Revista Intemperie

Marx hoy (…o no tanto)

Por: Pablo Torche
karl marx

 

Tengo que reconocer un cierto grado de frustración al no poder unirme al coro de voces que han alabado esta última biografía del genial pensador alemán, publicada hace algunos años por el periodista inglés Francis Wheen, y presentada para el público hispanohablante recién el año pasado (Karl Marx, Edhasa 2015).

Adornada con una flamante portada roja, y encomendada en la contratapa por autores tan distintos (o quizás no tanto), como Nick Hornby y Niall Ferguson, la había visto también sugerida por una serie de medios nacionales (desde sitios on line hasta revistas de papel couché), como un buen trabajo de investigación y análisis, y hasta como una lectura agradable para la playa.

El enfoque de Wheen es fundamentalmente personal, el objetivo es desentrañar a “Marx, el hombre”. Supuestamente esto es algo que no se había hecho hasta ahora, aunque yo disiento: lo que pasa es que el tipo de hombre que nos interesa desentrañar detrás de Marx, ha mutado mucho a través del tiempo.

Como sea, Wheen ciertamente cumple su propósito de presentar las vicisitudes personales de la vida de Marx con gran viveza y detalle. Asistimos así a sus perennes penurias económicas, los problemas de salud de sus hijos, el hábito constante de requerir apoyo económico de Engels (referido en la traducción española con el verbo “sablear”, repetido hasta el hartazgo), algo de su relación con su esposa Jenny y, muy de pasada, con las otras mentes revolucionarias de la época.

Para esto Wheen descansa casi exclusivamente en el epistolario de Marx, y un par de semblanzas personales dejadas por su mujer y su hija Eleanor. No digo que estos documentos no sean valiosos y, de hecho, las cartas –tanto por lo que dicen como por lo que no–, me parece que constituyen un camino privilegiado para acceder a la verdadera personalidad de personajes históricos. Sin embargo, la biografía de Wheen no agrega mucho a estos documentos, y a lo largo de extensos pasajes se transforma simplemente en una exposición, cribada y ordenada, de los eventos que Marx relata en sus cartas.

Este procedimiento es relativamente útil para ilustrar las andanzas, pesares, gustos e incluso “mañas” de Marx, pero falla completamente a la hora de discutir su pensamiento y más aún de inscribirlo y ponerlo en tensión con las otras corrientes intelectuales de la época en la que surgió. El contexto histórico, en particular el que está más allá de Inglaterra (donde Marx residió la mayor parte de su vida), se menciona de manera muy gruesa, sin análisis alguno. Así, desde las revoluciones de 1848, hasta la comuna de París, aparecen apenas como telón de fondo, como una escenografía distante y frágil para las aventuras personales del protagonista.

El resultado es un Marx ciertamente muy “humano”, pero carente de un marco de ideas que guie y dote de sentido a su accionar. Esto es, en general, un estrechamiento importante en un enfoque biográfico de cualquier persona, pero en el caso de un hombre como Marx, que pasaba la mayor parte de sus días encerrado en la Biblioteca británica, constituye un cercenamiento que termina por adelgazar su personalidad hasta el límite de la frivolidad.

Marx termina así convertido un poco en un personaje de historieta, un viejo querendón de su familia, aunque un poco gruñón, cuyos días se reparten (aparte de pergeñar ensayos incomprensibles), entre inventar estratagemas para no pagar a los acreedores, y sacarse los furúnculos que constantemente le aparecen en las partes menos propicias del cuerpo.

Un poco para paliar esta visión más heterodoxa del célebre barbón, Wheen intercala de vez en cuando ciertos pasajes aislados de El capital, que supuestamente expresan pronósticos extremadamente acertado de la realidad actual del capitalismo (ampliación del comercio internacional, acumulación del capital, etc.). Francamente, no creo que la potencia y valor del pensamiento de Marx se juegue en el grado en que le “achunta” a algunos rasgos generales de nuestra época, y el objetivo un poco oportunista de validarlo por este medio, termina en verdad por trivializarlo un poco.

En un sentido más amplio, Wheen parece proponer una lectura de El capital, principalmente como una especie de trabajo artístico, lo que resulta aún más problemático. Marx era sin duda un gran estilista, proclive a las referencias literarias, pero de ahí a aprovecharse de un par de comentarios al pasar en sus cartas, para asegurar que su summa ideológica es simplemente un trabajo satírico, al estilo del Tristam Shandy (novela satírica inglesa del siglo XVIII), me parece que hay un salto excesivo.

La biografía de Wheen ciertamente provee una lectura amena, no carente de interés, pero por sobre todo me parece que ofrece un Marx sintomático de los tiempos que corren: una especie de producto cultural un poco raro, al cual durante décadas se observó con temor, pero al que ahora, cuando ya ha sido despojado de cualquier rasgo que podría parecer riesgoso, es posible observar más de cerca, para comprender a cabalidad el “hombre” detrás de ideas tan terroríficas. Marx se absorbe así como una parte más del discurso políticamente correcto de la época contemporánea, pero a costa de desactivar su crítica más profunda al decurso de la Modernidad hasta nuestros días. Un Marx “personal” pero inofensivo, hábilmente ajustado a los paladares contemporáneos, pero que tiene poco que decirle a los tiempos que corren.

 

Karl Marx

Francis Wheen
Edhasa, 2015

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