Revista Intemperie

Zika o el fin del mundo (de nuevo)

Por: Pol Rivéry
zika

 

Recordarán la Gripe H1N1 o la irrupción del SIDA en los ochenta. O el brote de Ébola en África que amenazaba a Europa hace no mucho. Estas epidemias llegan a nosotros presentadas como una amenaza, la posibilidad de la enfermedad a escala planetaria, en un doble juego entre el desarrollo tecnológico y su despliegue en imágenes. En otras palabras, la expansión de una enfermedad infecciosa y mortal hoy en día está posibilitada por medios técnicos -el transporte de personas y mercancías – y a la vez, su visibilidad –su relato en imágenes y textos -está garantizada por medios audiovisuales. La técnica es lo que permite realizar ambos procesos, y ambos están sujetos a un mismo sistema económico y a un mismo tipo de racionalidad.

La enfermedad, como el Zika, la enfermedad de moda, ya no es un azote de Dios, como la peste negra. Los cuerpos enfermos, portadores de la enfermedad. Tiene un corolario estético bajo la forma del apocalipsis zombie. Es decir, como posibilidad de relato que acompaña, la irrupción de lo real lacaniano, lo irrepresentable: la enfermedad como epidemia mundial.

El Zika se señorea en ciertas zonas, como el noroeste brasileño y Argentino, buena parte de Sudamérica, prácticamente toda Centroamérica, es decir, zonas pobres de países con profundas desigualdades, incluso en las zonas del sur de Estados Unidos, donde también tiene influencia. Hay un cruce entre geopolítica, enfermedad y cuerpo: lo infectado son los cuerpos de los pobres de la periferia del desarrollo en países periféricos, similar a un cáncer que se produce en un inhóspito rincón de un cuerpo.

La posibilidad de la catástrofe como fantasía del capital delirante

El Zika da cuenta de la distopía de la modernidad. Vivimos en ciudades, altamente gentrificadas, abocadas a una serie de complejas tareas, que son consecuencia de la técnica y la tecnología contemporáneas, perdidos y solos en masas de personas. Justamente ahí, en esa representación típica de la sociedad –la gente caminando por las calles céntricas, atiborradas –es donde se da la posibilidad del contagio. Como en las típicas películas de desastres, donde la enfermedad se expande sin control a partir de un individuo que infecta a los pasajeros de un avión o de un tren subterráneo.

Se produce un estado de excepción. Son los mecanismos de control (y no la enfermedad en sí) quienes se toman la ciudad, bajo la forma de organismos de seguridad (policía, sanidad, milicia) y su despliegue en diversos puntos para controlar y fiscalizar a la población. Es el sueño de la razón práctica: la circulación controlada, supeditada a fines de supervivencia económica. La ciudad ha de continuar funcionando hasta donde sea posible, porque es en ella donde el tráfico de mercancías y personas –necesarias para la actividad económica –tiene lugar. La enfermedad logra su triunfo en la infaltable escena de toda película de catástrofes: cuando el control, representado por una barrera, es sobrepasado.

Lo que cae entonces, no son los cuerpos devastados, consumidos por la enfermedad, sino un orden político–económico sostenido por la técnica. En otras palabras, lo que se nos muestra como desastroso no es la pérdida de vidas humanas o el fin de la humanidad, sino la caída del sistema capitalista.

Otra lectura 

El Zika se trata de una enfermedad causada por un virus que usa como vector a un mosquito. Sus principales víctimas, hasta ahora, son las masas de pobres, campesinos u proletarios que viven alejados o en el extrarradio de las ciudades, es decir, la población productora de alimentos, materias primas y servicios necesarios para el mantenimiento del sistema productivo.

El Zika bien puede ser visto como una reducción de la insurrección proletaria bajo la mirada del Capital. Masas no productivas que se alzarían -enfermas – en busca de una cura, haciendo tambalear los cimientos de la producción y circulación de mercancías. Masas revolucionadas por la enfermedad. En un juego de palabras, la revolución como enfermedad, la revolución como posibilidad de buscar una cura para los males de la explotación contemporánea.

La revolución es Real. Rompe las fantasías del capital. Irrumpiría en la realidad imaginaria, sostenida por fantasías. En otra posibilidad, el Zika es una locura posible frente a la supuesta racionalidad del Capital. El Zika, como posibilidad (incierta) de la catástrofe planetaria, se presenta como fantasía de muerte del propio Capital, ya que éste último, como se supone invulnerable, fantasea con la posibilidad de su propia destrucción, como un amante que se deleita pensando en la posibilidad de ser muerto en pleno éxtasis.

Finalmente, el tema no es cómo el mundo -mediante medios técnicos de comunicación a escala planetaria -nos muestra al Zika, sino lo que la posibilidad (sus cada vez más frecuentes posibilidades) de una enfermedad global puede decirnos sobre la constitución misma del mundo.

 

Foto: The Guardian

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