Revista Intemperie

Detener el tiempo: Polaroids de Tarkovski

Por: Rodolfo Reyes Macaya
tarkovski

 

Un hombre y su hijo plantan un árbol en la costa. El árbol está seco y el hombre cuenta una historia tan breve como ejemplar. Hace mucho tiempo atrás, un viejo monje vivía en un monasterio. Un día plantó un árbol muerto en la ladera de una montaña y después le dijo a su joven discípulo que debía regar aquel árbol hasta que volviera a la vida. Cada mañana, el discípulo llenaba un balde con agua, subía la montaña y regaba el árbol. Cuando regresaba al monasterio, la noche había caído y el cansancio atenazaba su cuerpo. El discípulo hizo esto por tres años. Un día subió a la montaña y vio que todo el árbol estaba cubierto de retoños.

Aquello es parte de la primera escena de Sacrificio (Offret, 1986), la última película de Andréi Tarkovski, finalizada en el exilio, mientras el director era víctima de un cáncer terminal y sin embargo daba muestras de una fe inquebrantable.

Andréi, hijo del poeta Arseni Tarkovski y de María Ivanova Vishnyakova, había crecido en el campo durante la Segunda Guerra y luego había estudiado música hasta que su madre, con el objeto de apartarlo de las malas compañías que frecuentaba, le consiguió un trabajo de auxiliar en una expedición geológica en Siberia. Durante esos meses de soledad e introspección en la tundra siberiana, descubrió que quería dedicar su vida al cine y no bien regresó a Moscú se matriculó en el Instituto Pansoviético de Cinematografía (VGIK). Era 1954.

Veintitrés años más tarde había filmado cuatro largometrajes, entre ellos Andréi Rubliov (1966), un monumental fresco histórico articulado en torno a la biografía de un monje pintor de íconos durante las invasiones tártaras del Medioevo. Este tema, tan lejano a los preceptos del realismo socialista, no había agradado a las autoridades soviéticas y el film había sido exhibido en un horario absurdo en el Festival de Cannes y posteriormente prohibido en Rusia. No obstante, no tardaría en convertirse en una película de culto que entusiasmaría a toda una generación, entre ellos a un joven Roberto Bolaño, quien la narraría, o haría que uno de sus desesperados personajes la narrara en Días de 1978, de Putas Asesinas.

Para entonces Tarkovski también había empezado la redacción de las notas que conducirán al libro Esculpir el tiempo, donde expuso su credo estético y sostuvo que un director de cine es semejante a un escultor, aunque en lugar de quitar trozos de material solido como madera o mármol, con el objeto de encontrar la forma y la dignidad de la materia, quita trozos de tiempo.

En 1977, Tarkovski y Antonioni fueron los padrinos de boda del poeta y guionista Tonino Guerra. Los invitados del casamiento dijeron que el director ruso de cuarenta y cuatro años parecía un niño, porque había descubierto recientemente las cámaras instantáneas Polaroids y se regocijaba sacando fotos. Guerra escribió: “Por entonces Antonioni también solía usar una Polaroid. Recuerdo que en el curso de una localización de exteriores en Uzbekistán donde queríamos rodar un film —que finalmente no hicimos— regaló a tres ancianos musulmanes las fotos que les había tomado. El más viejo, nada más verlas se las devolvió con estas palabras: “¿Qué hay de bueno en parar el tiempo?”. Y añadía: “Tarkovski pensó mucho sobre el vuelo del tiempo, y quería conseguir una sola cosa: pararlo —aunque solo fuera por un instante, en las imágenes de la Polaroid.”

instant light

Una selección de las Polaroids de Tarkovski fue publicada por la editorial Thames & Hudson en 2006. El libro se llama Instant Light y su nombre hace alusión directa al carácter sorprendente que posee lo instantáneo. El milagro había sido el encuentro entre un aparato proveniente de Occidente y un cineasta ruso con inclinaciones místicas. Aquel era un aparato capaz de captar el recorrido de la luz sobre el papel e inmediatamente, en no más de 60 segundos, entregar una fotografía sin la necesidad de pasar por un taller de revelado. Un milagro técnico dotado, de pronto, del hálito piadoso que recreaban los trabajos de Tarkovski, para quien las obras de arte debían ser un modo de aproximación a una inmensidad intuida.

Estas Polaroids poseen una composición cuidadosamente meditada aunque ejecutada con cierto desprecio por el virtuosismo técnico. Son fotografías melancólicas, cuyas figuras –una isba, un perro, un árbol, una procesión, un bodegón– a menudo parecen difuminadas. A veces las Polaroids retratan sombras fugitivas y cuerpos en tránsito, buscando la resolución al enigma de su desplazamiento. A veces los tonos azules o a veces los tonos ocres redefinen las cosas de este mundo, sustrayéndolas al devenir implacable. Todas anuncian una epifanía; la revelación está pronto a suceder, pero el tiempo es detenido antes de que suceda.

Un hombre y su hijo plantan un árbol en la costa. El árbol está muerto. Si cada día, dice el hombre, hiciéramos el mismo gesto, como regar un árbol seco, seríamos capaces de transformar la existencia. Si cada día realizáramos el mismo gesto aparentemente insensato seríamos incluso capaces de vencer a la muerte y, en definitiva, de detener el tiempo. Toda obra debería de ser un sacrificio, un regalo tan grande como desinteresado. Andréi Tarkovski –según Chris Marker, “el único cineasta cuya obra se halla entre dos niños y dos árboles” –murió de un cáncer pulmonar, lejos de su tierra, en París, un día de invierno de 1986.

 

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