Revista Intemperie

Día para olvidar

Por: Gala Gabriela
metro

 

La alarma no funcionó, por lo que te levantaste y al ver la hora te pusiste histérica. No habías arreglado la ropa precisa para ir a tu entrevista y te volviste un quilombo al momento del elegir que ponerte. Tu estomago crujía, pero no había tiempo de preparar nada. Lo único que pudiste hacer por ese demonio estomacal, fue tomar el café que te dejó tu compañera de cuarto en el termo, con un post it que decía “Suerte” y una carita feliz. Suerte, eso era lo que necesitabas para llegar a tiempo a la entrevista en aquel lugar que desconocías y tuviste que buscar como mil veces por Google Maps.

Vienes del Caribe, pero nunca había vivido un calor tan infernal como ese del sur, donde tu maquillaje se corría y te dejaba impublicable. Lograste bajar al metro y te conseguiste con una maquina dispensadora de golosinas, la gloria. Lograste reunir las pocas monedas que tenías en tu cartera e hiciste el pedido, la maquina hizo el amago de entregarte aquella galleta con el viejo en su empaque, pero nunca te lo entregó, se quedó enganchada y tuviste que salir corriendo sin poder reclamar a nadie pues el vagón que te correspondía estaba allí.

El metro era una orgía de olores, pero no había de otra. Ese era el único transporte económico y confiable para llegar a tu destino. Toca cerrar los ojos y lanzar un mantra a los cielos clamando por más paciencia.

Al llegar a tu estación sales como un torpedo, rumbo a esa agencia de publicidad que stalkeaste por el cyber espacio y se mostró como una oportunidad única. Viste que quien te entrevistaría, sería uno de los socios, era muy guapo y por teléfono fue amigable. Tenías la seguridad de que generarías empatía.

Llegaste a la agencia, que estaba ubicada en una quinta hermosa de una zona top de la ciudad. Te invitan a pasar a la oficina de tu posible “futuro jefe”. Cuando este te hace ver – sin decirte hola- que llegaste una hora más tarde de lo establecido. Le muestras tu teléfono con la hora de inicio de la cita, que concuerda con tu reloj. Él te explica que el gobierno decidió dejar la misma hora de verano y no cambiarla para otoño, donde se atrasaba una hora más, por lo que entiendes que llegaste tarde a tu entrevista y diste una muy mala impresión, y que no se te perdona por ser extranjera y tener poco menos de tres meses en el país.

El estimado, te hace un intro maravilloso de la agencia, mientras que tú no paras de imaginar cómo será tu participación allí. Se parece a todo lo que has hecho hasta el momento, todo lo que amas hacer y te has preparado por años para hacer (sin mencionar el dinero invertido). No tendrías que seguir siendo manicurista de aquella peluquería a la que va poca gente. Luego, él te pide que le hables de tu experiencia y de inmediato comienzas a hacer un despliegue publicitario de tus muy buenos dones en el área, tus años de trayectoria, todo lo que habías hecho hasta el momento y la capacidad que tienes para trabajar bajo presión. Le devuelves la pelota y él agrega que pareces un muy buen recurso, pero que sin embargo no hay una vacante en la empresa, que te quería conocer porque le pareciste interesante, y que te quiere ayudar a conseguir empleo porque le pareces una persona muy valiente para salir de tu país, sola, en busca de nuevos horizontes. Vaya, que sorpresa, otra entrevista donde te dicen “valiente” pero donde no te contratan.

Te sientes burlada y sigues tu camino de vuelta a la peluquería, pensando que esto nunca ocurrió en tu país, que si te llamaban para una entrevista era porque te iban a ofrecer empleo, no para conocerte. De inmediato, suena tu teléfono y consigues un whatsapp del entrevistador diciendo que está muy agradecido porque le abrieras un espacio en tu agenda diaria y que te estará llamando próximamente con una noticia positiva, dudas de sus palabras pues nunca te volverá a llamar. Piensas que capaz te contacto porque al decir que eras de Venezuela lucirías como una miss y serías una calentona en la cama, no que medirías metro y medio y tus medidas excederían los 90, 60, 90.

Se abren las puertas del metro en tu estación y ves al chico que le hace mantenimiento a la máquina de golosinas que te robo horas antes. Dudas de que te vaya a creer pero lo ves justo con la galleta que se te quedó enganchada en su mano y te decides a arriesgar tu última cuota de optimismo del día, al explicarle lo que ocurrió. Él, te entiende y te entrega lo que sería tu único alimento del día. Aun y con este final, sigue siendo un día de mierda, sólo que este tiene sabor a avena y canela.

 

Foto: Cristian Soto/El Mercurio

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