Revista Intemperie

Cinco libros de poesía del 2015

Por: Fernando Pérez Villalón
poesia 2015

 

Se acaba febrero, y mientras se nos viene encima marzo intento decantar por escrito algunas de las impresiones que me dejan las lecturas de libros de poemas recientes del verano. Sin ninguna pretensión de proponer un panorama exhaustivo, y mucho menos un ranking, estas líneas sí intentan hacerse cargo de articular algunas de las corrientes que caracterizan el campo de la poesía chilena hoy, entendiendo corrientes no solo como tendencias sino también como cargas de energía, flujos, movimientos subacuáticos invisibles en la superficie. Creo que por ahí va la tarea de crítica literaria, que se ha estado discutiendo también en los últimos meses. Propongo entonces un recorrido por cinco libros de poesía aparecidos el 2015, para ver qué figura aparece al mirarlos como conjunto. La brevedad del comentario vuelve imposible hacerle justicia a cada uno con la calma que requerirían, pero en cambio intenta sugerir un diálogo posible entre sus propuestas.

Lengua de senas

Lengua de señas, de Enrique Winter (Alquimia editores), es un libro denso y lleno de recovecos, una vertiginosa sucesión de imágenes en la que a veces cuesta descubrir puntos de anclaje o de orientación, en parte debido a la ausencia de puntuación y de títulos de los textos. El lector transita entre el registro mas lírico de algunos poemas breves, el onirismo de otros más extensos, y una mezcla de jirones de recuerdos, observaciones, conversaciones y reflexiones (varias de ellas en torno al oficio poético), que se van entretejiendo cuidadosamente. El libro está atravesado por una respiración constante, deliberada, por un ritmo sincopado que va encadenando una imagen con otra a través de los encabalgamientos, cortes de verso precisos que dejan en suspenso un momento el sentido, lo interrumpen y le dan un ritmo musical muy característico al fraseo de los textos (“Aquí se esculpe con los ojos oídos / ojalá las imágenes se basten a sí mismas / pero lo que dicen es y debe ser / otra cosa”). Personalmente, lo mejor del libro lo encuentro en ciertos textos de extensión intermedia que consiguen un equilibrio entre la nitidez y precisión de lo que aparece en el poema y la amplia extensión de lo no dicho, que se deja sentir en los intersticios. Otros de los poemas del libro tal vez dicen demasiado, o demasiado poco, y por momentos parece que el autor se entregara a ejercicios de composición o de factura, en general muy bien ejecutados, pero no lo suficientemente conectados con el mundo como para que se vuelvan imprescindibles en el conjunto, que parece por momentos tener una vocación truncada de poema extenso. Es curiosa la conjunción del título del poemario con la imagen de su portada, una figura con los ojos vendados que avanza con las manos extendidas: por momentos diría que lo más fascinante de esta obra es el modo en que avanza a tientas, tanteando terreno con cuidado, como alguien momentáneamente privado del sentido con el que solemos orientarnos en el mundo. Pero hay en él también rastros de un esfuerzo por encontrar otro tipo de lengua, una lengua visible, hecha de gestos corporales antes que de letras mudas e inmóviles sobre la página. Por eso, es un libro que debiera leerse en voz alta, para saborear plenamente su goce en la exploración de la piel de la palabra, que tal vez es más un cuerpo que una cosa (“Cedía que la palabra / es una cosa y si es una cosa / lo más probable es que sea / como la oreja una herida”).

