Revista Intemperie

El hiperrealismo de Sebastián Brahm: La vida sexual de las plantas

Por: Pablo Torche
la vida sexual de las plantas

 

El súbito accidente de Guillermo (Mario Horton), y los efectos que éste tiene en la relación con su polola Bárbara (Francisca Lewin, notable en su rol), sirven a Sebastián Brahm para realizar en su último film, La vida sexual de las plantas, una indagación cruda y sorprendente de los límites del amor.

De alguna forma, Guillermo nunca vuelve a ser el mismo después del accidente: olvida cosas, cede a lapsos esporádicos de violencia, y desarrolla cierta obsesión sexual (quizás la que llevamos todos dentro, sólo que en su caso menos contenida). Este fortuito quiebre en su personalidad sirve a Brahm para explorar la fragilidad de la identidad humana, tema que ya había abordado (quizás de forma un poco más cerebral), en la arrojada, a ratos surreal “El circuito de Román”.

En ‘La vida sexual de las plantas” no hay nada surreal, todo está apegado a un estricto realismo, uno que aparece poco en la pantalla grande, menos en la chica. Una cámara fisgona penetra en nuestra intimidad más frágil, la de los regaloneos de pareja, los pequeños egoísmos y arribismos cotidianos y, sobre todo, la soledad, esa que nos envuelve a todos, adonde quiera que vayamos, no importa cuán acompañados estemos; También registra la sexualidad, una sexualidad cruda, hiperreal, que sirve de alguna forma para trazar los distintos momentos de la cinta, en particular los intentos de Bárbara de salvar su relación con Guillermo.

A través de una notable dirección de actores, La vida sexual de las plantas ofrece una aguda mirada de la sociedad (chilena) contemporánea, construyendo tipos y situaciones sociales completamente convincentes, que a ratos recuerdan el realismo neurótico de Woody Allen, pero que con más frecuencia se pierden en la exploración inmisericorde de individualidades aisladas, incapaces de salir de sí mismas, desgajadas de cualquier tipo de relato político o histórico más amplio, que les dé sentido. Así, a través de las vidas de estos personajes aislados y solitarios, envueltos en una fallida historia de amor, la película logra transmitir el “momento” del Chile actual, de manera más fidedigna que otras cintas que parecen proponerse de modo más explícito dicho objetivo.

La cámara obsesivamente cercana refleja bien la asfixia de vidas centradas completamente en sí mismas, sin conexión con el entorno y la historia; seres cuya tragedia consiste simplemente en no contar con un trasfondo moral que les dé sentido a sus tragedias. Así, guiados únicamente por sus caprichos, ni siquiera por su subjetividad (una flor, una terraza), estas vidas parecen siempre al borde de un vacío morboso, el cual únicamente la protagonista parece percibir.

Si la película sirve como metáfora del mundo de hoy (¿por qué no podría serlo?), esto es lo que somos: seres solos, preparados únicamente para administrar vidas exitosas y felices, pero completamente inermes ante el fracaso, aterrorizados ante la soledad y –aunque sin darnos cuenta de esto–, buscado desesperadamente el amor. Una película sorprendentemente reveladora e incluso revitalizante en su crudo realismo

 

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