Revista Intemperie

Un teléfono que suena en una habitación vacía: Luca Prodan antes de Sumo

Por: Rodolfo Reyes Macaya
luca prodan

 

I’m sitting glued to the glowing tube
tedious, tedium, is flowing slow
about the crying for something I could really use
we´re worker ants, or we´re ants with wings?

Luca Prodan

 

Era 1979. Un hombre de veintiséis años viajaba junto a su madre en un avión desde Londres a Roma. Se ocultaba tras sendos lentes de sol, estaba amarillo y famélico. Había sufrido un coma hepático y los médicos de un hospital público de Londres no le daban más de tres meses de vida. El hombre no hablaba, a ratos miraba una postal y se aferraba a ese pedazo de papel como si fuera una tabla de salvación. En realidad se trataba de una fotografía que retrataba a una joven e inusual familia en las montañas de Córdoba, Argentina.

La menor de sus hermanas había sido encontrada muerta junto a su novio el año anterior; ambos eran adictos a la heroína. El hombre amarillo de lentes oscuros se sentía responsable, él los había introducido en la sustancia que borra el sufrimiento. Era el tercer hijo de una familia adinerada. Su padre era italiano, aunque también tenía antepasados en Austria y Rumania, mientras que su madre, nacida en China, era hija de colonos escoceses que debieron huir de Oriente después de la Segunda guerra mundial. Lo cierto es que a pesar de sus privilegios sociales, la vida del hombre de lentes oscuros, que por cierto se llamaba Luca Prodan, no había sido sencilla. Con diecisiete años había escapado de Gordonstoun, un establecimiento educativo escocés para aristócratas británicos que contaba entre sus alumnos al duque de Edinburgh y al príncipe de Gales. Había despreciado tanto la disciplina como la futilidad de aquel ambiente, para volver secretamente a su Roma natal, donde practicó la vida de un vagabundo, empezó a beber como un demonio, durmió en sofás ajenos y a veces en las plazas públicas. Puede ser que allí haya empezado el experimento desaforado de vivir, que en la época estaba indisolublemente ligado a los psicoactivos, a los opiáceos, a la música y a la calle.

Luca tenía dos causas judiciales en Italia. La primera, por drogas, le había valido una breve temporada en la cárcel –“es como estar en el colegio pero sin tener que hacer nada” escribió entonces en una carta. Pero, según la ley, la más grave era la segunda, había escapado del servicio militar con el uniforme puesto tan sólo dieciocho horas después de ser reclutado. Y había escapado a Londres, donde convivía la decepción nihilista, el activismo revolucionario y el conformismo burgués. Allí consiguió un trabajo en una discográfica y no tardó en ser expulsado por robo de discos. Escribió canciones y vivió en las okupas. Sus composiciones, influenciadas por la resaca del rock, por el punk incipiente y por los ritmos de las Antillas británicas, hablaban acerca del hastío y del dolor, que se parece a un teléfono sonando en una habitación vacía. También realizaban una apología de la vida sencilla. Una apología de quienes se dejan arrastrar por el viento en busca de amor o de otra cosa que no tiene nombre. Luego había sobrevenido la muerte de la hermana y el coma hepático que casi acaba con él. Cuando por fin llegó a Roma, fue detenido por los Carabinieri y más tarde fue declarado enfermo mental e incapaz de ejercer el derecho a voto o trabajar en el sector público; algo que no dejó nunca de considerar un éxito.

Luca Prodan llevaba consigo la fotografía que retrataba a una joven e inusual familia en las montañas de Córdoba al momento de llegar a la Argentina a mediados de 1980 –“como un perro que está ahogando en el mar, ve una cosa flotando y trepa arriba y ahí queda un rato, retomando fuerzas [sic]” dirá su hermano, el también músico, Andrea Prodan muchos años después. La familia de la foto era la de su amigo argentino-escocés Timmy McKern, quien dijo: “El primer tiempo de Luca en Argentina fue muy duro. Como buen adicto, Luca se dio su último pico antes de subir al avión. Me dijo en la carta “te aseguro que voy curado. Entro en un plan de curación con metadona y no sé qué más y llego a la Argentina limpio y curado para no hacer historia.” Bueno, obviamente fue una mentira, llegó mal y pasó, ponele, los primeros tiempos durmiendo 24 horas por día. El tiempo estaba templado pero Luca prendía el fuego porque estaba cagado de frío y todo lo demás. Pero se la rebancó y se curó.”

Esta historia podría continuar durante decenas de páginas. La década de los 80 fue el periodo de actividad febril de Luca Prodan. Grabó dos discos como solista, cuatro como vocalista y figura carismática del grupo Sumo. Y con el tiempo se convirtió en uno de los mitos predilectos del rock argentino. Encontró la muerte por la cirrosis con un conjunto exiguo de bienes preciados: una chaqueta negra, un walkman, algunos libros y revistas. Tenía treinta y cuatro años. Siempre quiso ser parte de aquellos que eran hermosos perdedores.

 

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