Revista Intemperie

Foster Wallace no baila reguetón

Por: Camilo A Hurtado
regueton

 

1. Era un momento difícil para el sexo desprotegido. Los primeros casos de sida comenzaron a aparecer y la gente sentía que se trataba de una plaga que no podía ver ni menos controlar. Cualquiera podía ser portador y ninguno lo era. No era bien visto decir: “Hey, tengo sida”.

2. Era un momento difícil para ver televisión. Los primeros pasos de reguetón comenzaron a aparecer y el público sentía que se trataba de una plaga que podían ver, pero no controlar. Cualquiera podía ser reguetonero y ninguno lo era. No era bien visto decir: “Hey, bailo reguetón”.

3. El (leyendo esto nos damos cuenta) conservador escritor David Foster Wallace, en su ensayo “Regreso del fuego” (En cuerpo y en lo otro, Random House Mondadori, 2013) señala que la llegada del SIDA a Estados Unidos puede ser vista como una salvación para el desmadre de tipo sexual que se vivió en los 60. Propuso que el SIDA fue el límite que nos hizo replantearnos el acto sexual. Como la penetración se puso en duda, entonces hubo que ampliar el marco y ello hizo que viéramos en el sexo no sólo un encuentro de los órganos sexuales, sino también un roce de manos, miradas coquetas, mensajes encriptados, etc. El sida como el límite que rompe el deseo, pero lo resignifica.

4. Un recuerdo de mi adolescencia en 1997 para contextualizar: estamos en una casa de Iquique (las fiestas bailables eran en casas) y de repente empieza a sonar el hit de Los Ilegales: “Taqui Taqui”. Todos se reúnen en el living especialmente acondicionado (o sea, la mesa y las sillas a un rincón) y empezamos a bailar. De pronto me toca danzar con una chica algo más alta que yo y siento ese desenfoque propio del tránsito de lo divertido a lo sensual. Del baile como manera de hacer pasos ridículos al baile como ritual de conquista. Esa conciencia de estar ahí y querer que no acabe la noche. Y lo interesante es que ese baile se sostenía en un mínimo choque de caderas cada tres tiempos. Algo ínfimo. Pero con eso yo me sentí satisfecho. Entendí que se había descorrido el velo y ahora tocaban otras cosas. Lo irrevocable de perder algo.

5. El sabio moderno Carlos Peña, en su ensayo “Una rara coincidencia entre Ratzinger y Zizek” (Ideas de perfil, Hueders, 2015), señala: “El habitante del capitalismo estaría así desprovisto de toda ortodoxia – por eso la tolerancia irrestricta – a cambio de estar sometido al mandato de gozar, de buscar incesantemente el objeto inexistente del deseo. No es la prohibición del goce, sino el mandato de obtenerlo lo que nos domina. En las sociedades capitalistas habría un vínculo indisoluble entre la plusvalía y el anhelo que nunca puede ser del todo satisfecho. El resultado es que el sistema continúa imperturbable su marcha mientras los individuos se encuentran a merced, sin morigeración alguna, del mandato del super yo: ¡Goza!”. O en palabras del mago Vila-Matas: “… el individuo de hoy en día, falto de unidad, no puede ya desear nada, pues no es ya individuo de los de antes, ya no es sujeto capaz de pasiones, ahora sólo es un manojo de percepciones, una especie de hombre fragmentado, que es nada y al mismo tiempo una carcajada desesperada” (Doctor Pasavento, Penguin Random House, 2016).

6. Y si tu quieres reguetón, ¿dale?

7. Con el reguetón ocurriría algo similar al Sida. Si pensamos en los inicios, se trató de un baile que, vía Mekano por allá en el 2003 – 2004, se impuso (como gustaba decir Viñuela) en las vidas de todos, para dejar su marca indeleble en nuestras formas de relacionarnos en la pista de baile.

Daddy Yankee puso los bidones de “Gasolina”. Como buen combustible sirvió para, una vez desparramado, quemar todo a su paso. Lo que vino después fue la escalada, la cercanía al bailar, ese exquisito dasein de ser perros el uno para el otro. No había lugar para esperar un lento, porque eso era muy lento. Había que atacar inmediatamente y como la coreografía incluía el ataque, todo era más fácil.

8. En ese mismo ensayo de Peña, se establece que toda libertad no se produce en el aire, sino que es necesario un límite que la dota de sentido. “Goce condicional” se llama.

9. Y el límite vino dado por una transformación del reguetón. Se anunció la muerte del género (“hénero” si escuchamos bien) muchas veces, pero éste lo logró una vez más y mutó, por sus mismos fundadores, en algo menos intenso: el dembow matizado con suaves bases electrónicas. Algo cercano al pop.

Claro, los intelectuales orgánicos del reguetón se dieron cuenta que estaban apuntando a sólo una parte del acto, pero estaban descuidando lo demás. Que para abarcar al público era necesario resignificar el género. Ampliar el punto de ataque.

Y así las letras y el ritmo cambiaron, se volvieron más dulces (pensemos en “Niña bonita” de Chino y Nacho y su verso “Aquí hay amor”), se abrió paso a otros estilos (bachata, electropop), Daddy Yankee analizó el acto fotográfico en “Pose” y J Balvin dijo “Ay vamos”.

10. Y todo esto porque Foster Wallace no quería gatas fieras. Para él, el sexo era un “regalo porque el poder y el significado de la sexualidad humana aumentan cuando reconocemos su seriedad”. Él pensaba en niñas bonitas que pudieran poblar nuestras fantasías y protagonizar bellamente nuestras primeras pajitas, como la mía después de esa fiesta. Pero esa es otra dulce historia.

 

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