Revista Intemperie

Javier Ibacache: “Los espectadores hoy quieren un diálogo más directo, más horizontal”

Por: Victoria Ramírez
ibacache

 

Hace dos meses el crítico teatral Javier Ibacache asumió como director de programación del Espacio Diana, ubicado a un costado de la iglesia de los Sacramentinos e instalado en lo que antes eran los míticos juegos Diana. Entre flippers y la atmósfera mágica de un restaurant que atrae por su estética, se abrió un teatro que espera recibir a cientos de personas para este año. Luego de ser responsable de la parrilla programática del GAM desde su nacimiento, Ibacache tiene nuevos desafíos en un barrio caracterizado por su valor patrimonial y la diversidad de comunidades que lo habitan. Aquí nos cuenta sobre cómo pretende construir la oferta del espacio, su visión de nuevas audiencias más críticas y participativas, y una cierta estética de la derrota que caracteriza la escena contemporánea.

 

A diferencia del GAM que está en un lugar donde convergen distintos puntos de actividades culturales, ¿cómo se construye oferta cultural en un barrio que tiene un carácter más patrimonial?

El Espacio Diana está inserto en un contexto que tiene una larga historia por capas. Es un barrio que en el devenir del siglo XX tuvo varios proyectos. Uno de los que me parece significativo es cuando San Diego se perfiló como la calle de los teatros. Hay herencias patrimoniales a la vista, huellas desde el teatro Cariola hasta el Caupolicán. En su minuto proyectaron lo que sería el epicentro de la bohemia santiaguina con una oferta teatral, pero luego en dictadura con el toque de queda cambió su perfil. Y en ese contexto es que se instalan los juegos Diana en los 80. Yo diría que Espacio Diana viene a tomar como base esos dos componentes y apunta a abrir una oferta artística y gastronómica. Junto con abrir un teatro está la apertura del restorán La Diana (ex La Jardín) y se propone trabajar como un espacio para el ocio y la cultura. Al mismo tiempo generar contenidos o programar un espacio que apunte a un diálogo con esa memoria.

En ese sentido, ¿a quiénes principalmente está dirigido el Espacio Diana?

Yo diría que pretende dialogar con las comunidades que están viviendo en la zona. Por una parte este vecino tradicional del centro de Santiago, luego están los locatarios de San Diego y los que llegaron con la inversión inmobiliaria después del 2003 y que es un vecino profesional joven, recién casado o con primer hijo, muchos de ellos de provincia. También está la población migrante, principalmente comunidades de Venezuela y Colombia. En términos de destinatario están los involucrados con los juegos Diana, que son principalmente familias que viven en el centro y sector sur de Santiago. Está el público que seguía a La Jardín, que son adultos jóvenes profesionales de distintas comunas con alguna ligazón con el mundo artístico y los vecinos. El proyecto pretende tener oferta para esos tres grupos y poder dinamizar el trabajo con las comunidades. Lo que he hecho en estos dos meses ha sido de algún modo un catastro, un trabajo etnográfico de conocimiento del territorio, de comprender cuáles son las dinámicas que se dan para trabajar con ellas la programación.

Y ya una vez hecho este catastro y conocimiento del barrio, en relación al desarrollo de audiencias, ¿qué estrategias concretas planean utilizar? 

La programación va a estar pensada según los distintos grupos y con estrategias de participación. Me refiero a que los vecinos tomen parte a la larga en la toma de decisiones de contenido. Hemos visto oportunidades de trabajo con las comunidades de migrantes, con los adultos mayores y con vecinos históricos del barrio. Junto con eso hemos visto que hay una población flotante de adolescentes bien significativa en la zona y desde octubre queremos realizar con ellos talleres que aborden contenidos artísticos, pero implicando a los participantes desde un proceso reflexivo sobre la creación.

Precisamente en relación a estas propuestas teatrales ¿cómo crees que se puede lograr una mejor conexión con el público? porque pasa muchas veces que en obras de teatro contemporáneas las salas no se llenan o cuesta lograr un punto de conexión.

