Revista Intemperie

La ciencia ficción y la fantástica historia de Chile

Por: Luis San Martín
hugo correa

 

En el relato “El veraneante” (Los títeres, 1969) del libro Cuentos reunidos, editado este año por Alfaguara, un sosias, alter ego o más precisamente un robot manejado a distancia por un hombre encerrado en prisión, camina meditabundo por la playa mientras sus glándulas olfativas artificiales perciben el aroma de las olas reventando en los roqueríos cercanos. De pronto, se encuentra con una bella y rubia mujer que intenta seducirlo a pesar de las incapacidades propias de alguien hecho de circuitos. El escenario, aunque innombrado, probablemente sea un balneario chileno del futuro donde el único rastro fuera de lo común es él. Es sin ninguna duda una historia de ciencia ficción.

hugo correa

Cuando Hugo Correa (Curepto, 1926) publicó este cuento por primera vez, Armstrong recién daba su primer paso en la luna y Spielberg todavía no saltaba a la fama. Más de una década antes salía a la luz su primera novela, Los altísimos (1951), distopía que de cierta manera le contó al mundo que en Chile sí había ciencia ficción, y con todos sus ingredientes: un planeta llamado Cronn que se desplaza a la velocidad de la luz por el espacio, un protagonista llamado Hernán Varela y rebautizado X que despierta aturdido en una clínica, una raza de gigantes que las hacen de dioses, mujeres condenadas a la infertilidad para enfrentar la explosión demográfica. Por mirar este último ejemplo, este tema —que echa mano a la filosofía y el desarrollo de la ética en sociedades imaginadas— es uno de los tantos que abordó en su obra y que ponían en evidencia las discusiones vigentes en la época, constituyéndose como un autor emergente proveniente de un país pequeño y lejano, pero atento.

Con el manejo del oficio, Correa lentamente se introducía en ese sacro conjunto de las vacas sagradas de este género tan esquivo y muchas veces desconsiderado por círculos académicos y literarios. Comentada y antologada en países como España, Holanda e Inglaterra, su obra también fue referida en su momento por Ray Bradbury en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, revista editada ni más ni menos que por Isaac Asimov. El chileno resultó ser una estrella de las letras que salió de la provincia del Valle Central y se unió a las que llevaban las riendas en la segunda mitad del siglo veinte.

desde jupiter

Obviando su importancia como prócer del género, alguien podría argüir que en realidad la primera novela de ciencia ficción chilena es Desde Júpiter (1877) de Saint Paul. En esta, los hipotéticos habitantes del planeta más grande del Sistema Solar, inteligencias superiores dadas a disquisiciones filosóficas, analizan y ponen a prueba a los habitantes de la Tierra, el objeto de estudio; su argumento se apoya en rodeos sobre la moral y las religiones en un mundo posible, una de las características más usuales de toda obra de ciencia ficción que se precie de serlo. Pero si de esos cuestionamientos se trata, ¿por qué no considerar también En la luna (1934), el hilarante guiñol de Vicente Huidobro? En esta pieza la vida social y política de los años treinta es el objeto de burla, y el lugar de los hechos el satélite natural donde todo sucede al revés, sustrayendo las hipocresías de las autoridades. Otro botón de muestra que refleja cómo los escritores estaban fijando su mirada en los avances científicos y tecnológicos a amplios niveles, más allá de que muchas obras eran susceptibles de situarse en esta nueva clasificación para gozo de las librerías.

Seríamos capaces de seguir enumerando obras que reforzaron el género en el siglo pasado. Sin embargo, la importancia del escritor nacido en el Maule tiene más bien que ver con cómo fue capaz de producir una literatura tan sofisticada a pesar del Chile de los años cincuenta. En aquella época las democracias mundiales eran más débiles y todavía nadie se acostumbraba a los avances de una vida ligada a los aparatos autónomos y la tecnología; de hecho, recién al final de la década se produjo la primera transmisión televisiva. Correa, por su parte, estaba sentado frente a su máquina de escribir anticipando una sociedad totalitaria cuyos integrantes desconocen la reificación a la que están sometidos debido a sus inventos “facilitadores”. No por nada tuvo fama de ser un hombre dinámico y multidisciplinario, que para hacer sus libros miraba tanto a los cómics como a la actualidad política y social en tanto columnista de varios periódicos de circulación nacional. El camino de su carrera redundó en su creación, donde hombres y mujeres tratan de sobrevivir auténticamente en mundos imaginados donde todas las esperanzas se han perdido, al más puro estilo de Bradbury en Fahrenheit 451, o donde las computadoras han tomado el control, como sucede con el afamado Multivac de Asimov.

