Revista Intemperie

Manchas de humedad

Por: Rodolfo Reyes Macaya
American troops treat a wounded dog on Orote Pennisula

 

1. Quise detenerme en el momento en que uno toma aire para contar algo y no cuenta nada. Mis días son señales de humo sobre este colchón, donde escribo una serie de notas que voy pegando en la pared.

2. Mis sábanas tendidas al sol lucen agujereadas por el pucho. Hoy me desperté con una erección. Es domingo. El ficus está mustio y la ropa, sucia. Nerón tiene pulgas. No siempre viví de este modo. Me acuerdo cuando el presente era la monotonía perfecta de mi nombre, susurrado torpemente para levantarme y ponerme la ropa.

3. Hay una historia. Empieza mal. Habrá un repunte tarde o temprano ¿Quién promete un final feliz? Me dejaron con el propósito de cuidar a Nerón. Quise irme y dejar diminutos recuerdos a mi paso. Pude haberme ido. Mis amigos a veces mandan sus poemas. No los leo. Necesito mantenerme a flote.

4. Olvidé casi todo de mi pasado del mismo modo en que se olvidan las promesas susurradas durante una mala noche. Eso sí, tengo ideas generales. Creía saberlo todo pero no sabía qué significaba un taxista que sueña una cama sin hacer.

5. Acepté cuidar a Nerón para remontar el frío o simplemente porque aquí podía estar quieto mientras el viento golpeaba las ventanas. Quedan dos paquetes de fideos en la despensa. Arrastro mis pies. Me agazapo entre las cortinas. Miro por una ventana. Las cosas brillan empapadas por la lluvia. Veo a mis vecinos. Irene y Marcelo. Una vez tocaron a la puerta. No quise dejarlos entrar. Hacerlo habría sido evidenciar mi condición de jaiba que huye del tsunami. Conversamos afuera. Marcelo intentó estrecharme la mano. Dijo que era veterinario y que tenía su consulta a sólo tres cuadras. Irene habló poquísimo. Ya sabes, cualquier cosa que necesites, etc.

6. Ante la escasez de acontecimientos a veces preparo mi mochila. Es un simulacro. Cocino fideos. Es el último paquete y lo único que como. Miro las partículas de aceite que se adhieren hasta formar una sola gota.

7. Intento no moverme. No bañarme. Observar una pared es suficiente. Rasguño el envoltorio del paisaje. Creo haberlo visto todo a través de ella. Cuando me aburro de la pared, está la ventana. Miro entre las cortinas ¿Qué veo? Niños jugando ¿A qué juegan? Es otoño. Aplastan las hojas. No oigo el crujido. Se ríen. Corren en círculos. De pronto Marcelo, el vecino, aparece en escena y me dirige una mirada desde la calle ¿Me ve? Supongo que no. Se hurga la nariz. O tal vez me ve y hace ese gesto para despistarme.

8. Se acerca el invierno. En la cocina hay hormigas. Me acuerdo de un cuento indio. Un cuento indio de la India ¿Cómo lo aprendí? Me lo contaba mi mamá. A ratos intento recordarlo ¿Cómo era? No me acuerdo. Aparecían hormigas. No importa.

9. Nerón está enfermo. Paso horas en el colchón. Clavo mi vida sobre manchas de humedad. Veo una playa desierta en la pared, un cielo salpicado por nubes.

10. Hoy me acordé del cuento indio. Era más o menos así. Indra, el rey de los dioses, está en el apogeo de su poder. Es el dueño del mundo. Es codicioso. Comete injusticias. Alguien se queja ante Brahma, un súper dios, tan grande que no tiene pertenencias. Una mañana Brahma visita el palacio de Indra. Quiere darle una lección. Está vestido de mendigo. Indra no lo reconoce. Brahma pregunta: ¿Por qué te afanas tanto si el mundo nace y muere una y otra vez? Cada una de estas hormigas fue un Indra antes que tú. Incluso yo, Brahma, cuando muera volveré a ser una hormiga o –quién sabe –un Indra.

11. No me acuerdo cómo sigue. No sé por qué intenté contarlo. Verdad. Las hormigas. Nerón, enfermo, las ve pasar. Una hormiga es todas las hormigas transitando de un desierto a otro. Me gustaría saber lo que significa. Mi mamá nunca me lo dijo.

12. Me recostaré. Nerón está cada vez más enfermo. Tiene fiebre. Jadea. No hay modo de hacer que la nada se retraiga, pero su dolor podría desaparecer si vamos juntos al veterinario.

13. Tengo que salir. No quiero hacerlo. Quiero quedarme en casa mirando mis pies, distintos calcetines, confesándome que el perdón difiere del olvido.

14. Meto a Nerón en una mochila que me pongo hacia adelante. Él asoma su cabeza. Es invierno. Son sólo tres cuadras hasta la veterinaria. En el kiosco de la esquina, tomo nota, me comeré un pancho con papitas.

15. Se pueden pensar muchas cosas mientras uno camina contra el viento cargando un perro en la mochila.

16. Marcelo, el vecino veterinario, está fumando afuera cuando llego con Nerón. Entramos. Lo examina. Hace un diagnóstico rápido. Me palmotea la espalda. Habla de las bondades de la eutanasia. Dice que no hay otro camino. Me encojo de hombros. En una jaula hay un gato pelado. También hay un terrario con luz ultravioleta donde duerme una tortuga. Marcelo prepara la inyección. En la radio suenan los Beatles.

