Revista Intemperie

Si ellos vieran

Por: Nicolás Poblete
alongi

 

A continuación, un extracto de la última novela de Nicolás Poblete, ‘Si ellos vieran’, a publicarse el 27 de Abril por Editorial Furtiva

 

Pero a quién le puede importar ahora lo que pasó en ese entonces… Quién se estremecería con espíritus añejados por dos décadas. Los fantasmas de la casona. Tablones de madera desvencijados en la habitación en la que se ha instalado Victoria. El armario enorme que tiene una puerta a escala humana.

No quiero que te entrometas, que te introduzcas por mi canal auditivo; que te internes en mis pensamientos.

Hacia el mar, se propone Victoria, pero está en la cama. Cree que pensar en otro escenario, en el exterior, en una caminata hacia la playa quizá le ayude a relajarse, a dormir. Es posible que todo sea producto de su cansancio, del largo viaje. Está exhausta, sí, es necesario respirar profundo y pensar que la noche pasará pronto. Imaginar el agua del mar, jeroglíficos en la arena, algas rastreras, cochayuyos dibujando letras entre pequeñas piedras. Hacia el Océano Pacífico.

¿Por qué me haces creer que estás pasando detrás de mí, si no es así? No te deslizas a mis espaldas, entonces ¿qué hace que el vapor salga?

La lluvia floja y prolongada toma la forma de una presencia, una silueta en la ventana sin cortina. Algo, alguien. Es un aroma que se cuela por una grieta del marco, como luz, como oscuridad que traspasa el cristal. Un cuerpo moviéndose en su pieza. Del foco surge una emanación; la ampolleta que le han recomendado no usar. Sólo la ha encendido para cambiarse de ropa y meterse en la cama, y aun así del foco apagado parece drenarse un olor intenso y agrio; piel chamuscada, putrefacta.

Y el cuello adolorido, tenso sobre la almohada; vértebras duras. Hasta el chasquido de los huesos es necesario reprimir; ningún ruido debe brotar de su cuerpo; tiene que saber qué es lo que está pasando en la habitación, dentro de esas paredes.

Pasos en el suelo, arrastrándose por la superficie de madera que rechina en la noche, y los labios tiritando. Aterrada en la cama, inmóvil, casi totalmente paralizada, salvo los labios y el castañeteo de los dientes. Nunca antes ha escuchado un eco semejante, un gemido tan extraño. Innegable. Evidente: la presencia.

En la cama el frío la ronda, una corriente repentina que parece provenir del armario, la estructura enorme dentro de la cual puede caber una persona, esconderse. Dos personas incluso podrían ocultarse en el ropero que se retuerce, el contacto de su madera con el de la madera del suelo. Y la noche eterna donde se pierde la noción del tiempo.

Victoria no es capaz de calcular el paso de las horas, no puede saber cómo se prolongan los sonidos, los lamentos que no se detienen, no se cansan, se aprovechan de la oscuridad y del aire helado para deslizarse por las paredes, desplazándose sobre ella hasta rozar sus pómulos; para entrar y salir de la habitación, refractarse en la ventana y desviarse hacia el armario.

No es su imaginación, piensa, es imposible negar la presencia de ¿alguien? Agazapado, deslizándose. De pronto una sensación de infantilismo. Victoria siente el impulso de llamar a su tío, pero no puede salir de la cama; una estela, una oscuridad la atrapará si abandona, si se aventura más allá de ese rectángulo elevado sobre el nivel del suelo y que podría ser una boya flotando en el océano. Mejor aguantar.

Duda; no hay alivio, ninguna verdad o auxilio divino, como en otras ocasiones donde el rezo puede calmar, la repetición de los versos un relajo en sí mismo. Llorar, semejante al llanto. Como en la angustia, en la decepción, llorar es fácil, es consecuente y sanador. Y rezar también. Pero esta noche ha hecho a Victoria ser consciente del miedo, una silueta, una nube opaca y desconcertante que contiene su existencia: inconfundible. Y una asociación: la imagen de su abuela muerta bajo sus ojos. Ya no humana.

Esa forma puedes ser tú.

Miedo a la oscuridad, sola, ya sin vergüenza de reproducir una y otra vez el rezo; y así no entrar en la locura.

Sólo cuando ve aparecer un chispazo en el cristal comienza a respirar con más calma. Victoria se da cuenta del fulgor que hace a la ventana iluminarse y permite que el piso de madera resalte. La luz del día ahuyenta los lamentos; el oído los escucha alejarse desganados, como a la fuerza, requeridos en otro lugar o vetados por el sol y la animación de las criaturas diurnas.

