Revista Intemperie

Las películas de superhéroes como genocidio cultural

Por: Andrés Olave
deadpool

 

Las películas de superhéroes viven una edad dorada. Los estrenos se suceden lo mismo que las filas a las entradas de los cines y las recaudaciones millonarias. Historias que décadas atrás no era posible filmar por los elaborados efectos especiales que requerían, puestas en escena como las de Spider Man por sobre los rascacielos de Manhattan, o las complejas escenas de batallas en Avengers ahora pueden ser recreadas a costos admisibles para la industria y que deja contentos a todos, o mejor dicho, a casi todo el mundo.

Hace poco leí las declaraciones del prestigioso director Alejandro Gonzáles Iñárritu, quien decía que las películas de superhéroes constituían un genocidio cultural. Si bien Gonzáles Iñárritu reconoce lo divertidas que pueden ser estas películas, se apura en señalar un problema: “son bastante de derecha. Siempre veo a los superhéroes como gente que mata a otra gente porque no cree en lo que dice creer, o porque no son aquello que quieren que sean.”

El problema es interesante considerando su amplitud. Hace rato que el público que sigue este género dejo de pertenecer al estereotipo del hombre gordo de la tienda de historietas que aparece en Los Simpsons, para extenderse a buena parte de la población menor de 25 años. Películas como la recién estrenada Deadpool, clasificada R en Estados Unidos buscan, a través de bromas subidas de tonos, violencia explicita y escenas con contenido sexual, aumentar el target hasta el público menor de 35 años y fortalecer aún más el imperio que Gonzáles Iñarritu deplora.

Pero ¿por qué gustan tanto las películas de superhéroes? Porque el director de The revenant lleva la razón cuando dice que son de derecha y hay claros ejemplos, como cuando Batman en The dark knight interviene todos los celulares de ciudad Gótica para dar con el paradero del Joker. La acción, que Batman justifica por ya no tener mejores medios a su alcance, de todas formas refleja una postura de superioridad moral (yo puedo hacer lo que nadie más puede hacer) y que se cobija en su supuesta incorruptibilidad. El superhéroe, como el übermensch de Nietzsche, quien está por encima de los códigos y reglas que rigen para todos nosotros.

También las películas de superhéroes suelen ser inmaduras. Pienso en la fallida Green Lantern (2011) donde Ryan Reynolds no se piensa demasiado el origen de sus poderes y hacer ostentación de ellos como forma de ganarse la admiración de sus amigos y el amor de la chica de turno. La fantasía de realizar un salto evolutivo del hombre corriente al macho alfa (o súper alfa) y que haría que Richard Dawkins se riera a carcajadas. Donde no hay ninguna reinvención en curso y solo se busca reforzar aún más la creencia que mientras más rico, poderoso o influyente seas, mejor persona serás.

Gonzáles Iñarritu dice: “los espectadores padecen una sobrexposición de este tipo de tramas y explosiones y mierda que no habla para nada de lo que significa ser humano”. Pero ¿qué significa ser humano? Quizás, entre otras cosas, ser humano implique aceptar la propia fragilidad, las posibilidades acechantes de la derrota, la enfermedad, la locura y la muerte. De espaldas a dichas posibilidades (que en verdad son certezas) todo empieza a descuadrarse.

En Man of steel, Jor-El, el padre de Superman le dice a su hijo: “Le darás a la gente de la Tierra un ideal a perseguir. Ellos irán detrás de ti. Tropezarán. Caerán. Pero con el tiempo se unirán contigo en el Sol.” Es una promesa bella pero imposible. Justamente en los adelantos de la siguiente película de Superman, vemos como el superhéroe de la capa roja es rechazado por ser considerado un dios falso y un peligro como la humanidad, y donde tanto Batman como Lex Luthor pondrán lo mejor de su parte para destruirlo. La humanidad que rechaza al final lo que va más allá de sus límites y que acaba por desdibujarla y hacer que se olvide de sí misma.

En El sexo y el espanto Pascal Quignard se permite recordar el encuentro entre Sócrates y el pintor Parrasio. El filósofo interroga al artista sobre la naturaleza de su arte y su método para alcanzar la belleza. Sócrates dice: “Si quieres representar formas bellas, como no es fácil encontrar a un hombre en quien todo sea irreprochable, reúnes a varios modelos. Tomas de cada uno lo más bello. ¿Entonces compones así un cuerpo bello?” El pintor asiente y Sócrates se indigna: “Pero, ¡cómo! Lo más sugestivo que es existe, lo más suave, lo más conmovedor, lo más apreciado, lo más digno de ser buscado, lo que más deseamos, que es la expresión del alma, ¿no la imitáis?”

He ahí quizás la razón última de porque tener ciertos reparos ante las películas de superhéroes: obsesionados y fascinados por la grandeza superficial de esos dioses inexistentes, ¿no dejaremos de lado más fácilmente lo que en verdad somos? Heidegger tenía esa bella expresión “el olvido del ser” para cuantificar el problema de perder de vista lo complejo del mundo y la propia fragilidad. El juego de cerrar los ojos frente al espejo, y poner en su lugar lo supremo y lo que nunca ha existido. Un escape permanente que quizás no nos permita nunca volver a casa y que justificaría al final los temores de Gonzáles Iñarritu.

 

Foto: Deadpool (fotograma), Tim Miller, 2016

 

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