Revista Intemperie

Alcalde Alfonso

Por: Mario Valdovinos
alfonso alcalde

 

La obsesión por quemar todo lo escrito la encendió Franz Kafka, el judío tuberculoso, checo de habla alemana, el solterón y obsesivo escritor de historias espeluznantes, el narrador que cambió buena parte de la sensibilidad del siglo pasado. Un vanguardista que ignoró las vanguardias, un escritor psicoanalítico que soslayó el psicoanálisis y la figura de Freud, de quien poco supo y leyó. Queda claro que, al dejarle el encargo -todo un cacho- a su amigo y después de su muerte albacea y heredero literario, el escritor Max Brod, anidaba en Kafka el deseo de que le desobedeciera. ¿Por qué no emprendió él mismo la ígnea tarea? Fuerzas no le faltaban, salvo al final, a los 41 años, edad en que murió, en 1924, pues tuvo varias e intermitentes etapas de buena salud y hasta de humor, de alegría de vivir y de paz consigo mismo y el entorno, aunque sus abundantes cartas, en especial las dedicadas a sus prometidas, sean citadas con frecuencia en sus aspectos más culpógenos, paranoicos y depresivos. Hacía gimnasia, nadaba y asistía a burdeles.

Este reguero de papeles quemados alcanzó también a Chile. Hay dos casos: el de Luis Omar Cáceres, un poeta experimental de los años treinta, cercano a la órbita de La Mandrágora y al Creacionismo de Huidobro, más que a la generación de 1938, que le correspondía por fecha de nacimiento (Cauquenes 1904), preocupada casi exclusivamente de la cuestión social del país, víctima de la gran depresión de 1929 en Estados Unidos, pérdida del comercio del salitre, inestabilidad política, cifras de decrecimiento económico, cesantía alarmante y un nivel de analfabetismo y ausencia de atención hospitalaria que daban pavor. Cáceres quemó en el patio del conventillo donde vivía buena parte de Defensa del ídolo (1934), su único libro, debut y epílogo. Por azar se salvaron ejemplares que había entregado a amigos y amadas y hoy existe una edición de Editorial Lom (1996).

El otro, es otro olvidado en la poesía chilena y no solo en la poesía, ya que cultivó prácticamente todos los géneros, teatro, novela, cuento, ensayo, crónicas, reportajes periodísticos: Alfonso Alcalde, habitante de la zona de Concepción, de la que son oriundos Patricio Manns y el pintor Julio Escámez, muy semejantes todos en el amplio registro creativo. Alcalde debutó en la poesía con Balada para la ciudad muerta que llegó a las prensas con un poema/prólogo/dedicatoria de Pablo Neruda, en el que el vate legendario lo saluda y auspicia en la tarea de dedicarse a la literatura:

Tú Alfonso, de las ciudades marinas traes/ humo y lluvia en tus manos/ y sabes tejer el hilo fresco y frío/ de la profundidad matutina.

Así salió el libro a caminar por el mundo, impreso por Nascimento en 1947, con ilustraciones de Julio Escámez. Pero el poeta Alfonso se arrepintió de sus versos iniciales y quemó buena parte del tiraje. Enterado Neruda, por los integrantes de la corte de chupamedias que le llevaba y traía recados, condenó el acto crematorio de Alcalde, señalando que era la misma actitud de los hitlerianos y de los regímenes tontalitarios. Tal vez sin entender que el gesto del pirómano no estaba dirigido a ofender el ego del vate, ya por esos años bastante crecido, sino devolver al fuego lo que de allí había salido. Neruda le cerró la puerta para siempre, pues era de amores y odios eternos, siendo su respuesta un impenetrable silencio, como también hizo con De Rokha -que se estrelló toda su azarosa vida contra ese muro-, y los caminos de Pablo y Alfonso no volvieron a cruzarse.

Pero la tarea de Alcalde continuó y sería extensa, más de treinta libros publicados: literatura para niños, Las aventuras de Salustio y el Trubico; biografías, sobre Marilyn Monroe, Salvador Allende, Violeta Parra, Don Francisco; obras teatrales, un episodio de Tres noches de un sábado (Paraíso para uno), gran éxito del grupo teatral Ictus durante la dictadura y La consagración de la pobreza, de Andrés Pérez, en 1996, versión teatral sobre relatos de Alcalde; reportajes: la tragedia del avión de rugbistas uruguayos que cayó en los años setenta en la cordillera, numerosos cuentos realistas, de contenidos y personajes populares, una picaresca de la miseria chilena, pletórica de artistas de circos atorrantes, con las carpas agujereadas por la pobreza, con leones llenos de parches y remiendos, desdentados y aburridos, con aurigas que transportan cadáveres volátiles, un inolvidable relato donde una mujer obsesionada por el deseo de que la entierren con un par de zapatos nuevos, los que nunca tuvo en su vida de mujer descalza, en el cuento ‘Zapatos para Estuvigia’. Una picaresca turbulenta y deslumbrante a la que Alcalde le dio expresión, rostro y, sobre todo, cuerpo y pies para que sus integrantes siguieran errando por una tierra ajena. Tras esa partida lírica falsa publicó libros de poesía notables, entre ellos planeó una obra magna que concibió en varios tomos, llegando a consumar solo el primero, El panorama ante nosotros (Nascimento 1969). Son más de trescientas páginas y diecisiete cantos, como corresponde a una ópera magna, de dimensiones telúricas, oceánicas y épicas, al modo del Canto General de Neruda y La Vida Nueva de Raúl Zurita. El canto siete lo forman las Variaciones sobre el tema del amor y de la muerte, publicado después en forma autónoma, un oratorio sobre estos dos infortunios, donde, a la manera de los cancioneros cortesanos del Renacimiento, reflexiona e impreca sobre el caos que el amor y la muerte suscitan en el alma y en el corazón humanos.

Declaró en su poema ‘Autorretrato número 1’ que no calzaba en su espejo por ser un incongruente, el que con una mano escribía y con la otra borraba lo escrito. Nació en Punta Arenas y vivía en la caleta de Coliumo, de vuelta de su exilio provocado por la dictadura. Padecía de glaucoma y se estaba quedando ciego; él, que había buscado la luz, se apagaba, sus ingresos económicos eran inexistentes; el gobierno de Aylwin le concedió una pensión de gracia, pero el poeta no alcanzó a enterarse, pues había tomado la decisión de partir. Habitaba una cabaña de pescador, cerca del mar que amaba y al que solía observar horas para entenderlo, con la misma vehemencia que perseguía a una de sus amadas leyéndole a gritos, mientras ella huía, sus torrenciales versos, perfumados de algas resecas y del viento marino. Se colgó de la viga maestra, antes prefiguró en su poema El ahorcado de El panorama ante nosotros:

 

Hoy un hombre se subió a un árbol

Y el árbol bajó por el hombre

Él ascendió por los frutos

Las hojas bajaron por sus ojos

El hombre levantó las ramas

La sombra quedó colgando

En un atado de pájaros.

 

Y se despeñó entre los colchones, los acantilados y el mar.

 

Foto: (detalle) latercera.com

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