Revista Intemperie

Chile y el aborto: la esperanza del feminismo y la lucha por no morir

Por: Nydia Pando
aborto seguro

  

No corremos hacia la muerte;
huimos de la catástrofe del nacimiento.
E.M. Cioran

 

Grieta lumpérica […]
líquida curva
[…]perdonando signos
plagada de ovarios y lluvia.
Diamela Eltit

 

Hablo con Mia Dragnic [1] luego de que un encuentro afortunado nos uniera. Después de ver la entrevista en CNN de su hermana Paola Dragnic, quien vivió un embarazo en circunstancias de salud espantosas y a quien se le forzó a continuar con la gestación del feto hasta las últimas consecuencias, a pesar de poner en riesgo su vida; me explica cómo va la cosa en su país: recién se votó por la interrupción del embarazo en Chile, y fue aprobado en el Congreso por tres causales: violación, inviabilidad del feto y riesgo vital de madre. Falta la aprobación del Senado, me dice. Llevan casi un año con un debate público y polémico.

Mientras tanto, me confirma que sí, que aún durante toda la dictadura de Augusto Pinochet el aborto fue legal pero, al final de su mandato, revocó el derecho y todo mundo a callar, que la dictadura no se va a acabar. Al menos la dictadura de los derechos reproductivos de las mujeres chilenas. Nos quedamos en pausa Mia y yo. Nos quedamos en silencio porque ambas sabemos nuestra postura.

De nacer en Latinoamérica sabemos, por ejemplo, que la mitad de los que ya viven aquí son y existen en condiciones pobres. Sabemos, también, que el acceso a la educación que podremos recibir en nuestro futuro será limitado, que habrá violencia en las calles, que habrá dolor físico en las pérdidas, que habrá acoso, intimidación, tortura y hambre. De nacer en Latinoamérica sabemos que, entre la agenda política, el nacimiento es un asunto fundamental, pero el resto de la vida se considera un asunto secundario. De nacer en Latinoamérica sabemos que nuestras madres no tendrán opción, nuestros padres muy probablemente estén ausentes y nuestro rol de género estará determinado en cuanto hagan el primer ecosonograma que decrete lo que tenemos –o de lo que carecemos, y habrá de atormentarnos socialmente el resto de nuestra vida- entre las piernas. También, sabemos que nacer será, en este lado del mundo, obra de la trinidad católica y no hay espacio para discutirlo porque rige la palabra del Señor, y es que hasta ahora Chile, junto a Nicaragua y El Salvador, es uno de los tres únicos países latinoamericanos que todavía prohíbe de forma total el aborto.

En América Latina, ilegal o no, se aborta. De manera insegura, el 95% de los abortos ocurridos entre 2003 y 2008 se realizaron sin ningún tipo de protección sanitaria. En Chile, se estiman 70.000 abortos al año de manera clandestina. El aborto es una realidad cotidiana del pueblo latinoamericano; del pueblo chileno, pero lo son también las condiciones denigrantes que necesitan revocarse.

El 31 de Enero, la Comisión de Salud chilena aprobó, luego de 8 meses de debate, tomar en cuenta el proyecto propuesto por Michelle Bachelet, su presidenta, cuyo fin era formar una ley de tres causales que despenalizaba el aborto en riesgo. Luego de la propuesta de Bachelet, se llevó a un debate que acabó por aplazarse hasta el mes de Marzo de este año. Mientras el debate tuvo lugar, las manifestaciones de los habitantes chilenos también se hicieron presentes.

Un ejemplo de éstas es el video del colectivo Frente Fracasados, donde se documenta una manifestación titulada “Un Canto a la Vida”. Son los llamados “pro-vida”, en su mayoría del ala conservadora, y cuya postura es que desde la concepción (esperma y óvulo y tal); luego de ver en la barrita la cruz que indica el embarazo desde las primeras semanas, la mujer ya carga en su interior un ser humano hecho y derecho.

En esta protesta, completamente en contra del aborto terapéutico, uno de los participantes explica que, más allá de las posturas políticas, no se debe abortar como firme lucha por los derechos humanos universales. Este año, la Organización de Naciones Unidas (ONU) declaró el aborto como un derecho humano universal (aunque es muy probable que el manifestante careciera de esta información).

Hablar de un tema como el aborto en 2016, después de que la ONU lo declaró un derecho humano universal, no tendría que provocar ningún tipo de reacción negativa: se trata de los derechos reproductivos de toda mujer. Sin embargo, en una región dominada por un sistema político patriarcal y católico, la realidad es otra: hay que pelear por un derecho elemental y ser condenados por ello.

Durante cincuenta años (pasando por Allende y la dictadura pinochetista), nadie se atrevió a derogar el aborto terapéutico que formaba parte de los derechos fundamentales de los chilenos. Pero en el año de 1989, el dictador cambió su postura como un guiño al Cardenal Medina (gran ironía, entendiendo a la Iglesia Católica como la mayor promotora del perdón). Así, cincuenta y ocho años de derecho legítimo se convirtieron en un pecado social.

Durante los debates en la Cámara de Diputados en Marzo de este año, diputadas como Camila Vallejo, Carol Cariola y Daniella Cicardini; así como el diputado independiente Gabriel Boric, por nombrar un ejemplo, discutieron por la aprobación de esta ley con opiniones puntuales. Pero una de las opiniones más pertinentes fue la del diputado Pepe Auth, quien hizo hincapié en la idea del aborto como pecado social a través de un recorrido histórico de las estructuras ideológicas de su pueblo; explicando que el problema reside en la representación de los derechos de los chilenos y las chilenas, y no en la opinión de los mismos.

