Revista Intemperie

El resurgimiento del muralismo callejero en la población

Por: Jimena Colombo
ofrenda ian pierce

 

Un rayado ininteligible en el muro de un block de una población agonizante producto del descuido, fue lo que originó la visionaria conversación entre Roberto Hernández y David Villarroel mientras caminaban por las grises calles de San Miguel, en 2010. Lo que empezó como una crítica a ese mensaje indescifrable y egoísta, mutó en una ‘volá’ que los llevó a imaginar la población entera llena de colores y formas, de arte desbordante en esos blocks vecinos que entonces, no eran más que deslucidas torres habitacionales testigos de un barrio nacido en los años 60, a punto de extinguirse. Hoy, esa ‘volá’ tiene convertida a la población San Miguel en patrimonio cultural de la comuna, por su exitoso y elogiado Museo a Cielo Abierto, que cuenta con 45 murales y 4 mil metros cuadrados de arte callejero y gratuito.

De aquella caminata por el barrio y el reparo en el garabato en la pared, nació una reflexión base que fundó los argumentos para el surgimiento de los murales en la población: el cuestionamiento a un rayado que se suma a tantos otros, hechos sin permiso y sin la intención de ser comprendidos por el espectador. Luego de eso, pensaron en las posibilidades de hacer algo mejor que contara con la aprobación de los vecinos y respondiera a los gustos de estos. Soñaron sobre cómo lo harían, cómo conseguirían los recursos y cómo se concretaría la obra. Al final de la conversación, visualizaron la población entera vestida de coloridos murales.

Llegada la hora de conseguir los recursos y gestionar todo lo que fuera necesario para concretar el sueño y -tras enfrentar un fallido financiamiento privado- postularon a una línea Bicentenario, inédita del Fondart. Saltaron los cercos burocráticos propios de la gestión cultural, aprendieron el ‘tejemaneje’ de los fondos concursables y  dos meses después obtuvieron auspicio público para 11 murales en la Avenida Departamental. Con ese Fondart Bicentenario se realizaron 21 obras y con el resto de pintura que quedó, se aumentó la cifra a 33. David recuerda que al comienzo el trabajo fue difícil debido a un prejuicio contra el mural y el graffiti, “idea asociada a la delincuencia y al temor a ser estigmatizados. Sin embargo, hoy en día todos quieren que sus muros sean pintados”, recalca el fundador de Mixart, centro cultural que impulsó el proyecto y que actualmente figura a cargo de los murales.

Para Hernández, todo el trabajo detrás de la concreción de los murales, los convirtió en “gestores culturales” del proyecto. Además, sostiene que el sello diferenciador del Museo a Cielo Abierto de San Miguel es precisamente el valor otorgado a la opinión de los vecinos. “Presentamos a los artistas y le mostramos el boceto a los vecinos. Nosotros somos notarios de un proceso, donde los vecinos terminan siendo los curadores del museo”, dice el actual director de Mixart.

Esta exitosa experiencia replicada en otras comunas habitualmente es visitada por colegios, turistas y estudiantes universitarios. A pesar de que el modelo ha sido adaptado a las características propias de cada territorio y comunidad, el Museo a Cielo Abierto de San Miguel es referente nacional e internacional de una nueva etapa en el arte del mural callejero, expresión artística que en Chile tiene su origen en los años sesenta y que carga con una fuerte tradición política y contestaría, de la cual algunos han pretendido desmarcarse y darle un nuevo aire, eso sí, sin dejar de lado el objetivo primigenio del muralismo: Educar a través de la imagen.

 

Revolución callejera y en color                                      

Alejandro “Mono” González -ícono del arte mural en Chile y director artístico del Museo a Cielo Abierto de San Miguel-, manifiesta que el muralismo callejero nacional es reconocido en el mundo entero, y que su principal objetivo es ser una provocación visual que se instala en puntos de alto tránsito de espectadores. “El muralismo expresa la opinión sobre lo que está pasando y sobre lo que quiero que pase. En la calle es donde se producen las luchas ideológicas más grandes”, asegura desde su galería en el persa Víctor Manuel (contiguo al persa Bio Bio), rodeado de sus obras y otras de la autoría de jóvenes artistas emergentes. Para el Mono González, los objetivos del muralismo urbano no han cambiado. De hecho, considera que actualmente hay una reflexión y madurez mayor respecto de los sentidos de la calle. Para él, lo que está pasando en los museos a cielo abierto en las poblaciones, es una revolución que plantea la ocupación de los espacios públicos y barrios completos.