17. Quise detenerme en el momento en que uno toma aliento para contar algo y no cuenta nada. Finalmente no pude resistir a la tentación y terminé contándolo todo. Da lo mismo. Más tarde cavaré un agujero en el jardín. Aunque esté pálido y me duela la garganta, enterraré a Nerón. Luego, por si las moscas, adoptaré a otro perro. Tal vez un gato. Nadie notará la diferencia.

18. No me muevo del colchón. Tengo botellas alrededor para ir al baño. Esto es una explicación innecesaria. Mensajes dibujados con el dedo sobre el vidrio. Lo cierto es que voy a tratar de moverme lo menos. Desde mi ventana se ve un ciruelo en sus primeros brotes.

19. Ayer, luego de enterrar a Nerón llamaron a la puerta. Era Irene, la vecina o una versión ojerosa de Irene, la vecina. Entró a la casa. Hizo un gesto con la nariz. Me dijo que vivía como un chancho. No le discutí. Preparó unos mates. Me pidió que la acompañara a un lugar al día siguiente. Pero primero, báñate, me dijo.

20. Leo para matar el tiempo o lo hago porque es lo único que sé hacer. Leo los viejos libros de mis amigos que se fueron y me dejaron a cargo de su perro. Leo sobre Czapski. Artista polaco y capitán de caballería durante la Segunda Gran Guerra. Capturado por los soviéticos, dio conferencias sobre Proust entre los piojos del Gulag. Carecía de un ejemplar de En busca del tiempo perdido (que había leído durante una convalecencia por el tifus) y entonces habló de memoria sobre un libro que trataba sobre la memoria.

21. Más tarde vino Marcelo. Trajo la tortuga que vi en la veterinaria, embalada en una caja. Está hibernando, dijo, es para vos. Lo hice pasar a la cocina. Miró a su alrededor. Tras encender un cigarro, mencionó a Irene. Le acerqué un cenicero. No comenté que Irene había estado sentada en esa misma cocina hace unas horas. Está rarísima, dijo. Me preguntó si podía hablar con ella. La vi una vez, nomás, le dije. No importa. Ella piensa que sos un pibe macanudo.

22. En honor a un viejo cantante de cumbias que murió durante la epidemia, la tortuga se llama Plinio.

23. Me baño. Es reconfortante sentir el agua caliente bajando por mi cuerpo. Me afeito. Irene llama a la puerta. Me demoro en abrir. Cuando lo hago, ella está al volante de un Peugeot. Tomo a Plinio y lo meto en mi bolsillo. Me subo. El auto arranca. Hay pocas nubes en el cielo.

24. El paisaje se despliega como la proyección de una película. En la radio pasan bossa nova. Tomamos la carretera. Aunque vayamos a más de 120 kph, me parece que no nos movemos.

25. Luego de cuatro horas, llegamos a la costa. Hace frío. Irene detiene el auto frente a la playa. Se baja. El viento le desordena el pelo. También me bajo. Caminamos hasta que el sol se pone. Nada decimos.

26. Regresamos al auto de noche. Siento el caparazón de Plinio en el bolsillo. Me siento bien. Me duermo. Cuando despierto ya estamos en la ciudad. Estoy seguro de que va a llover. Hace calor. Irene estaciona el auto.

27. Al día siguiente recibo la visita de Marcelo. Lo hago pasar al living. Desocupo una silla atiborrada de libros. Se sienta. Luego me dice temblando que tuvo que sacrificar a otro perro. No sé qué decir. Se queja de perder su sangre fría. También se queja del silencio obstinado de Irene. Me dice que llegó tarde anoche y la encontró en el living, sentada en el sofá con las luces apagadas. Tenía sabor a sal cuando la besó.

28. Le escribo a Marcelo: Donde nací solían poner cuerdas cuando arreciaba la tormenta. Supe de un hombre que nunca se recuperó de que las ráfagas se llevaran a su perro.
Después, rompo el papel.

29. En la noche pienso en Irene. Pienso en Nerón. Pienso en los amigos que no volvieron ¿Hablé de ellos aquí? Van leer estas notas cuando lleguen a casa y yo no esté. En el que más pienso es en Santos. A veces llegan sus cartas ¿A quién se le ocurre mandar cartas hoy en día? Las voy apilando, sin abrir, sobre la heladera.

30. Plinio duerme en su cajita mientras leo viejas enciclopedias en voz alta. Leo cualquier cosa al azar. Por ejemplo, leo la historia de Puyi, el último emperador de China. Leo que tras la revolución Puyi fue reeducado. Podaba plantas en el jardín botánico de Beijing durante el régimen de Mao Tse Tung.

31. Irene vino a verme. Me trajo un libro de regalo. Dijo que era suyo. Es decir que lo había escrito ella. Le dije que lo iba a leer, pero no es cierto. Se llama Manchas de humedad. Es casi inexistente. Dijo que era una historia sin atractivos, sonando como el crujir de una rama en un bosque donde no hay nadie.

32. Hoy quiero dejar pasar las nubes. Cartografiar el vuelo de una polilla. Por lo menos hasta que llegue el verano. Después me iré de este lugar y algún día seré totalmente mudo.

 

Este relato fue publicado con el título Es suficiente mirar una pared en el libro La proximidad del Tsunami. Zindo & Gafuri. Buenos Aires, 2015.

 

Foto: American troops treat a wounded dog on Orote Pennisula, W. Eugene Smith. LIFE Magazine, 1944.

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