Yatagan

Yatagán, de Gloria Dunkler (Ediciones Tácitas), se adentra en una exploración de las fronteras entre el poema y la historia. Algunas de las obsesiones que atraviesan el libro (en este caso para nada disperso, sino que imantado por un centro siempre presente aunque nunca explicitado del todo) son las mismas que las de sus libros anteriores: el conflicto entre el pueblo mapuche y el estado chileno, la presencia del nacismo en la historia de nuestro país, la inmigración, la perplejidad ante la prepotencia del poder, grandes temas abordados desde cuidadosamente construidas sucesiones de textos breves y a primera vista inofensivos, cuyo sentido va surgiendo por conjunción con los otros poemas del libro. En este caso la exploración se ciñe a diversos detalles de un momento específico, alrededor de los años 30 (con el Gobierno de Arturo Alessandri Palma, la matanza del seguro obrero, el auge de las ideologías fascistas, entre otros sucesos históricos), pero aunque no se explicite es obvio que las esquirlas del pasado que Dünkler va juntando tienen relación estrecha con conflictos de la historia chilena reciente y con nuestra actualidad política. Las cinco secciones del libro van mostrando detalles diversos de un total que solo se sugiere: en ellas, la individualidad de la autora está dada menos por la presencia de una voz (que de todos modos es reconocible, pese a que se presenta con volumen bajo y sin aspavientos) que por la especificidad de una mirada. Su exploración de lo prosaico recuerda por momentos a los Cantos de Pound, que también proponen un diálogo sostenido con documentos históricos, pero aquí no hay ninguna pretensión monumentalizante (y de hecho tal vez hace falta algo que contraste con la grisalla de los discursos oficiales y las noticias de prensa). Algunos de los poemas van acompañados de notas al pie, de las que tal vez sería mejor haber prescindido, salvo como cuando, como en el caso de la primera de ellas, se convierten en otro poema por derecho propio (en esos casos quizá habría sido preferible incorporarlas al texto principal). Se trata de un libro algo arduo para un lector desprevenido que no esté familiarizado con los hechos que evoca, pero vale la pena adentrarse en el laberinto de sus ruinas rescatadas del olvido. Juan Cristóbal Romero declara, en el texto de presentación de la contraportada, que los poemas de Dünkler son textos “redentores de un pasado secreto, a la vez heroico y abyecto, bello y monstruoso.” Ni tan heroico ni tan abyecto, el pasado es más bien en este libro deslucido, complejo, inabarcable, lejano, enigmático, y terriblemente actual. Se rehúsa a pasar, a desaparecer, se repite, regresa. Ni bello ni monstruoso, es lo que es, nada más y nada menos, un rompecabezas irredimible cuyas piezas no componen un todo armónico de sentido nítido, sino un cuerpo incompleto, trunco, como el de la estatua que ilustra la portada del libro, y Gloria Dünkler nos lo muestra bajo una luz que se hace cargo delicada e implacablemente de esas paradojas y que se detiene en los detalles y curiosas conjunciones que la historia olvidará: “Enrojecido / co-fundó el PS en 1933. // Gris / el MNS en 1932. // También floreció el Landesgruppe-Chile. / Un joven Augusto ha ingresado / a la Escuela Militar / y Violeta recala en Santiago.”

44 canciones realistas

44 canciones realistas, de Carlos Henrickson (Libros del Pez Espiral), es un libro de dicción cuidadosamente decantada, con una vehemencia retórica que le da un aire algo antiguo (me hace pensar por momentos en la poesía temprana de Lihn, con su calibrada impostación de una voz serena que se va desmoronando, va cediendo frente al peso de los hechos y va cayendo deliberadamente en las trampas de la palabra, que son justamente el terreno pantanoso que quiere explorar). Henrickson comparte con Lihn una tendencia al lirismo que él mismo sabotea y controla, para convertirlo en otra cosa, sin renunciar por otra parte del todo a él. El libro parece un intento por responder la pregunta que formula su “Balada del enfermo”: “¿Cómo, entonces, escribir / lo que se llama un poema, trascendente, / el pleno despliegue de procedimientos / retóricos, los versos depurados y medidos, cuando el mundo no deja en paz a nadie?” La respuesta que sugiere el propio libro es que es en parte ese mundo que no nos deja en paz el que provoca el poema y a la vez lo ahoga, le corta las alas, lo condena al solipsismo. El título proclama que se trata de “canciones realistas”, pero por momentos da la impresión de que son canciones que se topan con la realidad como un pájaro que se estrella contra un vidrio: sin poder asirla del todo, sin resignarse a ella, añorando una música que las haga vibrar pero empapándose de un prosaísmo que vuelve imposible entregarse a la seducción del canto. Tal vez se podría pensar que se trata de un libro tironeado por los impulsos rivales de la música, el amor, y sus promesas de felicidad, y la realidad que se encarga de recordarnos que su distracción no puede sino ser pasajera, efímera, engañosa. Los mejores poemas del libro dan a ver escenas, objetos, recuerdos e impresiones con precisión que habla por sí misma, y con mayor eficacia que el hablante cuando se pone a opinar o comentar lo que muestra. Tal vez lo más notable del libro es su consistencia, el modo en que los poemas consiguen sostenerse en el registro que proponen, en el prisma con que exploran a un conjunto heterogéneo de voces, personajes y escenarios, que en conjunto nos ofrecen un retrato de una cierta realidad, que por momentos cobra vuelo: “Las manos toman, las manos dejan / caer cosas, para que otras manos / las tomen. En el vago aire pálido, / las cosas se desplazan bajo el imperio / de los dedos, la suave curvatura de las palmas; / ya que impotentes y quietas las cosas / sienten las cadenas del mundo y envejecen / cuando se les olvida. Eso es todo.” En poemas como este, las palabras son como cosas que unas manos dejan caer y que el lector recoge con cuidado, como si estuvieran vivas entre nuestros dedos.