 

***

 

«Si te vienes por la Avenida España, vas a ver la torre que sobresale por una leve colina. Si te fijas bien verás las escaleras que bajan hasta la playa de rocas. Si preguntas, aún hay gente en Valparaíso que conoce “la casona”, o que por lo menos ha escuchado hablar de ella».

Fantasmas. Dudando un instante, pensando estoy imaginándolo, debo estar inventándolo.

Comprendiendo no, no es una ilusión.

Aún hay una voz, un llanto que sigue los pasos de Victoria hasta el patio. En el jardín se diluye con el viento, se mezcla, y, finalmente, se esfuma. Las gaviotas, hambrientas como siempre, gritan sobre su cabeza. Chillidos urgentes, despiadados; metal contra metal, maquinaria oxidada forzada a marchar. Hálito desvencijado escapando por el aire salado, amplificado en un eco impúdico que hiere los oídos.

«Tío, ¿puede que haya alguien en la casona? Es grande, quizá alguien…».

Las voces se han ido pero resuenan en la cabeza de Victoria a medida que camina por la calle Condell y sus ojos se deslizan por las mercaderías, las vitrinas; mientras observa alarmada las casas a punto de precipitarse por los cerros. Una casa cayendo en cámara lenta: funicular.

Los gemidos siguen reptando en torno a sus sienes cuando entra al café donde hay un hombre leyendo poemas. Tiene una voz dulce. Victoria cierra los ojos y, como en un rezo, las palabras llenan sus oídos, penetran en su cuerpo. Música: los versos que el hombre lee de un papel en su mano. Victoria tiene los ojos cerrados, no necesita abrirlos para saber que él la está mirando.

En el bar, el resto de la gente conversa en voz baja.

En la barra una mujer toma un café en silencio mirando al poeta.

Cuando Victoria abre los ojos, la respiración que la ha atormentado durante la noche y que la ha seguido en su caminata ha desaparecido. Un artificio, un truco murmurado por los labios del poeta. Los versos han ahuyentado las voces.

Victoria le paga al hombre por el papel escrito, el poema que ha recitado. Cuando sale del café él la sigue, le toma un brazo y le dice: «El poema no es mío, quiero que lo sepa. Tienes acento argentino, ¿eres argentina? ¿Conoces a nuestra poetisa? El poema es de ella, nadie la puede imitar. Quiero que lo sepa. No quiero engañarla… confundirla. Gracias».

Victoria se encuentra en la Plaza de la Victoria, luego camina por la Avenida Argentina. Los llantos han de haberla conducido hasta ahí. Piensa que es importante recordar el nombre propio de vez en cuando. Y es importante saber el nombre del país en el que se ha vivido por casi toda la vida.

Victoria camina por la Avenida España, la avenida paralela al mar que va desde Valparaíso a Viña del Mar; se detiene en uno de los miradores que son entradas pavimentadas sobre el agua. Observa el plano que muestra varias especies de aves, la descripción de cada pájaro bajo sus dibujos. Victoria mira el plano, protegido por una lámina de acrílico, y lee su encabezado: «Desde aquí podrás observar».

El plano es el mismo que ha visto en su paseo por el Castillo Wulff.

Mira a su alrededor para comprobar si el cartel dice la verdad. A lo lejos hay pájaros, pero no los alcanza a identificar, no podría decir si las aves son las mismas que la leyenda pronostica, o si son otras que el anuncio no ha contemplado. Bajo sus ojos el agua espumosa cubre las rocas, se desliza sobre ellas esparciendo melenas blancas, cabellos canosos que se extienden y desaparecen, como magia.

No quiero engañarla… confundirla.

Victoria ha estado inclinada sobre el cartel que describe las aves de la zona. El aire está helado y Victoria lo aspira mientras curva su espalda hacia atrás y sus orejas casi topan los hombros con el arqueo del cuello. Sobre su cabeza una V de pelícanos cruza por sobre el acantilado; dos de ellos se separan, quiebran su estructura y Victoria ve dos líneas de aves alejándose a ras del agua. El viento tironea su pelo, lo desordena y hace que golpeé en sus mejillas.

Victoria piensa que el cráneo es el hueso que está más cerca del cielo.

 

Ilustración: Bárbara Alongi

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