Revista Intemperie

El oscuro baile de máscaras de la elite chilena

Por: Andrés Olave
revista sabado

 

No resulta fácil de digerir al Mauricio Israel sonriente que sale en la portada de la ultima Revista Sábado de El Mercurio. Más perturbador es darse a la penosa tarea de leer la entrevista completa, y notar el enfoque de la nota que le hacen al ex conductor de noticias -que huyó en primera clase a Tel Aviv-, ahora se presenta como un hombre nuevo y que tiene en sus planes un libro con sus memorias titulado “Mi historia, mi victoria”.

Cosas como ésta tienen a medio Chile con depresión y úlcera. No es suficiente con las noticias incesantes de corrupción, engaños y estafas de los señores situados en las altas esferas. Además, los medios de la elite no parecen tener nada mejor que hacer que lavar la imagen de estos mismos señores. Poner en grandes letras de portada que Israel es algo así como el hombre herido que se levanta contra la adversidad, que supera los obstáculos que la gente le pone en su camino, que borra sus errores del pasado y sale triunfante.

Descontando el ya conocido eslogan “El Mercurio miente”, cabe todavía preguntarse por qué la revista de El Mercurio se interesa en hacer estos lavados de imagen. ¿Por qué poner el acento en que logró triunfar pese a la adversidad y no en sus víctimas? Hay algo allí, un núcleo perverso, que intento desentrañar. Pienso que la revista lava la imagen de Israel porque eso es lo que hace la mayor parte del tiempo, el juego en que se ha desenvuelto por años. Es su mecánica: limpiar la imagen de las figuras públicas, seguir la tesis que la mayor parte del tiempo el bien le gana por goleada al mal, y los que están arriba y han triunfado lo han hecho siempre en base a su talento, voluntad e inteligencia.

Es precisamente lo opuesto que muestra American Psycho (1991) de Bret Easton Ellis, una novela que conforme avanzan los años admiro cada vez más. La historia de un acaudalado hombre de negocios que es también un sádico asesino serial. Que ejemplifica como la locura y el sueño de destrucción anidan en el corazón de nuestros líderes; que no hay que dejarse engañar por las sonrisas esmeriladas y los trajes brillantes de los más altos ejecutivos, gerentes y CEOS. Que la porción de gloria que buscan para sí mismos es la misma que la cantidad de muerte que desean para el resto. Que mientras más alto, más ahondan en la destrucción (y este, ya me parece, es el rostro verdadero del asunto, el mismo que El Sábado intenta precisamente ocultar.)

Los lavados sistemáticos de imagen de parte de los medios que son propiedad de la elite, en ese sentido, serían inevitables. Se caería en el desgobierno, en el caos, en la anarquía, si los gobernados alcanzaran a percibir la malevolencia generalizada de sus lideres. Que la gente viera los monstruos en el poder como los muestra David Carpenter en They Live (1998), o el propio Stanley Kubrick cuando se adentra en los rituales ocultistas que realiza la elite en Eyes Wide Shut (1999). Que nuestra alta sociedad baila perpetuamente un baile de máscaras –como el que sale justamente en la última película que pudo filmar Kubrick– disfraces para encubrir los rostros fríos y crueles de aquellos que habitan las cimas del mundo.

 

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