Revista Intemperie

Periodismo de papel couché

Por: Felipe Salas
hipsterismo

 

Estuve toda la mañana haciéndole likes a más y más minas en Tinder, a ver si prendía alguna con la cual vengarme de la muy grande mariconada que me hizo la Antonia.

Al final el turco Mauro me empezó a huevear, de que hiciera algo productivo.

‘Al menos no estoy todo el día haciéndoles likes en Facebook a todas las estupideces que postean mis amigos.’

‘Al menos tengo amigos en Facebook’ me respondió, como si fuera muy ingenioso, ‘y no soy un loser amargado’

‘Si consideras que tus contactos en Facebook son tus amigos, bien por ti’

‘Mejor que considerar que estás menos solo porque una mina te dio un like en Tinder’

Esta edificante conversación tuvo su término con la llamada urgente a la reunión de pauta. Siempre todo es urgente, siempre todo tiene que estar para ayer, con mucha tensión y con mucho estrés, como que si no es así, no es verdadero periodismo.

Por supuesto ya estaban todos sentados a la mesa, un muestrario perfecto del hipsterismo nacional. Javier estaba parado adelante, con las mangas arremangadas y gesticulado, como si estuviéramos cubriendo la Tercera Guerra Mundial. Que tenemos que marcar tendencia, transformarnos en líderes de opinión, influir. No hay nada que lo excite más que “influir”. ¿Influir a quién? En la tropa de niñitos –o no tan niñitos– pop que leen la revista y viven pensando cómo cagarse aún más a la sociedad, con tal de subir a la nieve por tres meses al año.

Los temas que salieron en la ronda fueron:

– Equinoterapia.

– Nuevos cursos de cata de vino.

– Entrevista a uno de esos poetas misóginos que viven fuera de Santiago y no sé por qué les gustan a las minas.

– Entrevista a director de película hípster de moda.

– Moda: Back to black (qué original).

– La farándula por dentro / La vida “privada” de la farándula (una idea estúpida, o mejor dicho fantasiosa, que se le ocurrió a la Elisa).

– Actor de teleserie tiene grupo musical (esa mató).

– Irse de Santiago: nueva moda.

– Tendencia: sexo en la naturaleza (siempre hay algo cachondo de ese tipo).

– Chilenos en Williamsburg.

Cuando llegó mi turno dije (como si justo me hubieran dado ganas de hablar, no porque me tocara a mí), “¿Por qué no hacemos algo con esos restoranes hípster de comida típica chilena que se han puesto de moda?”

¡Ay!,saltó la Maca, como si la hubieran pinchado, ¡Me encanta!

¿Qué hay ahí Pipo? preguntó el Turco, dándome el pase.

Es la misma mierda de comida chilena que hemos comido siempre, pero ahora en formato hípster, te cobran el doble. Como que está de moda comer arroyado, longanizas, porotos con rienda, todas esas cosas.

No lo veo, señaló Javier. Tenemos dos notas de comida esta semana.

Alguien preguntó “¿Cuáles dos?” Aparentemente nadie tenía idea. La Maca seguía comentando con la Elisa acerca de no sé qué local de comida chilena que era increíble.

Yo creo que están buenos, dijo Ramiro, un gordito arribista, excitado con todo lo que tenga un olor a clase alta.

‘No es un artículo sobre comida’ aclaré, es sobre el uso de la identidad chilena. Cómo hacer de la identidad chilena algo cool, para poner de moda un sitio, y vender más. Una tendencia.

La palabra “tendencia”, le toca la fibra más íntima a Javier.

‘Si fuera en Tendencias tendríamos que hacer algo positivo’ me dijo, mirándome de lado, un look medio gay que le sale de repente.

¿Si no no va a influir? , le pregunté.

‘Descartado, Perut’ dictaminó de repente. Otro tema.

No tenía la más reputa idea de qué otro tema proponer. Lo último que quería era ir a entrevistar otro “emprendedor” joven, “diseñador” emergente, amigas que instalaron una tienda: “Ángeles y Colomba siempre se quejaron de que no había suficiente ropa ecológica. Hasta que un día decidieron tomar el toro por las astas. Recolectaron fondos con amigos y familiares, compraron telas especiales y se pusieron a diseñar. Les fue tan bien, que ya cuentan con una tienda en Las Condes y están a punto de abrir otra en Vitacura. Esto, además de las ventas on line, que es su canal más activo, cuentan”. ¿Para eso estudié periodismo?

‘Oye, la otra vez fui al mall con una amiga que está embarazada’ dijo la Maca, ‘y cachamos que siempre hay tipos que ocupan los estacionamientos de embarazadas. ¿Y si hacemos unos breves como de denuncia, con los tipos aprovechadores?’