Creo que es muy importante valorar y dimensionar el rol del oficio de la programación artística. En Chile por una cuestión de supervivencia a veces se releva demasiado la importancia que puede tener el gestor de un espacio. Un gestor no es necesariamente un programador y en Chile esas funciones suelen confundirse. En mi experiencia creo que es muy importante entender que el oficio de la programación es elegir contenidos que tengan pertinencia para los espacios y para los contextos. Eso significa que la programación pasa por pensar en los públicos, no solamente en querer tener obras que tengan un valor artístico en sí mismo. Sin duda hoy hay algunas experiencias que pueden ser ingratas o frustrantes a veces por no visualizar el contexto o por no pensar en cómo involucrar al público. Por lo mismo en Diana estamos pensando qué es lo pertinente, cuál es el perfil. La sala que tenemos que es para 130 personas en un barrio residencial permite que en esta fase podamos tener una relación cara a cara con los espectadores. Para mí es muy importante la experiencia de una sala que está en Madrid que se llama Cubic fabric. Ellos son un referente de cómo trabajar con el vecino, en el sentido de que el vecino está de cierta forma comprometido con que haya público en la sala o de que la gente valore el hecho de tener un teatro en la zona.

Es interesante la labor que puede cumplir la gestión y programación para conectar al público, pero ¿qué pasa por ejemplo con las temáticas que trabajan los dramaturgos actuales? ¿sientes que de alguna forma hay una deuda con las temáticas?

Yo creo que hay una separación que hay que tener a la vista entre el móvil que pueden tener los creadores para elaborar un proyecto respecto del rol que le cabe a los espacios. Un creador no necesariamente escribe o hace una obra pensando en el público, eso es así. Me parece importante que ocurra ese ejercicio porque a partir de allí se generan muchas obras que luego son muy pertinentes. Yo diría que la confusión suele producirse por el hecho de que cuando un creador genere una obra esa obra deba ser importante. Ahí nos falta reflexionar y hacernos preguntas, y ese es el rol que puede cumplir el ámbito del programador para poder canalizar las obras en los espacios pertinentes. Falta bastante reflexión en Chile para comprender que los públicos cuando van al teatro, danza o concierto en gran medida lo hacen no solo por la importancia que puede tener esa obra, sino que por el rol en que esa propuesta se conecta con su estilo de vida. Algo hacen las personas con las creaciones artísticas, algún rol cumplen en la vida de las personas. Cuando el contexto ha generado públicos críticos, infieles con las plataformas y por la conexión constante, uno debería preguntarse qué espacio les queda a las artes presenciales (teatro, danza, música). En mi opinión este caso es la oportunidad para reconectar con otra forma de estar en el presente.

Entonces a partir de un público más participativo se trata de replantearse desde dónde presentar la obra..

Claro, porque hoy todos los espacios tienen el desafío de que los públicos son infieles, críticos y demandan participación. Es el público que hoy tiene el servicio on demand en su casa y que decide qué serie ver. Es el público que está dejando la televisión y la radio a un lado y que decide el contenido que va a consumir. Para los espacios que son de artes presenciales donde necesitas que el público venga a tu espacio para que se complete la obra, estas nuevas características de los públicos son muy desafiantes y uno no puede dar por hecho que la importancia de un compositor implica que tú debas programar una pieza u otra. Tienes necesariamente que hacerte la pregunta de en qué momento del año, en qué contexto, a qué comunidad. En el caso de espacio Diana el edificio mismo que es monumento nacional, que fue parte del claustro de los sacramentinos, le da una atmósfera.

En una entrevista dijiste que iban a retomar el trabajo con la Escuela de Espectadores. Relacionándolo a este espectador más crítico ¿cómo se plantean como escuela con este público que ha cambiado los últimos años?

Nosotros partimos con la Escuela de espectadores el 2006, fue un proyecto activo hasta el 2012 y tenemos la sensación de que efectivamente ha ocurrido un cambio significativo en los espectadores. Hoy día estoy convencido de que proyectos como este debieran apuntar a generar comunidades de espectadores que operen como embajadores de las artes escénicas. La escuela de espectadores debiera ser una plataforma que entregue no solamente herramientas de apreciación, sino de valoración de lo que son las artes escénicas. La escuela de espectadores nació como un proyecto fruto de la insatisfacción de que sentíamos que no habían espacios que permitieran al espectador dialogar con la creación. En su momento se le vio como una fórmula casi estándar de desarrollo de audiencia y había una manía por los foros. Yo no estoy claro que esas conversaciones después de las funciones sean tan efectivas, participando yo en muchos de esos conversatorios, por eso me pregunto si hay otra insatisfacción de la cual hacerse cargo.

