñera bailando un desacompasado Thriller en un estelar, los políticos en patota jugando al baby fútbol para la Teletón. La idea es gustar al espectador, agradarle para que el día de la elección éste pueda recordarlos y retribuirles con su voto.

Alguien desde su púlpito podría escandalizarse por esta situación, decir que los políticos, quienes en su mayoría son abogados, tiene la formación adecuada para dirigir el Estado, lo que difícilmente podría tener un cantante o una estrella de farándula. Sin embargo, los numerosos casos de corrupción y enredos que han salido a la luz en los últimos años han producido una desconfianza generalizada que hace perder mucha fuerza al argumento de la formación adecuada. Los electores valoran hacer un cambio en un sistema que parece caerse desde las bases y entienden que poner en el juego a DJ Méndez es también una bofetada a la política tradicional. “Al menos a él si lo conocemos” parecen decir, como haciendo referencia a ese viejo dicho: más vale malo conocido que bueno por conocer.

 

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