Revista Intemperie

Cristo de nuevo crucificado

Por: Andrés Olave
iglesia de la gratitud nacional

 

La visión no puede ser más oscura: la efigie de Cristo es sacada en andas de la Iglesia de la Gratitud Nacional por un grupo de encapuchados y a continuación es tirada contra el piso y destruida con palos y patadas. Los medios nacionales no pueden hacer otra cosa que escandalizarse en lo más profundo y condenar a un grupo de individuos que sin duda han cometido una trasgresión de grueso calibre. Por lo menos hay unos cuantos detenidos que seguramente serán castigados como corresponde por los tribunales. ¿Es este el final feliz de la historia?

Me parece que hay una imprecisión en pensar estos acontecimientos como hechos puntuales. El pensar la violencia como una alteridad, como una característica inherente de estos guetos o grupos -como los famosos encapuchados. Creo que estos grupos en realidad se limitan a hacer visible una violencia que atraviesa todos los niveles de nuestra sociedad. Son los eslabones finales, los encargados de exhibir públicamente un fenómeno que la mayor parte del tiempo proviene de otro lado. Pensemos en la manifestación de ayer y que acaso su verdadero origen sean esos señores que con miras a mejorar sus márgenes de rentabilidad años atrás optaron conscientemente por un alza desmesurada de los aranceles universitarios. En ese sentido, ante cualquier hecho de violencia, como el del Cristo destruido de ayer, no hay que primero indignarse o molestarse con los encapuchados. Es mejor preguntarse: ¿de donde proviene la violencia que esta gente trae consigo?

Es en el ejercicio de imaginar al otro, de intuir las causas más probables de sus actos, donde fallamos todos los días. En cada acto delictual vemos un ejecutor que es al mismo tiempo un culpable (y la ley ampara esa creencia), sin ser capaces de comprender que no es la simple maldad, como los noticiarios nos repiten constantemente, lo que mueve a los delincuentes o vándalos, sino que la mayor parte del tiempo es la carencia.

Un profesor de derecho procesal una vez nos contó que manejando un día le tocó pasar cerca de una población y alguien le mandó un piedrazo que por poco le revienta el parabrisas. Dijo que en primera instancia se sintió indignado, furioso, pero ya en su casa empezó a tranquilizarse. Pensó que acaso el que le había tirado la piedra no había tenido en su vida los privilegios que él tuvo desde la más tierna infancia. Pensó también: si en vez de nacer donde me tocó, nazco en esa población, a lo mejor hubiera sido yo mismo el que tiro la piedra. Borges decía: “un hombre es a la larga sus circunstancias”.

No es que uno quiera caer en el reduccionismo y diga que todo es culpa de los empresarios. Es más bien decir que la violencia y el mal están en todas partes. Más aún si lo que habitamos es una sociedad tipo Titanic del sálvese el que pueda, donde la ganancia de cada uno suele ir asociada a la perdida de otro. Es la competitividad que nos va volviendo cada vez más despiadados, el desarrollo de un orden asimétrico, y que implica que debiéramos acostumbrarnos a los exabruptos de los que han salido menos favorecidos en el juego desplegado, aquellos que visibilizan la violencia que, al parecer, es el pan nuestro de cada día.

 

Foto: eldinamo.cl

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