No se puede dominar su propia convicción física, afirmó el diputado. Y nada más cierto: la gran mayoría de la representación en contra del aborto terapéutico en Chile –y en el mundo- son personas que no luchan con la misma energía por la educación sexual desde los niveles educativos más básicos; no creen en el feminismo ni en la lucha de género, no fomentan la adopción –sino que muchas veces traban o imposibilitan el trámite, como en el caso de las parejas homosexuales- y rechazan el uso de la pastilla del día siguiente.

En el sitio oficial de la ley de 3 causales, el gobierno chileno escribe: “El Estado, en estas situaciones extremas, no puede imponer una decisión a las mujeres, ni penalizarlas, sino entregar alternativas, respetando su voluntad, ya sea que deseen continuar el embarazo u optar por interrumpirlo, para asegurar el pleno respeto de sus derechos.” Además, este sitio hace un recorrido por la historia del aborto en el país, desde 1875 hasta 2015: por lo menos hay conocimiento.

Desde más arriba en el mapa, me quedo contrariada: quién diría que este lado de Latinoamérica conserva más sensibilidad en el tema (México conserva mayor desarrollo en las leyes de aborto en el país, permitiendo a las mujeres, a nivel nacional, abortar por la causal de violación sin represalias legales; el aborto accidental, terapéutico y, de manera exclusiva, el aborto libre en la capital del país. Desde más arriba en el mapa, me quedo preocupada: cómo puede ser que se siga luchando por algo tan elemental; cómo es posible que tan pocos lo veamos. Desde más arriba en el mapa, recuerdo la cantidad de mujeres chilenas (y latinoamericanas) que abortaron en clandestinidad y toco fondo. Pero es preciso tener esperanza.

La cualidad del pueblo chileno hasta ahora, además de la propuesta en curso, es permitirse debatir de manera comunitaria. Todos los chilenos parecen tener una opinión al respecto, a favor o en contra, han entrado en el debate. A todos ha llegado la discusión: la noticia los ha involucrado a todos. Un pueblo que es capaz de integrarse en una toma de decisión, finalmente, gubernamental.

No están tomando esta posibilidad sin considerar las opiniones. Se ha permitido entrar en el debate de manera exhaustiva: las noticias no paran de aparecer. Los videos, las manifestaciones: todos tienen algo que decir pero, sobre todo, todos parecen encontrar un sitio para ser escuchados. Habrá que reconocerse eso mientras tanto y, esperanzada, me digo que habrá que esperar un poco más para reconocer la gran decisión de hacer legal la ley de tres causales y, con ésta, el regreso de los derechos humanos y la posibilidad de elegir a las mujeres chilenas.

La desventaja continúa, me explica Mia más tarde, cuando me recuerda que la decisión sigue estando condicionada por el criterio de un médico, de un juez, de un cirujano, de una alteridad que teje el cuerpo de la mujer hasta dejarla atrapada. Silencio. Necesitamos tijeras, murmuro. Luego, recuerdo que el Examen Periódico Universal reconoce la privación la posibilidad de aborto como un método de tortura social. La tortura genera sumisión en el torturado, pero también coraje. También filo. También tijeras. También la capacidad de romper el tejido.

Los noticieros chilenos cuentan que pasarán otros seis meses, aproximadamente, hasta que el Senado determine el rumbo de la Ley 3 Causales pero la mayoría ya se ha plantado en contra. Yo, desde fuera, me pregunto qué pasará por la cabeza de los que se oponen a los derechos reproductivos de las mujeres; los que nos quieren seguir tejiendo. Me pregunto si de noche soñarán con salvar niños abandonados y fomentar la responsabilidad sexual. Me pregunto si, antes de dormir, piden a su dios que mañana tengan la fuerza y la energía de seguir peleando por facilitar los trámites de adopción de las familias; si apadrinan niños con sus sueldos extraordinarios o tratan con amor a los que tienen en casa. Me pregunto si, cuando miran a otros con desdén, cuando los tratan como basura, recuerdan que también ellos fueron niños.

Alguna vez leí en alguna parte una pregunta dirigida a los más conservadores: si pudieras saber la orientación sexual de un feto antes de su nacimiento y te enteraras de que es homosexual, ¿lo abortarías? La mayoría de ellos, después de atragantarse, diría que no. Pero me pregunto qué tanto de esa defensa por la vida es verdad. Me pregunto si, al final, miran el mundo con tanto amor, seguros de que todos merecemos vivir. Seguros de que tejernos es protegernos. Seguros de que hay un lugar para todos; hay una madre amorosa y un padre presente para todos. Seguros de que todos queremos nacer. Seguros de que necesitamos ser protegidas, construidas, aprobadas. Puestas en riesgo, en las manos de quienes debaten si nuestra vida merece ponerse en riesgo o no. Envueltas en una telaraña para que no perdamos la cabeza y se nos ocurra tener control de nuestro cuerpo, por lo menos para sobrevivir.

Me pregunto si llegará el momento en América Latina lo más pronto; si llegará el momento en Chile a finales de este año, donde el debate sea comunitario, pero la decisión sea completamente nuestra.

 

Referencias

Aborto en América Latina y Caribe: clandestinidad entre 2003 y 2008.

Sobre estadísticas de Chile y su contexto histórico: Pinochet y Allende. Penalización brutal.

Sobre pasos históricos, la figura del mandato de Michelle Bachelet y el aborto.

 

[1] A quien agradezco profundamente la persona que es y el apoyo que me dio para realizar esta crónica.

 

Foto: elmostrador.cl

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