Revista Intemperie

IL DOLCE FAR NIENTE: Cayo Albucio Silo, el escritor de cosas viles

Por: Rodolfo Reyes Macaya
pompeya

 

Satura era, para los antiguos romanos, una ensaladera, una fuente, incluso una olla donde se depositaba una desigual serie de ingredientes. Pensar en el locro, en la cazuela, en la olla podrida, en la carbonada, en el puchero, en la olla común durante el frío invernal de Santiago, es pensar no tanto en el exceso como en la precariedad y el desconcierto convertidos en tradición. La satura era para los antiguos romanos también una forma de novela que entretejía poemas y cuentos. Era, en otras palabras, un género bastardo. La más célebre de aquellas es El satiricón. Narra la historia de esclavos errantes y disipados. Fue tejida por Petronio en la época de la decadencia, cuando no era raro que se reunieran libertos y patricios en un banquete, ante una estatua de Praxíteles esculpida en paté.

La satura provenía de la declamatio, en la que los declamadores o sofistas competían entre sí. Se componían en tablillas de cera, de roble, de boj antes de ser presentadas. Cayo Albucio Silo, partidario de Pompeyo, cultivó este género con maestría, aunque abominaba de presentarse en público. Abordaba temas pasmosos y controvertidos: el tiranicidio, la violación, las querellas entre ricos y pobres, entre padres e hijos, los secuestros de piratas, la infidelidad de los esclavos, los caprichos de la fortuna, los desastres de la guerra. Quienes deseaban oírlo se peleaban por una plaza.

El libertinaje cumplía una función social en Roma, era “un deber de gratitud para con la diosa y la vida que había procurado.” Diez años antes del nacimiento de Albucio, el tirano Sila había abandonado voluntariamente el poder. “Abandono el poder absoluto –declaró Sila –para recuperar las hermosas palabras, el libertinaje, la lectura”. Es decir, había abandonado el poder y el negocio sin otra esperanza que la de acceder al ocio, a la voluptuosidad, a las letras. Sila moriría gozando y la lucha fratricida se abalanzaría sobre Roma. Cesar y Augusto son los nombres de quienes detentaron el poder. Son los nombres que aún persisten, a diferencia de Albucio, cuyas obras se perdieron, cuyo nombre pertenece a las sombras.

Pascal Quignard dijo: “Albucio Silo inquietó la novela romana. Le gustaban las palabras vulgares, las cosas viles, los detalles realistas y sorprendentes […] Su definición de novela fue también registrada por [Anneo] Séneca: El único lecho de paso, en todo el mundo, donde se ofrece hospitalidad a las sordidissima, es decir a las palabras más viles, a las cosas más bajas y a los temas más desiguales”. Es a Quignard a quien debemos una reconstrucción de estas historias, realizada en las postrimerías del siglo XX a partir de los testimonios de Cestio, Arruntio y Anneo Séneca. Este libro lleva por nombre Albucio. Ha sido traducido por Manuel Serrat Crespo. Es una olla común, una satura contemporánea. El verso y la prosa, el comentario y la narración, la fabula, la biografía, la divagación etimológica, el fresco histórico y el resumen tienen lugar en sus páginas. Me limito a continuación a sintetizar dos urdimbres que me parecen ejemplares.

 

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El soldado sin manos [Vir fortis sine manibus]

Erase una vez un veterano de guerra que había perdido sus manos en el frente de batalla. Fue licenciado por invalidez, dejó el campamento, volvió a su casa, y no bien traspuso el umbral del hogar, encontró un espectáculo que echaba por tierra sus más queridos recuerdos. Su esposa cabalgaba el pene de otro hombre. Encolerizado, el soldado se precipitó en busca de su espada, olvidando que ya no tenía manos para empuñarla.

“Viéndole con sus muñones cubiertos de trapos y la palabra espada en los labios”, ambos amantes reían. Entonces, el soldado sin manos llamó a su hijo aún adolescente y le ordenó que diera muerte “a la esposa impúdica” y al hombre que ésta tenía entre sus brazos.

Pero el hijo se negó. El amante, mientras tanto, dio un salto, tomó su túnica y emprendió la huida. La madre, “reluciente de sudor”, se precipitó hacia el hijo, se arrodilló, tomó sus manos.