Creo que no podría haber pensado una idea más hueona que esa, ni aunque me hubiese ido a una isla desierta durante tres días a pensar sobre el tema.

‘Mmmm’ hizo Javier, con otro gesto gay que tiene, como de vieja que no le gusta el té. ‘Puede ser, algo simple. No lo encorsetaría en denuncia, más bien en algo tipo sentido público: “Hagamos amable la ciudad en que vivimos.”

Maca lo observa con los labios entreabiertos, como si estuviera diciendo la cosa más inteligente del mundo. Rica. Anda con una blusita de seda transparente, y un collarcito como de cristal que le cae entre las tetas. Su meta es ser como Zooey Deschanel. No es que lo piense así en secreto, una vez me lo dijo, me dijo directamente “Me gustaría parecerme a Zooey Deschanel, es mi ídola”. Yo le dije “¿No te gustaría parecerte a Clara Delevigne?” Me quedó mirando. Al principio pensé que se había enojado, pero luego me di cuenta que estaba pensándolo. No me acuerdo qué me respondió. Parece que me dijo que no, porque era bisexual.

No sé cómo mierda, la idea de los estacionamientos de embarazadas prendió en el grupo, hasta que Javier dijo “Lo visualizo, algo ameno, breve, pero dejando de lado el tono de denuncia”. Javier siempre “visualiza” los artículos.

 

*

 

Para arreglar el día, por lo menos me resultó la salida con la psicóloga con la que llevamos varios días conversando por Tinder. Se llama Lorena y en las fotos sale rica, como lanzada. La idea que tenía de ella a través del chat es que era una mina divertida, quizás un poco loca y, sobre todo, sin muchas trancas como para pasar a la acción. Nada más lejos de la realidad. De cuero no estaba tan mal, el problema era la personalidad: parecía una vieja en un cuerpo joven. Era de esas minas que terminan cada frase con un ¿no? A veces peor aún, un ¿no cierto? “Bueno, es importante no exigirse demasiado ¿no cierto?” “Hay que aprender a controlar las expectativas, ¿no?” Parecía estar dándome consejos todo el rato. Tenía una verdadera compulsión a dar consejos.

La conversación era tan aburrida, que me empezó literalmente a dar sueño. Además, era obvio que no íbamos a tener sexo, con lo que mi interés decayó aún más. Me estaba quedando dormido sobre la mesa cuando pedimos la cuenta por fin. Cuando estuvimos en la calle se le ocurrió que quería caminar de vuelta a casa. “No, no, tomemos un taxi mejor”, le insistí. “No, caminemos, verás que es agradable a esta hora” me dijo, y me tomó la mano. Claro que después me la soltó.

Mientras caminábamos por Vespucio me decía cosas del tipo “Mira que distinto se ve el verde del pasto de noche”, o “Esta es la hora en que mejor se ve el cielo, me gustan los colores que toma”. Faltaba que me dijera “Mira como las estrellas brillan en el firmamento” para que me hiciera vomitar definitivamente. Cuando llegamos a su edificio estaba tan deprimido que lo único que hacía era pensar aún más en la Antonia. Estoy en esa etapa en que uno se olvida de todos los problemas que tenía la relación, y se acuerda sólo de los momentos agradables, sin descontar, por supuesto, los sexuales. Esos momentos en que uno está dispuesto a perdonar todo, en que siente que todo se puede arreglar de un plumazo.

Cuando llegamos frente a su edificio, hizo como que iba a despedirse cuando, de la nada, me toma una mano y me da un beso en la boca. Me quedé para adentro. “¿No quieres pasar un rato?” me dijo después, como compungida. A esas alturas, no tenía las más mínimas ganas de tener nada con ella, pero de todas formas medité sobre el asunto. ¿Me convenía aprovechar el momento con pequeña van Gogh, para tratar de sacarme por fin el clavo de la Antonia? Sin duda la respuesta era sí, pero no sé por qué chucha decidí que no. Me quedé mirándola por unos instantes (no era nada de fea, tenía lindos ojos, aunque en una cara como de ardilla), y le dije que estaba demasiado cansado esa noche, que quizás otro día. Ni siquiera me dio oportunidad de arrepentirme, dijo “Bien, claro que se entiende, ¿no?”, y se dio media vuelta para ir a meterse en su edificio.

No bien me hube quedado solo frente al parque, me saqué el celular del bolsillo y busqué el número de la Antonia. Después de haber rechazado un encuentro sexual, me sentía más seguro para reestablecer contacto con ella, dispuesto a todo. Así que, sin pensarlo dos veces, la llamé. Nada. Como para encubrir el tremendo error que acababa de cometer, la llamé al tiro de nuevo. Obviamente, de nuevo no me contestó. Enseguida me arrepentí profundamente. Al día siguiente tendría que darle explicaciones de por qué la había llamado a la una de la mañana. ¿Qué le iba a decir? ¿Que una mina que había conocido en Tinder me había ofrecido pasar a su departamento y que la había rechazado a causa de ella? Patético.