Al contrario de la ciencia ficción, la fantasía no provoca lo mismo en los estantes rotulados de las librerías. La palabra “ciencia” puede producir muchas cosas, y entre ellas está el rechazo por su fama de ser compleja y “científica”, pero con la fantasía no sucede lo mismo. Quizás muchos no leyeron a Correa por esta razón. Así, en el otro flanco están las ventas que han alcanzado últimamente los libros Logia (2014) de Francisco Ortega e Historia secreta de Chile (2015) de Baradit —cuya portada lleva un Arturo Prat más parecido a un personaje de Dragon Ball Z que a un mártir—, que nos hablan de un público que se está interesando cada día más en estos bestseller que pueblan los mesones principales. Los relatos fantásticos, el misterio y la revisita de los acontecimientos históricos son las piedras angulares de esta tendencia.

La trama del primero, con un pulso de thriller que recuerda a Dan Brown, fundamentalmente subvierte la historia chilena y latinoamericana, presentándonos a la Logia Lautarina, institución que aboga por la independencia de las naciones ingentes. Su protagonista es Elías Miele, un novelista que decide resolver la muerte de un colega que ha sido asesinado por investigar dicha orden. De manera que en el argumento se entremezclan un Bernardo O’Higgins presuntamente homosexual y opuesto a la Iglesia católica, quien deseaba convertirse en monarca a toda costa, y José Miguel Carrera, renegado converso a la Iglesia evangélica, entre otros. Como un embrollo de creencias religiosas y proezas fundacionales muy lejos de la ciencia ficción y su riguroso enfoque, esta novela es flexible y juega con un axioma discutible pero suficiente para vender y ganar adeptos: todo lo que nos han contado en la sala de clases es falso. Entre símbolos ocultos y códigos por descifrar, Miele se mueve por un submundo aplastado por medias verdades que intenta desvelar, desmitificando próceres y hazañas. En este sentido, Ortega utiliza como material misterios ocultos de la historia de Chile siguiendo los pasos de varios autores que hicieron lo propio en la primera mitad del siglo veinte.

El libro de Baradit, por su parte, está categorizado en la no ficción. Como tal, pobló los primeros lugares de estos rankings durante meses, presentándose como la “biografía no autorizada de nuestro país”. Aquí se nos cuenta en anécdotas y episodios aleatorios cómo Arturo Prat se involucró con artes oscuras para llevar a cabo a heroísmos como ese abordaje decisivo del que todos hablan, o de qué modo Salvador Allende quiso instaurar un complejo sistema de comunicación digital (como el intranet de Synco) en los años setenta, cuando la era del Internet estaba lejos aún en lontananza. El escritor nacido en Valparaíso busca escudriñar, como lo hace Ortega, en los recovecos del pasado y sobre todo en las motivaciones y estrategias de políticos y empresarios responsables del estado actual de las cosas; eso dado a llamarse la desidia de las élites. El texto no sobrepasa las doscientas páginas, pero son suficientes para intentar dejar en claro, como Logia, que no todo lo que sucedió es historia oficial y que los vencedores acostumbran a moldear la historia a su favor para maquillar sus actos.

En estas creaciones hay un factor común claro: la fábula a partir de teorías de conspiración y un punto de mira que está en el pasado, no en el futuro, elemento teórico clave de la ciencia ficción. Por ello existen escondites que usualmente se están rellenando con este tipo de planteamientos, ahora en versión chilena y en forma de libros, que tras sucesos como el derrumbe de las Torres Gemelas comenzaron a tomar los medios y a mover a la opinión pública; los Illuminati estaban involucrados, Osama Bin Laden en realidad era amigo íntimo de George W. Bush, ¿el humo que salía de ellas formaba la cara del diablo?, por dar ejemplos más que conocidos de curiosidades transmitidas de boca en boca.

No todo lo que brilla es oro y no todo lo que cuentan es cierto, nos dicen estos géneros literarios y el trabajo de Hugo Correa. Ortega y Baradit, y tantos otros como Francisca Solar y Mike Wilson (sobre todo por su libro Zombie de 2009), son descendientes directos de una tradición que no empezó ayer. Bien se centre el argumento en la historia del hombre que vio a la Virgen en Villa Alemana gracias a la CNI, o en el doble filo de los avances tecnológicos como en los Cuentos reunidos de Hugo Correa, empero más susceptible al estudio académico que a ser un superventas, el cuestionamiento y la transformación de la realidad a través de la literatura está ahí. Mientras sigan existiendo esta clase de autores y se siga reeditando y haciendo resurgir a otros, el mercado editorial chileno estará saludable y tendrá de donde sacar. Por ahora, queda mucho por ver y decir.

 

Foto: mediorural.cl

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