Revista Intemperie

La regresión de Leppe

Por: Drago Yurac
12.10.05 CARLOS LEPPE. ARTISTA VISUAL CARLOS LEPPE

 

Ante el reciente fallecimiento de una figura del arte chileno el pasado 15 de octubre de 2015, artista pionero en el área performática y subversivo en relación a la institucionalidad estética; se motiva una nueva revisión de uno de los trabajos emblemáticos del artista. La obra o performance “Los zapatos” (19 de octubre del 2000) de Carlos Leppe permite un largo marco hermenéutico dada la efectiva explotación del lenguaje del cuerpo. La obra se presentó en las afueras y en el interior del MNBA, en la inauguración de la tercera parte de la exposición Chile: 100 años de Artes Visuales. Nelly Richard describe el cuerpo como “el cruce entre lo individual (privado) y lo colectivo (público)”. Desde que el cuerpo de Leppe, como soporte artístico, entra en la zona performativa del arte; se develan los conflictos más íntimos (tal vez inconscientes) en un contexto público, de una forma que solo se podría dar en el arte efímero.

La obra efímera se caracteriza por el abandono del soporte mediador y el mensaje artístico se transmite, podríamos decir, casi sin filtros, dado que el cuerpo es inmediato. Este proceso anti-ilusionista es crucial para entender la obra. La acción inicia en el momento en que un taxi deja a Leppe en la vereda, quien transita arrastrándose desde el frontis del museo de Bellas Artes hasta una sala plagada de elementos simbólicos, como el montón de pelos con la virgen encumbrada, las voces grabadas de su madre reproduciéndose, y la caja desplegada con varios objetos usados en obras anteriores de Leppe, caja que es arrastrada junto a los zapatos desde el comienzo de la performance. En el peregrinaje va gritando “la gruuuta” mientras le cuelga del cuello una pizarra que tiene escrito con tiza: “Yo soy mi padre”. Cuando se sienta de espaldas a la montaña de pelos, desmonta la caja con algunas piezas entre las que destacan una botella con agua de la que toma un sorbo y que luego mezcla con caca usando como plato un emplaste que en seguida se colocará en la cabeza. Arriba de este pone una vasija de pene, todo esto mientras grita sobre lo que escucha de su madre o lo que está haciendo. Después de borrar lo que tiene escrito en la pizarra, entra en un llanto que termina haciéndole perder la consciencia recostado sobre la mata de vellos. De sorpresa unos trabajadores de la construcción le van sacando las cosas que tiene para arrastrarlo como una foca hasta la salida del museo, bajando por las escaleras y luego con esfuerzo lo suben al taxi para que parta.

leppe

“La gruta” como elemento simbólico actúa aquí como analogía, donde el museo es una caverna oscura donde tendrá que afrontar sus fantasmas o miedos. Es por eso que, reiterando, el cuerpo transita la frontera entre lo biográfico-individual (el conflicto de la familia: padre fugado y la reciente muerte de la madre en ese entonces) y lo simbólico-comunicativo (los objetos presentes y la misma presentación de Leppe durante la obra). De esta forma Leppe ocupa su cuerpo como autorretrato revelador, en una especie de autoinmolación inscrita en la dialéctica cuerpo-obra y cuerpo social. A pesar de que la tensión de los parámetros culturales con su yo íntimo también está presente como en obras anteriores, esta vez se adentra profundamente en las zonas oscuras de su individualidad biográfica. El arrastrarse como un bebé, gritar por los padres y jugar con elementos esenciales de la identidad instintiva humana (caca, vello, órgano sexual) no es sino una regresión, en los términos más duros del psicoanálisis.

Lo característico es que esta regresión no se da en un nivel subjetivo-reflexivo (como podría darse en una terapia) sino que en uno simbólico-expresivo, de una forma que, como ya se dijo, parece ser que solo se podría dar en una performatividad artística, explotando lo explícito más que lo implícito. Como se mencionó anteriormente, esta obra es anti-ilusionista, porque el ilusionismo está basado en la represión de los impulsos instintivos y aquí se demuestra todo lo contrario. Nelly Richard argumenta que Leppe hace una parodia al rol interpretante del psicoanálisis, pero esta obra parece comunicar un mensaje que no solo es simétrico con la vasta teoría psicoanalítica, sino que la profundiza al hacer de su conflicto algo explícito y expresivo, desatando impulsos instintivos que permanecen en tensión en la psiquis, pero que en la performatividad (como una zona) se hacen patentes en una forma de reintegrar la sexualidad al ser humano, una “fenomenología psicoanalítica del cuerpo” a través de la regresión. Este “ir hacia atrás” implica reabrir un conflicto edípico (el cartel que dice “Yo soy mi padre” que arrastra Leppe) desde la mirada hipersexualizada del niño, ya sea en su etapa oral (tomar agua de la botella), su etapa anal (excremento como narcicismo) y en su etapa genital (el pene en la cabeza de Leppe). Tal exploración de los conflictos internos, que el discurso de la madre ayuda a ponerla en contexto al hablar de situaciones relacionadas a sus primeros años, es develado en la obra y una vez más Leppe muestra la castración como su gran conflicto interno, tal vez relacionado con el abandono del padre como hecho que influye en la identidad sexual en permanente tensión. Mellado en su análisis de la obra describe a los zapatos como “simbolización bisexual que se remonta de manera irreprimible al arcaismo de una infancia que ignora la diferencia de los sexos”, estableciendo la forma del zapato como representante de la genitalidad masculina en su forma convexa y la femenina en el forma cóncava que envuelve al pie.

Finalmente podríamos decir que la obra es íntima y ensimismada, en tanto el público pasa desapercibido y de espectador de un ritual regresivo. Esto marca el contraste con el trabajo performático de Francisco Copello, ya que él ocupa al público espectador como eje de su mensaje, es decir, su expresión es más teatral que ritual. Este contraste del contexto público marca también un contraste de intensidad en la expresión performática del cuerpo. El grado corporal en el caso de Leppe es medido bajo la propia indagación del pasado pero representado como una expiación al alero de una zona artística que es aprovechada para canalizar los flujos internos al ámbito público.

 

Fotos: latercera.com / justopastormellado.cl

 

Por más información revise: Márgenes e Instituciones, de Nelly Richard; Chile, Arte actual, de Gaspar Galaz y Milan Ivelic; El concepto de filiación y su intervención en la periodización del arte chileno contemporáneo, de Justo Pastor Mellado, este último recuperado aquí.

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