Estaba tan enojado conmigo mismo que casi me tuve que sentar en la cuneta. Enseguida me vinieron ganas de llorar, así, sin más, perdonen si lo digo tan directamente, me tuve que aguantar. En medio de este mar de frustración, poco a poco una imagen comenzó a abrirse paso en mi mente: ¿Y si todavía no era demasiado tarde para intentar algo con Lorena? Me la imaginé debajo de mí, con las pechugas (que era, lejos, lo mejor que tenía) remeciéndose salvajemente ante mis impulsos. No era una mala expectativa, de hecho, no entendía cómo la había desechado tal livianamente unos momentos atrás.

Acto seguido me di la vuelta. Frente a la fachada de su edificio, dudé de nuevo. El portero me miraba con cara sospechosa. Decidí llamarla por celular. Para mi sorpresa, me contestó. Sonaba muy despierta. “Oye, perdona, fui un tonto recién, me puse nervioso. Pero en verdad me di cuenta que no estoy tan cansado”. Patético.

“Jajaja”, me dijo por respuesta, y luego nos pusimos a conversar, como si fueran las 6 de la tarde. Me demoré como diez minutos en decirle que todavía estaba abajo de su edificio y si podía subir ahora.

“Jajaja” me dijo de nuevo. “No, ya estoy acostada, créeme que no te gustaría verme ahora”. Después de este misterioso comentario, siguió hablando alegremente.

Como a la media hora conseguí cortar. Ahora tenía cero sueño, una erección, y más frustración que antes. Me fui a buscar un lugar donde tomar cerca de Escuela Militar. No tenía las más mínimas ganas de llegar a mi casa. No había ni un puto bar, menos uno abierto. “Mira cómo se ve el verde del pasto en la noche…” me acordé.

Terminé metido en el bar sórdido cerca de Plaza Italia donde voy a tomar solo cada vez que no tengo nada que hacer. Se supone que debería conocer a los parroquianos y tener alguien con quien hablar, pero en realidad todo lo que consigo cuando estoy ahí es intercambiar un par de frases con el dueño, Roberto, un tipo que viene de vuelta.

Gracias a Dios me encontré con un amigo que había conocido en la Universidad, es decir, me lo había topado en un par de carretes. Creo que al principio ni me reconoció, pero le metí conversa de todas maneras. Era como conversar con un extraño, pero mejor que nada. De todas formas, “nos pusimos al día”. Se había instalado con una importadora de ropa, había quebrado, con un café, había quebrado. Ahora estaba pensando poner un gimnasio. ¡Un gimnasio! ¿Cómo chucha alguien pone un gimnasio, cómo se hace eso? Los Pacific son una mierda, dijo, y les va bien. En eso estuve de acuerdo.

Estaba conversando con otro tipo, un viejo, de esos que andan con la camisa abierta, y una cadena dorada colgando en el “pelo en pecho”. Empezó a contar de una “indiecita” que se estaba cogiendo. Rodrigo –mi “amigo”–, que es rubio y de ojos verdes, le celebraba todos los chistes, una cuestión medio nazi, llegaba a dar susto. Después, el viejo la agarró conmigo, que por qué estaba tan solo, que dejara de masturbarme, que me agarrara alguna mina. Me pilló volando bajo, y mientras más incómodo me veía, más me molestaba. Cuando me acordaba que al día siguiente tendría que ir a cubrir los tipos que se aprovechan de los estacionamientos de embarazadas, me terminaba la piscola que me estaba tomando y me pedía otra.

Al final, el viejo de la cadenita de oro optó por darnos consejos sexuales. “¿Saben cómo dejar enganchada una mina?” Su técnica era la siguiente: Tirarse a la mina aparentando que uno era muy inexperto, muy tímido, que no sabía qué hacer. Cuando la mina se relajara, y tratara poco menos de enseñarte, uno se activaba y se la tiraba en todas las posiciones posibles, muy fuerte, hasta que la mina no diera más. Nunca fallaba, la mina se volvía completamente dependiente de uno, dijo.

Después de esto se puso de pie y tiró unos dólares sobre la mesa. “Todavía me quedan, lo siento” le dijo a Roberto “pero es la moneda más poderosa del mundo, así que no te quejes”. “Buena madrugada para ustedes” nos dijo después, y luego, a mí particularmente “Y acuérdate de lo que te dije, no falla”. “Y tú tampoco” le dije, por decir algo. “Si yo no me olvido, por eso las tengo a todas aquí”, hizo un gesto con la mano, y despareció en la noche.

 

Foto: theguardian.com

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