Revista Intemperie

Dos trincheras para la literatura femenina

Por: Gastón Carrasco
balada y pasar

 

En un panorama de cierta proliferación de autores y publicaciones, así como también de editoriales independientes (unas más independientes que otras) parece necesario bajarse del vagón y mirar un poco el desplazamiento de la maquinaria. Llama la atención que, en un contexto histórico aparentemente abierto a discusiones complejas de orden social, político y moral, el ambiente de la creación literaria siga manteniendo ese halo de orden patriarcal que, tempranamente, Mistral supo identificar y del cual no tuvo más opción que huir.

Ardua tarea tuvieron poetas como Soledad Fariña, Elvira Hernández o Carmen Berenguer para lograr hacerse de un espacio en el campo cultural de los años ochenta, y participar del legado urdido por hebras de mujeres que, si bien lograron conquistar un ámbito, tuvieron que ganárselo a pulso, en contra de un sistema cerrado, dominado por hombres, que muchas a veces se decían simpatizantes de los movimientos feministas pero que en su fuero interno eran poco conscientes de sus propias limitaciones machistas.

En Chile hace años la literatura la escriben hombres de izquierda. Hombres de izquierda que muchas veces son más conservadores que cualquier liberal o conservador simpatizante del orden capitalista de las cosas. Para muchos amigos e incluso familiares, fue la izquierda la primera en discriminarlos por su condición sexual o directamente por su género. La izquierda clásica, del antiguo orden, es abiertamente machista y burguesa, poco abierta al diálogo y a la reflexión, incluso a la imaginación. Por parafrasear algo, “qué mal le han hecho los de izquierda a la izquierda chilena.”

Reviso rápidamente el catálogo de algunas editoriales independientes y leo, sin tanto asombro, que las poetas que suelo ver en lanzamientos, lecturas o encuentros no están ahí, disponibles para ser leídas. Independiente a la calidad de sus proyectos y propuestas, el hecho es que no están ahí, participando de la “fiesta” de las publicaciones y la independencia cultural respecto a las editoriales transnacionales que, me parece, es la única independencia de la cual se habla (lo cual ya es parte de otro debate).

Probablemente al hablar de narrativa el panorama cambie un poco. Desde hace un par de años hay una suerte de ajusticiamiento al situar a varias voces femeninas en la palestra, algunas con más justicia que otras, y hacerlas visibles para los lectores (otro debate posible).

En el caso de la poesía, un circo siempre más pobre que el de la narrativa, celebro los ovarios (por no decir cojones) de mujeres como Gladys González, Priscilla Cajales o Julieta Marchant que se han puesto la camiseta en el mundo editorial para levantar propuestas escriturales femeninas, así como los catálogos de Edícola, Hebra, Balmaceda o Das Kapital que tienen entre sus filas a poetas mujeres en la posición titular, y no en la banca. Esa actitud desafiante, inconformista, es la que se necesita para seguir luchando, incluso en el siglo XXI, para el panorama sea un poquito más equitativo y la igualdad no siga siendo parte de la impostación y el discurso políticamente correcto sino de la realidad.

La publicación reciente de libros como Este pasar de cosas (Edícola, 2015) de Angélica Panes o Balada del Señor Cuervo (Overol, 2016) de Greta Montero nos permiten reposicionar un discurso femenino siempre silenciado o desplazado. Estos libros, que emparento con Río herido (Perro negro 2013) de Daniela Catrileo o Una mujer sola siempre llama la atención en un pueblo (Das Kapital 2014) de Natalia Figueroa, nos aproximan a dos formas de concebir la fortaleza femenina y el valor afectivo de una comunidad de mujeres (como las comunidades masculinas alternativas de Manuel Rojas) que se resisten al ordenamiento de la estructura central de poder (siempre masculino, por cierto).

En Este pasar de cosas, Angélica Panes consolida una voz que ya anunciaba en Barro (H)otel (Cuadernos de poesía, Biblioteca de Santiago, 2014) y en Barro (Balmaceda 2014). En un tono a veces imparcial –“documental” advierte Verónica Jiménez en la contratapa–, y a veces afectivo, logra registrar el margen cotidiano de las cosas: “como un animal tendido ante la puerta de la casa”. Al contrario de una cámara haciendo travelling, el ojo de Panes describe minuciosamente el mundo mientras pasa frente a ella. El hablante se “amansa” en esa especie de embrutecimiento que señala Beauvoir, pero sigue atento al más mínimo rasguño de la realidad.

Panes tiene la capacidad de transmitir la sensorialidad del mundo que pasa y ver de qué manera este hace color en la piel: “La sensación de que todo se está amoratando”, “puro magullón amoratando las escenas.”. El cuerpo acusa los dolores de un mundo en donde nadie se sorprende:

 

ojalá mañana tampoco fueras a trabajar. El verso

repercute como un disparo en las afueras de la casa

barrios con sombras que se mueven a la noche

ráfagas a lo lejos que parecen ser la música de fondo

maquinal, ya nadie se sorprende, de la mano la niña.

