Revista Intemperie

Terrorismo, fundamentalismo y sinsentido

Por: Pablo Torche
orlando

 

Algo está haciendo agua en la cultura occidental si un joven ciudadano del país más poderoso del mundo, entra en una discotheque gay y asesina a mansalva a 50 personas. Por supuesto no pretendo saber qué es, pero al menos quisiera intentar algunas reflexiones.

La primera ha sido constatada por Peter Bergen en su libro La yihad en Estados Unidos: desde el ataque a las Torres Gemelas, todos los atentados terroristas han sido cometidos por ciudadanos o residentes legales en ese país. Este sólo dato ya echa por tierra en buena medida las propuestas discriminatorias y populistas de Trump, orientadas a prohibir el ingreso de musulmanes para mejorar las condiciones de seguridad.

la yihad en estados unidos

Pero emerge entonces una pregunta ¿Por qué los propios ciudadanos norteamericanos, que participan de la sociedad y en muchos casos han sido educados en el sistema estadounidense, derivan hacia el radicalismo islámico de corte terrorista? La génesis de ese odio y violencia tiene que estar –a lo menos en parte–, en un vacío cultural muy grande, que no vemos, o que nos negamos a ver, por el cual se cuela el fundamentalismo violento.

El primer componente de este vacío es el obvio: la supuesta integración multicultural que los países occidentales reclaman, de la que incluso se vanaglorian, es en buena medida una fantasía o, más precisamente, una racionalización, un mero discurso. En la realidad, la convergencia de distintas nacionalidades, culturas y religiones en los países desarrollados ha sido guiada principalmente por criterios económicos, de conveniencia para el capital, pero ha tenido un escaso correlato cultural. Muchas veces los inmigrantes, y las minorías étnicas y religiosas, se integran a través de empleos precarios e informales, en condiciones de cuasi explotación, lo que va acompañado naturalmente, por condiciones de gran segregación en el plano social y cultural.

En vez de integrase verdaderamente, pasan más bien a engrosar la capa de excluidos y marginalizados que las sociedades capitalistas parecen generar de manera inevitable. Sobre ellos el discurso de la integración multicultural, de la tolerancia y la libertad religiosa cae como un frágil manto de palabras vacías, incluso contradictorias.

Las sociedades occidentales caen así en una paradoja: por un lado se revisten (nos revestimos), de palabras políticamente correctas de integración cultural, pero en la práctica, aplicamos con los inmigrantes y las minorías los mismos procedimientos de exclusión y marginación que parecen intrínsecos de nuestra configuración social.

Es en esta paradoja (en esta brecha o vacío), que discursos populistas como el de Donald Trump florecen tan rápidamente: si en la realidad no propiciamos una verdadera integración social y cultural, el discurso de puertas abiertas y multiculturalismo resulta poco convincente para grandes masas de la población que, en su vida cotidiana, ven una sociedad que crece más bien en compartimentos estancos, separadas por fosos o muros que fácilmente propician el temor o el odio.

El segundo componente de este vacío es más abstracto, más difícil. Tiene que ver con algo que va más allá de la mera exclusión económica o social. Es cierto que los jóvenes terroristas pueden surgir en entornos de marginalidad, pero este mero componente no es suficiente, por supuesto, para explicar la deriva al fundamentalismo terrorista. Hay millones de jóvenes excluidos, que nunca se sienten tentados por este tipo de radicalismo y, por otro lado, hay también terroristas que no han surgido de una situación de marginalidad tan marcada.

¿Qué es, pues, lo que los distingue, lo que los empuja por este camino? Un estudio realizado por la Asociación Norteamericana de Psiquiatría concluyó que lo que caracteriza las historias de estos sujetos es una crisis de sentido, una sensación de angustia existencial y espiritual. Entramos pues en el terreno delicado, y a veces escabroso de la espiritualidad, un terreno para el cual nuestra hiper-racionalizada cultura occidental no parece preparada.

Pero resulta necesario asumir que, a la base del radicalismo islámico hay sin duda un proceso de carácter espiritual, quizás directamente algún tipo de conversión. Esta es la experiencia que relata, por ejemplo, Morten Storm, un joven danés devenido terrorista islámico y luego contra-agente, que después escribió sus espeluznantes memorias. Crecido en un ambiente marginal y semi-delincuencial de Dinamarca, en un momento tuvo una verdadera “revelación religiosa” en una biblioteca pública, que lo condujo finalmente al Islam radicalizado.

mi vida en al qaeda

La atracción aparentemente incomprensible que ejerce el fundamentalismo islámico en algunos jóvenes (en miles de jóvenes occidentales que se han unido al estado islámico, por ejemplo), no consiste únicamente en un problema racional, sino esencialmente meta-racional, espiritual. Quizás por esto las políticas y los discursos occidentales fracasan tan estrepitosamente.

En algún momento estos jóvenes, desarrollados y educados en occidente, no encuentran los referentes de sentido y el fundamento espiritual para desenvolverse en nuestras sociedades supuestamente libres, diversas y tolerantes. Es su propia condición humana la que entra en crisis entonces, abriendo un vacío que no consiguen manejar, para el cual no encuentran respuestas. El fundamentalismo religioso se cuela precisamente por esos vacíos para los cuales nuestra cultura no tiene respuestas. La aplicación extrema de una norma o precepto, el odio radical a lo diferente (homofobia, u odio religioso, o de raza, o cultural), tiene una virtud: entrega una causa, un fundamento incuestionable sobre el cual reposar. De una forma perversa y enferma, entrega un sentido. La radicalidad y el extremismo no es entonces el precio que hay que pagar por adscribir a esta doctrina, sino precisamente el beneficio buscado. Mientras más radical es el compromiso que exige una carta, más efectiva resulta como fuente de sentido.

No pretendo tener respuestas (no creo que nadie las tenga), pero me parece que el terrorismo fundamentalista nos confronta precisamente con esas áreas vacías de nuestras orgullosas y acaudaladas sociedades, con aquellas fisuras que no conseguimos llenar, que no queremos mirar, y por las cuales se cuela lo incomprensible y el sinsentido.

 

Foto: theguardian.com

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