tetris

Tetris, de Andrés Urzúa de la Sotta (Libros del Pez Espiral), es un libro en cierto sentido opuesto al de Henrickson: rehuye la retórica en el sentido del cultivo de la elocuencia y la dicción literaria, aunque conserva de ella el gusto por la exploración de las palabras en su materialidad, en las combinaciones y permutaciones posibles de sus sílabas y letras (como el juego de computador al que alude el título). Es un libro repleto de juegos de palabras, pero es también un libro que explora la dimensión de juego que tiene el lenguaje como dispositivo, en un diálogo con el Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas (que concebía el uso cotidiano del lenguaje como una serie de juegos cuyas reglas intentaba desentrañar) aunque el poema final se acerque más al Wittgenstein temprano del Tractatus en su elogio del silencio como único gesto posible: “El único gesto posible es el silencio. / Único gesto posible es el silencio. / Gesto posible es el silencio. / Posible es el silencio. / Es el silencio. / El silencio. / Silencio.” Sigue una página negra, pero no sé si hay que creerle demasiado a este final de juego, ya que el libro en realidad nos muestra una variedad muy diversa de gestos posibles, de ensamblajes de palabras que se disponen sobre el tablero de la página, de la pantalla, y nos invitan a explorar el espacio enrarecido en el que este libro se adentra, proponiéndonos permutaciones que son una nueva versión, menos solemne y alucinada, de la alquimia del verbo que ambicionaba el joven Rimbaud, pero también de los acertijos en los que se deleitaba el barroco novohispano de Sor Juana Inés de la Cruz.

play

Playlist, de Ernesto González Barnert (Overol), es también un libro que apuesta a cierta ligereza, y que explora el juego de que cada texto remita a una canción (o a varias). Los resultados de este experimento oscilan entre la justeza y precisión de ciertos epigramas ingeniosos, divertidos, y lo deslavado de otros textos que no alcanzan a cuajar del todo, un poco como si uno se sentara a escuchar una lista de canciones escogidas al azar, con los saltos y altibajos que eso implica. El libro es además una astuta exploración del modo en que las canciones funcionan como telón de fondo sonoro de momentos clave de nuestras vidas, que al subir el volumen de la música que las acompañaba en cierto modo se convierten en videoclips, en ilustraciones de sus letras, melodías y arreglos. El libro sugiere también que la música que oímos nos determina, nos define, nos retrata, pero además nos constituye como sujetos. El yo funciona entonces como una caja de resonancia, un dispositivo de reproducción que va tocando el repertorio que han grabado en él como única respuesta posible a los sucesos a los que se enfrenta. Al leer Playlist uno recuerda momentos de su vida y las canciones que los acompañaron, se extraña de ciertas opciones del autor, imagina otras posibles, y se imagina también escenas que uno podría vivir al ritmo de ciertas canciones. Es un libro ideal para recorrerlo buscando las canciones que uno no sabía que recordaba, oyendo las que uno no conoce, cotejando las propias preferencias musicales con las del autor o con las de los personajes que circulan por sus páginas. Las canciones son en esta obra códigos de reconocimiento: los gustos musicales definen la tribu a la que perteneces, o pueden revelarte como un ser desprovisto de gusto, lo que en este libro equivale a una falla ética, a un grave error. Dime qué oyes y te diré quién eres, propone el libro, pero la diversidad de melodías que en él se mencionan sugiere que somos muchos, que tenemos muchos yoes posibles, que la misma escena acompañada por otra canción tendría otro sentido.

Estos cinco libros son, deliberadamente, una selección dispar: no se podría decir que pertenezcan a escuelas, movimientos o sectas poéticas afines, ni que los marque un carácter epocal o generacional, salvo tal vez justamente su diversidad, que sugiere que el presente se define menos por el signo de un espíritu de época identificable que por la diversidad infinitamente proliferante de posibilidades que coexisten, muchas veces sin tocarse, en universos literarios paralelos, con lectores que no se conectan. Esta tentativa de lectura intenta, al menos, ponerlos en contacto y formar una silueta de contornos forzosamente abiertos: faltarían muchos títulos y voces para irla completando, pero eso es ya tarea del lector. No hay mapas, no hay caminos, sólo modos de perderse y encontrarse.

 

 

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