Revista Intemperie

Los peligros de enseñar filosofía

Por: Arlette Cifuentes
filosofia

 

Escuchábamos con atención la disertación de una estudiante sobre Erasmo de Rotterdam y su obra Elogio de la locura, recalcando que aquellos individuos que permanecían en la estupidez eran más felices que aquellos que cultivaban la razón, cual canción de Los Prisioneros. Aquellas palabras que en algún momento calaron hondo en mis ideas, también alcanzaron a uno de los chiquillos de atrás que, cuando me disponía a iniciar mi clase que hablaba sobre “problemas morales” (vaya casualidad) levanta la mano y dice “Entonces qué saco con tener pensamiento crítico, mejor soy estúpido y así soy más feliz.”

El silencio por un instante fue rotundo, parecía que ni las micros de la calle, ni el bullicio de los murmullos adolescentes querían intervenir luego de aquella afirmación. Mi primera reacción, luego del asombro, fue decir “No po”, así, sencillo, sin necesidad de extender un argumento elaborado, mi cabeza sólo decía No.

Pero el chico insistió: “¿Cómo no? Acaso Ud. es feliz?” Sé que dijo más cosas entremedio, pero lo único que me quedó claro fue lo último. Claro que yo no era feliz y probablemente él tampoco lo sería ni ninguno de los presentes en esa aula puentealtina. Podrán pensar que soy una pesimista y que no merezco estar enseñando o instruyendo mentes jóvenes y puede que tal vez tengan razón, pero antes sentía como palabras brotaban de mi boca, sin ningún filtro necesario, y me escuchaba decir cosas como: La realidad no tiene por qué ser bonita…. Desde que seamos capaces de sincerarnos y mostrar nuestras heridas, seremos capaces de ver por dónde empezar a trabajar… a su edad (típico) estaba igual nada me movía, sólo existía. Veía como la vida pasaba frente a mis ojos sin tomar grandes decisiones, hasta que todo eso se me vino encima, tomar decisiones es uno de los procesos más difíciles de crecer, pero son los momentos que te constituyen como ser único en el mundo… No puedo prometer que no sentirán miedo, pena, angustia … Para eso inventamos películas, libros, poemas y otras formas de crear mundos ficticios donde todo es solucionable y todo es perfecto… Y así seguía, intentando dar un mensaje (des)esperanzador, anhelando que no creyeran que el evadir la realidad los haría felices, felices de verdad, felices genuinamente. Porque no es lo mismo ser feliz desde la ignorancia, que ser feliz después de haber alcanzado algo, haber descubierto un algo y haber hecho algo, aunque sea un poco, por cambiarlo. En mi mente me parecía que la esperanza era la posibilidad de la felicidad. Mientras eso ocurría en mi cabeza, vomitaba palabras acerca de la importancia de la discordia, la dualidad, los contrarios, lo apolíneo y lo dionisíaco, la alegría y el dolor, de aceptar la vida tal cual era, con todo aquello que venía, porque la evasión había sido nuestra empresa por siglos y nos había traído hasta aquí, insatisfechos, buscando en cosas un rayo de felicidad.

No podía parar, hablaba desde la guata, desde la entrañas: Yo no soy feliz, últimamente ando deprimida, todas las mañanas tengo que decidir si levantarme o no, porque perfectamente podría quedarme en mi cama lamentándome de lo mal que está el mundo, pero prefiero levantarme y venir a discutir estas cosas con ustedes, no quedarme tirada viendo como las cosas se derrumban, eso me mueve, compartir, discutir.

Tuve que tomar un respiro, porque en ese instante me di cuenta que rompí uno de los grandes códigos de la docencia, me humanicé y las lágrimas que brotaron de mis ojos develaron mi situación personal antes los chiquillos y chiquillas, develé mi propia discordia, mis propias contradicciones, mi humanidad más desnuda, aún peor que si fuese a entrar pilucha. Tuve que salir de la sala porque me sentía ahogada, las lágrimas salían sin permiso y respiraba profundo para calmarme, con algo de valor me dije como me decía mi mamá “Ya, listo, está todo bien”.

A partir de este “impasse” –si pudiéramos llamarlo así–, sé que se pueden tirar muchos dardos según mi actuar, pero después del feedback de los días que vinieron, existe en mí una paz profunda. La filosofía durante mis años de estudio me alejó de mi res extensa, me hizo crear mundos posibles y mundos de las ideas alejados de mi mortalidad y estos cabros con una sola pregunta supieron romper mil esquemas, supieron hacer que todos esos libros que tuve que devorar para pasar de curso en curso tomaron un significado, me dieron una guía para entender mi propio problema, mi propia humanidad. Fue ahí cuando pude observar con nitidez lo peligrosa que es la filosofía (sabía que era peligrosa pero ese día vi que era mucho más) y el por qué está relegada a los últimos años de la media.

Aquél intruso que ingresa a tu cuerpo, a tu cabeza, a tu oído y muchas veces en tu boca cuando habla por ti, aparece cuando nos disponemos a reflexionar. Si los estudiantes son capaces de desarmarte con una pregunta después de con suerte un año de filosofía, cuidado porque entonces las cosas de una vez comenzarán a cambiar de verdad. Por mi lado seguiré incomodándome e incomodando y escuchando a mi intruso que llegó para quedarse.

 

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