Revista Intemperie

Escritores y críticos literarios

Por: Ignacio Álvarez
harold bloom

 

En lo que sigue quiero proponer no tanto una postura como una perspectiva para pensar la pregunta por la crítica literaria chilena. No sé si esta cuestión —para qué, por qué, cómo la crítica literaria en Chile— sea un tema recurrente en nuestra historia cultural (tiendo a creer que no), pero es innegable que ha tenido una rara intensidad en los últimos meses. También es cierto que, con actores muy parecidos, es una discusión que se ha asomado de manera intermitente en los últimos años, un conflicto abierto que, sin embargo, nunca termina de formularse por completo. En un campo en el que hay cada vez más escritores, más editores y —ojalá— más lectores, los escritores, y lo anoto más bien como hipótesis, parecen estar decididamente incómodos con nuestra crítica y nuestros críticos.

Resumiendo varias columnas parecidas, el problema consistiría en que los críticos literarios leen muy mal. Claudia Apablaza dice que solo se fijan en el producto y no en el proceso, que están atrapados en el cajón de lo bueno o malo, que tienen una perspectiva estrechamente localista. Sebastián Edwards dice que tienen una agenda ideológica cerrada de la que no quieren salir, o que leen desde un lamentable esnobismo que intenta ser intelectual. El más articulado y el único escritor que sale del testimonio personal, hay que decirlo, es Diego Zúñiga, que no se fija tanto en cómo leen los críticos chilenos sino en cómo escriben. Les pide, hasta cierto punto les exige, una escritura más cuidada y ambiciosa, que trace mapas y constelaciones, que ofrezca sentidos, que abra discusiones.

La respuesta de los críticos ha sido, en general, un silencio difícil de interpretar. Supongo que quieren evitar polémicas bochornosas para los propios escritores, pero su actitud también puede leerse como si buscaran resguardar la independencia de su juicio, como si fuera completamente fuera de lugar una réplica suya. La única excepción es Camilo Marks, quien dedica un largo texto a decir que en nuestro país no puede darse ningún debate cultural de mínimo nivel, y a proponer una ética harto aguachenta según la cual, como bien sabíamos antes de leerlo, todos tenemos derecho a decir lo que queramos.

Hasta aquí el resumen.

Decía antes que no quería proponer una postura en este debate. Aunque quisiera, de hecho, no podría hacerlo, porque el interés fundamental de quienes han entrado en él ha sido subrayar su propia imposibilidad. Hasta el momento no se ha hablado de literatura chilena o de su crítica, sino de las razones por las cuales los críticos o los escritores no tienen de derecho a debatir. Los escritores niegan autoridad a la crítica, y la crítica guarda silencio o bien declara que aquí jamás habrá un debate decente.

Sospecho que ambas partes tratan de evitar la peor expresión del diálogo suprimiendo el propio diálogo. Varios escritores respiran por sus egos heridos, cómo negarlo, y en ese nivel es imposible conversar. Otros se rigen por una ética infantil de taller literario, o por una lectura apurada de Foucault —“un texto tiene que pararse solo, no se lo puede defender, no se puede hablar de él”— como si no fuera posible discutirlo más allá de la letra. Al negarse a razonar sus juicios, por otro lado, al no querer explicarlos o discutirlos, los críticos defienden una autoridad que termina convertida en privilegio injustificado y arbitrario. Un debate que en realidad se niega a debatir es un recurso cuando menos discutible para pensar cualquier problema, un recurso más bien desesperado, en realidad una soberana tontera.

Lo que se juega en esta discusión es harto importante, sin embargo. Es la existencia de algo así como un espacio compartido en donde pueda discutirse la literatura como lo que es, la elaboración artística de una experiencia que, sin dejar nunca de ser personal, nos interpela a todos. La tendencia a ponerlo todo en términos subjetivos, a seguir en la senda propia pese a los demás, no hace sino escondernos la magnitud de lo que nos estamos perdiendo. La literatura así discutida, conversada, discrepada y explicada no es sino la lenta cocción de los temas fundamentales de nuestra sociedad, de las vidas que nos son ajenas, su articulación con las vidas que nos son próximas. Nos estamos perdiendo a la propia literatura, que funciona solo cuando alguien la lee y la comenta.

Lo que sugiero, entonces, es que todos aumentemos nuestras exigencias. Estamos ante la posibilidad de articular una conversación densa y rica sobre los libros que se publican en Chile, y mi sensación es que no la estamos aprovechando. Un escritor no puede esperar que todas sus obras sean recibidas con aplausos, y debería estar dispuesto a discutirlas más allá de sí mismo, incluso ante quien la considere un producto no logrado. Un crítico literario debería abrirse a la réplica y a la discusión con inteligencia y cierta autoironía, ser capaz de explicarse en términos difíciles y en términos simples (lo más difícil, lejos), debería estar dispuesto a enredarse en las trenzas de sentido que sugiere, que nunca deja de sugerir, la literatura.

El lector que ha llegado hasta aquí seguramente se preguntará quién es este que escribe, de dónde salió, a quién le ha ganado. Soy un oscuro crítico académico salido de la universidad, que sinceramente no le ha ganado a nadie. Quería hablar de la crítica académica, de su importancia y de sus valores, pero ya ve, me ganó otra urgencia.

 

Foto: (Harold Bloom)

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.