Desde la población Lo Amor, Sara Gajardo, en Cerro Navia, el vecino, connotado muralista y director artístico de PoblaciónArte, Christian Ferrada, plantea que estamos viviendo una nueva etapa del muralismo y a la vez, un resurgimiento del mismo. Esto debido a que, a su juicio, el muralismo ha generado más impacto en los últimos años. “Hay marcas que trabajan con graffiteros, iniciativas públicas donde se ha utilizado el mural para decoración del entorno y fondos concursables para poder llevar a cabo todo esto”, señala Ferrada. Sin embargo, ve también con desconfianza tanto auge y teme a que el muralismo termine por “trillarse”.

Esa última reflexión es compartida por Mono González, quien dice que algunas municipalidades, incluso de derecha, ven el mural como una alternativa para evitar el graffiti. “Para que no sigan llenado las calles con garabatos, están métale murales”, dice González, compartiendo el temor a que el mural callejero pierda el sentido. El destacado artista nacional agrega que el desprecio al graffiti profundiza una brecha sin sentido, y hace hincapié en que muralismo y graffiti deben dialogar. “Si seguimos agrandando esta brecha, estamos acentuando la pelea en la población. Tiene que haber una conversación entre ambos, por ello hablo del muralgraff”, asegura Mono González.

Para Ferrada este resurgimiento del mural callejero generará más conciencia en la masa. “No todo tiene que ser como lo estandariza el sistema, que tiene que ser todo gris y plano. Basta de eso, nosotros somos los dueños de la ciudad, no de los edificios, pero sí de donde caminamos. Somos dueños de lo que queremos ver y mirar”, subraya. El Mono González, también radicaliza su opinión y sostiene que “hay que romper el cerco y ganar los espacios. El Estado y el sistema deberían apoyar esta cultura de abajo, no imponerla desde arriba como lo hacen”.

 

El mural como elemento de cohesión social

Pía Monardes ha sido parte de la experiencia PoblaciónArte, a través de su trabajo en la Fundación Urbanismo Social, organización que ha empujado esta iniciativa con el objetivo de generar una oportunidad de desarrollo urbano y social para la población. Ella indica que, además de ​poder democratizar la cultura y de ​llenar de color las calles del sector, “PoblaciónArte ha permitido fortalecer aún más a la comunidad” a través de la participación de las personas en los proyectos y la recuperación de los espacios. “Los vecinos se sienten parte de sus murales. Se sienten felices y orgullosos de vivir en su sector y esto ha generado un sentido de pertenencia y ha fortalecido la identidad del barrio”, relata la coordinadora social del área ciudad y territorio de Urbanismo Social.

Esta trabajadora social, en conjunto con Christian Ferrada, los vecinos agrupados en el Club Deportivo Social Cultural Memorial Sara Gajardo y la Fundación Urbanismo Social, han recuperado murales históricos y han generado una nueva galería de arte público para Santiago, sumándose de esa manera a las distintas experiencias muralistas en Chile. Entre ellas destacan también el Museo a Cielo Abierto de La Pincoya (2012), los murales que se están realizando en la ribera del río Mapocho y el Museo a Cielo Abierto de Valparaíso, en el cerro Concepción (1992), además de todas las obras realizadas en las calles de la capital y a lo largo de Chile.

Roberto Hernández, del Museo a Cielo Abierto de San Miguel, cuenta orgulloso de qué manera los murales han impactado en la población. Afirma que el Museo se ha instalado en el corazón de la gente y relata que “cuando le preguntan a la gente dónde vive, ellos dicen: en la población San Miguel, la de los murales”. Además, asegura que el mural salvó al sector de ser consumido por la voracidad de las inmobiliarias que han invadido la comuna e incluso -tras la exitosa experiencia muralista- han conseguido dos proyectos más que por una parte contemplan la instalación de luminaria y la refacción de los mismos departamentos que conforman los blocks. Sumado a lo anterior, para Hernández los murales de la población San Miguel son una inversión cultural maravillosa, donde “fondos públicos se transformaron en arte público y gratuito para todos los chilenos”.

Lo que en la mayoría de los casos ha comenzado como reacción al descuido y el abandono, se ha transformado en estas poblaciones en un rescate de los espacios con las propias manos de los vecinos. Algunos han sentido en sus espaldas la carga de ser gestores culturales y responsables de los murales que ellos mismos o connotados artistas han pintado. El sentido de pertenencia y la forma en que esa expresión artística toca el corazón de las poblaciones es palpable y transmitida por las personas de a pie que han resignificado su territorio, su barrio y sus calles por medio del arte en grandes dimensiones. Los murales han devuelto a las comunidades la oportunidad de aprender y trabajar en grupo, han permitido a los vecinos olvidados autogestionar y crear arte de calidad, gratuito y respetuoso en los muros que conforman sus barrios. Los murales han visibilizado y transformado los otrora barrios grises en poblaciones vivas y verdaderas galerías callejeras llenas de color.

 

Foto: Ofrenda, Ian Pierce, Museo a Cielo Abierto de San Miguel / plataformaurbana.cl

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