Revista Intemperie

Hermandades y amistades

Por: Joaquín Trujillo
van gogh

 

La hermandad y la amistad tienen una afinidad antigua. Se habla de “amigo fraterno” para describir una amistad más honda e intensa.

Menos se habla de un hermano amigable.

Pareciera ser que la amistad no es capaz de profundizar la hermandad. Pero no tiene por qué ser así, a pesar del sentido común de las expresiones.

Se trata de vínculos de naturalezas muy distintas.

Hay hermandad no exclusivamente en la relación filial. La ha habido también en el vínculo religioso. “Hermano (espiritual)” es así todo miembro de la misma religión. El cristianismo y el Islam están llenos de estas hermandades que no son necesariamente de sangre ni suponen forzosos lazos de amistad. Pero la confianza mutua suele serles primordial.

Cuando hay amistad por fuera de estas hermandades (sean de sangre o espirituales), adquiere la amistad un cariz más propio. Es —por así decirlo— una amistad propiamente tal que no se deja resumir en las hermandades.

La identidad política comparte con la religiosa su calidad de hermandad. Hay al interior de los partidos políticos como de las religiones enemistades declaradas, que nutren incluso facciones, pero que no alcanzan a quebrar la identidad compartida.

Una fuerza aglutinadora similar opera en la identidad nacional y la étnica. La temporal enemistad de sus miembros no quiebra el ánfora común.

La enemistad muchas veces no alcanza para quebrar la hermandad. Otras veces sí. El relato bíblico de Caín y Abel es un buen ejemplo. Se trata de una hermandad destrozada por la enemistad, más bien unilateral.

Pero también ocurre (y he aquí nuestro punto) que la amistad triunfa a pesar de las hermandades. Es decir, aunque muchas hermandades se tienen mutua aversión e incluso algunas han sido en buena parte construidas sobre ese antagonismo, la amistad sí prospera.

Y este es un valor que debemos más a los paganos que a las religiones hoy conocidas. Parece ser un valor nacido del Imperio Romano y cultivado durante la Edad Media. Los filósofos Jacques Derrida y Peter Sloterdijk han reflexionado sobre estos asuntos. El segundo ve en Cicerón a un pregonero de la amistad en el mundo romano. El historiador francés Marc Fumaroli descubre en Petrarca al fundador de una república de amigos epistolares.

Es posible que el apóstol Pedro haya sido inicialmente amigo del centurión romano Cornelio. Con el tiempo, Cornelio se convirtió en cristiano. Dejó ser pagano. Un ángel lo empujó hacia la hermandad. Fue entonces más que un amigo: fue un hermano espiritual. El primer hermano no judío.

¿Fue “más que” en efecto?

Sí para los cristianos. Para los romanos, más pudo haber parecido una amistad quebrada por las exigencias de la hermandad.

La tensión entre la hermandad y la amistad es muy complicada. Tal como la creación de una nueva familia es también la creación de una nueva hermandad, sucede que los vínculos de pareja pueden ser descritos como vínculos que hermanan. No es causal que una idea del romanticismo sugiera que marido y mujer son mutua elección de hermana y hermano fuera del núcleo familiar de origen, asunto que tendrá en la antropología posterior un desarrollo fecundo.

Y es por eso que la pregunta sobre si es posible la amistad entre sexos (que a estas alturas es una cuestión harto añeja) tenía su sentido. En un principio, parecía que la amistad no podría sobreponerse a una hermandad originaria ni posible.

Familia, religión, partido, nación, etnia son formas de hermandad.

Mientras que la amistad con dificultad se abre espacio en los intersticios que deja la aglomeración de hermandades.

Así, la amistad es un consentimiento mutuo que no debe ser reconducido a la hermandad ni se le deben imponer sus exigencias. Así, para efectos de la vida política tal vez sea mejor un hermano amigable que un amigo fraterno.

Pero, cuidado: no es que la hermandad sea enemiga de la amistad. Más bien —entendidas así—, la hermandad tiene algo de condición de posibilidad de la amistad. Un mundo solamente de amistades, no surcado por los valles transversales que son las hermandades, más se parece a un mundo donde prospera una única hermandad, quizá una planicie.

En tiempos de crispación, donde las identidades hermanadoras pasan revista y ordenan sus filas, en que muchos buscan la protección de esas fortalezas que fueron la ciudad amurallada, el castillo, el monasterio, el solar o sea, los recintos de la hermandad, cuidemos aquello que ha surgido en los descampados, a las intemperies. Cuidemos la amistad. Ese misterio.

Pero también cuidemos a las hermandades de quienes ven en ellas puro contubernio. Un misterio hace al otro.

 

Foto: Kirk Douglas como Vicente Van Gogh y James Donald como su hermano Theo, en Lust for Life de Vincente Minnelli y George Cukor, 1959

 

Joaquín Trujillo Silva. Abogado. Investigador CEP, Profesor invitado U. de Chile

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