Estas declamaciones solían terminar, confusamente, ante la ley. Ésta en particular finalizaba de la siguiente manera. Estaban los tres frente al tribunal. El padre había expulsado al hijo por impío. El hijo decía: “Oh jueces, dialogo con el hecho de estar desconcertado”. El padre respondía “Yo blando unas manos que cayeron al suelo a dos mil leguas de aquí”. La madre declaraba: “¡Oh jueces, si no hay manos, no hay dedos!”

 

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El viejo olintio [Parrhasins et Prometheus]

Una vez que el rey macedonio Filipo II derrotó a los olintios, arrasó su ciudad y los vendió como prisioneros de guerra. Parrasio, pintor de Atenas, compró uno de ellos; un hombre muy viejo y muy triste, de rasgos conmovedores. Tenía “la piel colgante en los muslos, en los brazos, en las nalgas, en el pecho” y numerosas arrugas surcaban su cara. Parrasio lo puso en el lado norte de su taller, porque era allí donde la luz llegaba mejor. Le hizo pasar hambre durante tres días y luego hizo que sus esclavos lo torturaran. “Parrasio pintó a su Prometeo con éste modelo”.

Sin embargo, sucedió que el viejo olintio no soportó las torturas y murió antes de que el cuadro estuviera finalizado. Para conservar el cuerpo del viejo, Parrasio utilizó nieve. Necesitaba a toda costa su expresión patética.

El Prometeo de Parrasio fue considerado su obra maestra y fue colocado en el templo de Minerva. Ésta obra no podía “contemplarse sin detestar la muerte y sin llorar”.

Un pintor de Atenas, envidioso ante las alabanzas que le hacían a Parrasio, lo acusó de haber causado perjuicio al Estado al quitar la vida a un hombre. Dijo: “Aquel hombre vio Olintio reducido a cenizas, aniquilada su patria, muerta su mujer, violada su nuera, incendiada su casa. Conoce a su vencedor. Éste le dice: Tienes una interesante tristeza. Te he arrebatado a los tuyos para entregarte al arte. De todos modos, tu patria es la muerte.”

Parrasio, por su parte, se defendía ante el tribunal: “Compré ese hombre que envejecía. Pinté a un héroe y los tormentos que sufrió. He mostrado más compasión que cualquier otro hombre. […] Prometeo amaba a los hombres. He recordado a la memoria de los hombres un acto de amor”

 

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Ante una frase de Albucio citada por Anneo Séneca, “Sordidus infandus”, Quignard dice que ésta puede ser traducida como “Lo que es sucio está prohibido”, aunque también podría entenderse así: “Lo sórdido es el niño”. Ciertamente, el nacimiento es algo sucio; no hay identidad en él. “Tras pasar por los labios de una mujer que, poco a poco, aullando, va convirtiéndose en madre, un pequeño animal de piel hinchada y viscosa aúlla entre la sangre, las heces y la orina de la mujer”. Hay un periodo donde el niño está más cerca del aullido que de las palabras inteligibles.

Los antiguos romanos denominaban a ésta “aurora aullante” “infantia” y los antiguos griegos “alogia”. Se trata de un periodo en el que el lenguaje está hecho de balbuceos, de mendrugos. Es extraño y alucinado. Poco a poco el niño, que entonces estaba por debajo del bárbaro y del esclavo, aprende, se civiliza, participa del lenguaje verbal. Con todo, no deja de desear el retorno a casa. Albucio decía: “Los hombres son las abejas. Regurgitan su vida en forma de relato para no permanecer atónitos en el silencio como los locos o los infelices. Cada vez que la noche regresa, restituyen, amasan, comparten y devoran los jugos que han devorado y el relato de su búsqueda.” Cayo Albucio Silo bebió leche de mujer durante todos los días de su vida. Una nodriza ordeñaba sus tetas encima de un tazón por las mañanas. Un día, ya anciano y enfermo, Albucio decidió mezclar la leche con veneno. Murió estrechando las manos de su nodriza.

 

Foto: Fresco erótico pompeyano. Museo Archeologico Nazionale (Nápoles)

 

Mis agradecimientos a la generosidad de Sebastián Gómez, quien me prestó Albucio. Pascal Quignard. Versal. Barcelona. 1991.

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