Revista Intemperie

Donald Trump o el triunfo de la locura

Por: Andrés Olave
donald trump

 

La prensa norteamericana vive días de desencanto. Si bien las encuestas ya habían augurado la cercanía del empresario Donald Trump al primer nivel de preferencia, nadie pudo o quiso vislumbrar su aplastante triunfo del Súper Martes y que, de no mediar una revuelta en el consejo del Partido Republicano, implicará que el empresario de 69 años será un serio contendiente para, a estas alturas, una indefensa Hillary Clinton.

En efecto, hace un par de meses nadie daba un peso por Trump y su retórica agresiva que incluía ir a una guerra comercial con China, expulsar a todos los inmigrantes que hay en Estados Unidos (aproximadamente 11 millones de personas), negar el cambio climático, incitar a la tortura contra los agentes enemigos de América y, la guinda de la torta, construir un muro tipo Gran muralla China a lo largo de toda la frontera de México con Estados Unidos. En esencia, un payaso montando un circo, jugando a ser el candidato más extremo de todo el abanico y viendo que tan lejos puede llevarlo tal apuesta. Y helo aquí, a punto de ser nominado candidato republicano y con serias opciones de ser presidente del todavía país más poderoso del planeta.

Los estudios electorales dicen que el público de Trump está compuesto en su mayor parte por el segmento de población blanca sin estudios superiores, la clase media baja y las clases trabajadoras. Son los sectores que más han sufrido los recortes presupuestarios de los últimos diez años, que disponen de escasos beneficios sociales y quienes más se han sentido perjudicados por la llegada de mano de obra extranjera. Son ellos los que sueñan con la promesa de Trump de hacer a Estados Unidos grande de nuevo sin importar el giro a la ultra derecha que eso implica.

Pero pensemos que tan peligroso es en realidad Trump. En muchas ocasiones, los candidatos presidenciales utilizan un discurso incendiario para alcanzar el poder y luego, una vez obtenido, mutan instantáneamente a políticos moderados, meros administradores que intentan sacar adelante el gobierno sin sobresaltos –pensar por ejemplo en Ollanta Humala, contrastar lo agresivo de su campaña con lo tibio de su gobierno. Si Trump fuese esta clase de candidatos no habría demasiados problemas, o sería simplemente el mismo problema que se tiene con todos los políticos en la actualidad: que fingen ecuanimidad y seriedad mientras puertas adentro sacan la mayor tajada posible para sí mismos y para sus parientes y aliados.

Sin embargo, el verdadero problema radica en que Trump sea un creyente feroz de su propio discurso. Los medios liberales de Estados Unidos se horrorizan ante tal posibilidad. El New York Times lo llamó “un turbio y grandilocuente mentiroso”. Los Angeles Times lo acusó de “racista, matón y demagogo y de no ser adecuado para el trabajo de Presidente de los Estados Unidos”. Incluso los creadores de la visionaria South Park, Matt Stone y Trey Parker hicieron una parodia para advertir de los reales peligros de que Trump alcance el poder: 

“Había varios candidatos en las elecciones canadienses. Uno de ellos era un idiota descarado que decía lo que pensaba. En realidad, no daba ninguna solución. Solo decía cosas indignantes. Creíamos que era divertido. Nadie pensó de verdad que podría ser presidente. Era una broma. Pero dejamos que la broma se alargara demasiado. Él siguió ganando adeptos y cuando todos estábamos preparados para decir, “Bien, ahora pongámonos serios. ¿Quién debería ser el presidente de verdad?”, él ya había jurado el cargo. ¡No habíamos prestado atención!”

Hace poco una editorial de El mercurio criticaba la acidez de los humoristas del Festival, decía que extender tan abiertamente el descontento podía en época de elecciones favorecer a un candidato populista y de ideales extremos. No lo decían pero estaban pensando en Trump (un Trump de izquierda, claro). Es la inversión de los valores clásicos de racionalidad en que el candidato más apto y más justo (y pensemos en la campaña de Barack Obama) resulta elegido y es en cambio, el loco, la primera carta del tarot la que resulta ganadora.

Pienso en los electores de Trump: los postergados, los sufrientes, los desempleados. Si la desesperación campea a sus anchas en toda esa América Profunda es comprensible que dichas almas hayan sido hechizadas por el discurso demagogo de Trump y por eso le siguen. Pero no puedo creer que esa sea la totalidad de sus electores. Creo que también están esos otros, que no se han dejado engañar, que saben perfectamente quien es Trump y el carnaval de locura que puede desencadenar y conscientemente adhieren a esa clase de futuro. Hombres que sueñan con ver arder el mundo, como dicen en The dark knight. El tiempo de la venganza de los enajenados y que parecen decir: “que si mi vida es un manicomio, pues que el país completo también lo sea”.

 

Foto: Washington Post

 

Artículo publicado originalmente el 10/03/2016

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