¿Cuál sería esa otra insatisfacción?

Yo creo que está dada sobre todo por el tipo de diálogo que puedes establecer. Yo siento que los espectadores hoy quieren un diálogo más directo, más horizontal. Quieren un nivel de protagonismo distinto al que han tenido hasta ahora y esa es la pregunta que hay que hacerse, cuál es la modalidad que puede canalizar ese nuevo espectador.

Y en relación a las nuevas voces del teatro ¿cuáles podrías recomendar?

Me gustan varias estéticas que se están articulando en las nuevas generaciones. Siento que la compañía La Niña Horrible que dirige Javier Casanga está sintonizando con el cinismo de los tiempos a través del ejercicio del travestismo. A través de cómo se trasviste el actor creo que nos están hablando de cómo se trasviste la sociedad y el tono en que abordan contenidos de género y la mordacidad que hay en sus trabajos creo que da cuenta de dinámicas que se han normalizado, pero que en gran medida son propias de la sociedad neoliberal que estamos viviendo. Hay una segunda directora, Ana Luz Hormazábal que ahora estrena “Opera” Creo que es interesante la investigación sobre lo performático que está haciendo. Como dramaturgo creo que Pablo Manzi que viene ya con su tercera obra me parece que crea un universo interesante, una suerte de realismo sucio. Son situaciones cotidianas desde el anonimato del Chile actual, pero él logra una mirada que progresivamente se va pervirtiendo en la puesta en escena y aparece la violencia que está soterrada en las relaciones cotidianas. Siendo tan joven creo que tiene una mirada muy aguda y muy penetrante de las relaciones. Los tres directores coincidentemente pertenecen a una generación post dictadura, es una generación que uno podría entroncar con los movimientos estudiantiles, por lo tanto está mostrando los costos o las secuelas del capitalismo tardío, de cómo se estructuraron las relaciones y en ese sentido son trabajos interesantes.

Claro, tiene que ver con lo que comentabas del teatro como reflejo de lo social y de que la gente se conecta con el teatro porque es parte de la vida..

De alguna forma esos temas aparecen. El teatro en Chile siempre ha sido un teatro que ha querido ser espejo, por lo menos una zona importante de la creación teatral califica como teatro político, sobre todo por la herencia de la dictadura de Pinochet. Estas son obras postdictadura que siguen haciendo espejo de esa sociedad. Yo personalmente creo que un autor que ilumina mucho para entender este teatro es un filósofo coreano, Byung-Chul Han. Yo creo que las ideas que desarrolla en “La sociedad del cansancio” o en “El aroma del tiempo” son muy pertinentes para el régimen económico y político que tenemos en Chile. Creo que ilumina mucho las lecturas de las obras de teatro y me parece que para quien hace programación es un autor que te permite visualizar cuáles son las dinámicas que están atravesando los públicos. En ese sentido creo que un espacio como este si hubiera que conectarlo con un libro de él es sin duda “El aroma del tiempo”, porque creo que hay algo en ese libro que resuena con esta suerte de refugio que se genera en Diana.

Este contexto de capitalismo tardío reflejado en el realismo del teatro ¿sientes que sucede en otros géneros como la literatura o el cine chileno?

No me atrevería a declarar que conozco tanto la literatura, pero creo que sí, que uno encuentra una huella que es similar que está en el teatro. Si uno quiere poner lugares comunes, un autor como Alejandro Zambra tiene que ver con lo que hace Pablo Manzi en el teatro. Y si uno quiere pensar en películas como “La vida sexual de las plantas” de Sebastián Brahm, o comienza a mirar el cine de Andrés Wood, hay cruces. Si tuviéramos que unificarlo hay algo así como una estética de la derrota, porque hay una tristeza en estos personajes, hay cierta desazón frente a que la partida está jugada y que el sistema ya resolvió por ti. Lo que vemos son pequeñas historias personales donde se refleja esa tensión y no es más que un espejo en pequeña escala de lo que Byung-Chul Han describe de lo que es el capitalismo tardío y las dinámicas asociadas a él.

 

Foto (detalle): Héctor Aravena / Wikén

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