Revista Intemperie

La dictadura de lo cool: La desprolijidad de una discusión necesaria

Por: Federico Zurita Hecht
la dictadura de lo cool

 

El nuevo trabajo de la Compañía la Re-Sentida, La dictadura de lo cool, manifiesta de forma evidente sus intenciones de formular una denuncia del falso progresismo que caracteriza al medio artístico nacional, como consecuencia de una modalidad de producción inserta en un modelo capitalista, que propicia un arte de carácter burgués, e inútil, mullido y cóodo para el grupo privilegiado.

Pese a esto, la obra camina a tambaleos por sobre el muro que divide el espacio de la denuncia y el espacio donde reina lo denunciado, con lo que corre el riesgo de caer en la contradicción. Este riesgo no parece ser estratégico, o planificado, sino más bien un descuido del trabajo creativo, que termina dejando hebras sueltas en un entramado aparentemente complejo. Prueba de esto es que el transitar por esa eventual contradicción no intensifica la denuncia, y, por tanto, parece sobrar en la estrategia discursiva de la obra. Es evidente que parte de la intención de la Re-Sentida es provocar al público, donde podrían encontrarse exponentes del falso progresismo que pretende denunciar. Sin embargo, estas eventuales contradicciones, más que conseguir esta provocación, atentan contra ella al producir entre los espectadores menos atentos, una identificación con los contenidos mismos que se intentan denunciar.

La acción transcurre en un ambiente festivo. El espacio construido en el escenario es amplio y complejo. Incluye un camarín de teatro y los múltiples espacios de una casa de dos pisos, con pasillos, habitaciones y el lugar donde se lleva a cabo la fiesta. Es la casa del nuevo ministro de cultura. Es primero de mayo y en la casa del ministro, los artistas y gestores culturales celebran su nombramiento. El festejo es intenso y desbordado, y tiende al caos (el espacio queda inundado de agua al final de la acción). Además, la imagen de esa intensidad es agobiante, al presentarse duplicada, primero en la acción de los actores en el espacio del festejo y segundo en la proyección de la celebración en una gran pantalla ubicada a un costado del escenario. Esto propicia la participación en la acción de un equipo audiovisual que sigue los incidentes como si se tratara de prensa farandulera, equipo que, mediante el uso de primeros planos de rostros deformados por expresiones grotescas, contribuye a dar forma a un mundo monstruoso. El nuevo ministro ha decidido detestar a sus invitados y, en general, al mundo que, tras su nombramiento, le corresponderá regular. El ministro ha enloquecido, advierte su esposa, por lo que la estrategia de La dictadura de lo cool propicia que sea a través de las palabras del mismo ministro que se manifieste el objeto de su denuncia. Varias veces éste se refiere a la falsedad de los artistas burgueses y cuestiona los discursos de sus trabajos.

Pero la estrategia de la obra no sostiene la identificación de la denuncia solo en las palabras del ministro enloquecido. La relación conflictiva entre los invitados a la celebración permite que sus diálogos participen, también, de la construcción de la imagen de un ambiente artístico abarrotado de artistas autocomplacientes (los hijos proletarios que subrayan el haber alcanzado el éxito guiados por la meritocracia, los hijos de exiliados que se vuelven interesantes mediante la exhibición de su desarraigo, los que buscan la conciliación entre aquellos que merecen formar parte de su ambiente y propician la segregación, los artistas rupturistas que gesticulan desprecio por el ambiente que les encanta habitar) y malintencionados, encargados de realizar la construcción simbólica de la realidad, pues ese sería un rol útil para el arte, y no, como muy bien propone La dictadura de lo cool, hacer la revolución. El arte apenas podría, entonces, acompañar a las transformaciones históricas constituyéndose como una herramienta de formulación de ideas, que es, precisamente, lo que busca hacer la nueva obra de la Re-Sentida.

Los excesos de La dictadura de lo cool, no en un sentido moral, sino en un sentido estratégico discursivo, son tantos que en este espacio se vuelve difícil mencionarlos todos. Algunos de ellos, a modo de ejemplo, son la prolongación de los intentos por construir atmósferas agobiantes, cuando el agobio ya ha quedado construido; la insistencia en creer que el desnudo es subversivo por naturaleza; la búsqueda del chiste fácil (como cuando los artistas obligan al amigo gay a desnudarse para ver si tiene marcas corporales dejadas por el Sida, escena que no completa sus objetivos); las excesivas transiciones por pasillos oscuros en que el espectador se entera de lo que ocurre por el duplicado que produce la proyección en las pantallas; etc.

La dictadura de lo cool es, finalmente, una obra sencilla. Pero el afán de parecer compleja y subversiva al buscar decir lo que nadie ha dicho (y que, en realidad, todos saben que ocurre no solo en el mundo de la creación artística, sino en todos los mundos existentes bajo el marco cultural de la estructura de poder propiciada por el capitalismo), la hacen ver como una obra pretenciosa y contradictoria. Esto último es lamentable pues, considerando que los medios de producción han generado que el pequeño espacio donde se simboliza la realidad sea tan violento como La dictadura de lo cool propone, esta obra hasta parecía necesaria. Se lamenta, por tanto, que la Re-Sentida haya dejado hebras sueltas desparramadas por el escenario, del mismo modo como, en cada función, desparraman el agua y anegan el espacio donde trabajan. La Re-Sentida, de esta forma, pese a sus potentes intenciones discursivas, sabotea su propio trabajo no por decir algo controversial (pues no lo es), sino por decirlo con descuido.

 

La dictadura de lo cool

Dirección: Marco Layera
Elenco: Carolina Palacios, Benjamín Westfall, Carolina de la Maza, Diego Acuña, Pedro Muñoz y Benjamín Cortés
Dramaturgia: Música: Alejandro Miranda
Productor: Nicolás Herrera
Jefe técnico y video: Karl Heinz Sateler
Diseño escenográfico: Pablo de la Fuente
Diseño de vestuario: Daniel Bagnara
Sonido: Alonso Orrego
Cámara: Alejandro Batarce
Asistentes de escena: Martin Houssais y Mariela Espinoza
Producción: La Re-sentida
Coproducción: HAU Hebbel am Ufer, Berlín

 

Foto: latercera.com

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