 

La violencia cotidiana se interna en los versos, cuya música de fondo dejó de ser percibida por esa hilera de abuelas sentadas en la vereda, o en los puños apretados de los hombres que guardan en el bolsillo, como una consigna olvidada y a veces presente en los muros gastados y rayados. Seguramente ir de la mano de esa niña aliviana en algo el viaje, como si la niña en realidad es quien llevase de la mano a la madre.

En este poemario las imágenes que reclaman su sitio, las mujeres reclaman su sitio, en una escritura a medio terminar, con poco tiempo para el descanso o la detención, aunque no por eso desatenta a las sensaciones, las manchas del mundo, a los enigmas caseros por resolver, mientras se da tiempo para repensar el lugar de las paredes, el lugar del cuarto propio quizá:

 

mientras la hija corretea

por entre las matas

escribir estas últimas líneas

antes de poner a calentar el agua

 

Por su lado, Greta Montero, en un tono más bien confidencial, privado, nos permite asistir al proceso de formación personal de dos hermanas, unidas en la lectura y en los cambios propios de la edad y la concientización del mundo. Ante un círculo familiar represor, internalización de un sistema mayor, logra intrincar los paisajes del cautivo mar del Golfo de Arauco, la Inglaterra victoriana y su literatura, junto con otras tantas referencias propias de una infancia creadora de historias, fantasmas y amigas imaginarias que ayudan a sopesar el peso de un Señor Cuervo que merodea el Coronel empobrecido.

El relato de las hermanas establece una suerte de principio ético inicial, de compañerismo en cierto sentido, que es capaz de supervivir al acontecer que aqueja sus vidas. Un pacto, si se quiere. Luego de este piso o afirmación, se adquiere la conciencia de los nombres y la pregunta importante, definitiva, por el lugar propio:

 

¿Estamos en los ojos

Ardientes

del grisú

simultáneamente

en la mirada

hacia dentro y hacia

afuera

de la piedra negra

de espelunca?

 

No sé sabe si están vivas o no, en el sur de Chile o en las Antillas, dentro de un libro de Emily o Charlotte Bronte o de otra novela decimonónica. Aunque sí se saben atrapadas, un poco hundidas y abandonadas, ciertamente provincianas, “de lengua viperina”, siempre sujetas al engaño de vivir en las novelas leídas.

Mientras las hermanas se leen historias, o recuerdan ese hecho, surge la voz de ese Cuervo cuyos ojos tienen la apariencia de un demonio que está soñando (Poe). La afirmación rotunda de un yo que arremete en contra, y enturbia la ensoñación de las “niñas”:

 

Yo fui el terrorista

encarcelado

por el fiscal de los okupas, el excomunista

arrepentido

de Marx

La realidad irrumpe de manera violenta y definitiva:

Yo fui el señor Rochester, el fantasma sin ojos

de los juegos literarios de las señoritas Bell… el femicida señor de las aguas de dos mundos…”

 

La aparente nostalgia inicial, lárica incluso, se ve trocada por la irrupción de un presente que tiñe de rojo el recuerdo. Lo discursivo toma lugar por sobre el relato, perdiendo abruptamente la atmósfera y el equilibrio formado páginas antes. Los personajes y fechas aludidos por el Señor Cuervo transforman esta bala en proclama o sonsonete de protesta, desarticulada y compulsiva, al ritmo de la presión y convulsión del aire enrarecido por gases lacrimógenos.

El apartado final “Nuestros nombres fueron cubiertos y reescritos sobre el cuerpo de alguno de estos poemas” suaviza en algo la irrupción de tan nefasto personaje y retoma el tranco de las otras partes del libro, engarzando un interesante discurso biográfico-literario, o biográfico-lector situado en el Golfo de Arauco, “el peor lugar del mundo”, espacio donde se instala el temor y la sospecha, la decadencia y la impostación de otros tiempos.

Podemos leer en este pasaje, de manera más clara y evidente, la apropiación del discurso de literatura para niñas que se instaló en algún tiempo, y la manera en que se subvierte desde (como se menciona en la contratapa), la “herida colonial”, desde la Lota empobrecida justamente por obra y gracia de las inversiones de país de las hermanas Bronte.

En definitiva, ambas propuestas logran situar, cada una desde su trinchera, una literatura femenina (no necesaria, ni exclusivamente feminista), capaz de articular un discurso interesante sobre el lugar de las mujeres hoy por hoy, en la sociedad, y particularmente en los círculos literarios, ambos espacios que gustan de fagocitar ideas en torno a la democracia e igualdad cuando son incapaces aún de implantarlos en sí mismos.

 

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