Revista Intemperie

Las “polémicas” del Festival de Viña

Por: Simón González
festival de vina

 

Cuando veo la alfombra roja de Viña me acuerdo la letra de ‘Latinoamérica’ del genial Jorge González. Somos un pueblo al sur de Estados Unidos. Claro que 30 años después.

El evento puede ser entretenido desde algún punto de vista, pero en el fondo no es más que una burda imitación de las alfombras rojas norteamericanas. Queremos ser como lo de “afuera”, lo que vemos por televisión, el Estados Unidos que ha construido la gran industria del espectáculo.

Lo otro que me llamó la atención de la gala es la importancia que ha adquirido la dimensión económica: el valor del vestido, y de las joyas ya no es algo que se mencione como al pasar, por el contrario, ahora es lo que más importa. Los matinales pueden estar durante horas sacando cuentas de cuánto costó un atuendo y otro. Mientras más caro es todo, más excitados parecen los comentaristas, aparece así una dimensión casi sexual asociada al valor económico de las cosas.

Todo rezuma un atosigante hálito a provincianismo precario, a falta de referentes propios, traducido en un deseo desesperado de parecerse a otro, de validarse a partir de un parámetro extranjero, o del dinero gastado.

Al igual que con la gala, el conjunto del Festival ha estado marcado por largas discusiones o análisis acerca de temas completamente intrascendentes, pero tratando de presentarlos como si revistieran una gran importancia. Todo el país discute sobre la supuesta crítica política de los humoristas, la “liberación femenina” de Natalia Valdebenito, el machismo patriarcal de Edo Caroe, como si constituyeran cambios sociales fundamentales.

En cierto sentido, ese es el rol de la farándula: tratar de asignarle gran importancia a aspectos que no tienen ninguna, pontificar desde la trivialidad y arrastrar a todo el país en ello. Funcionales a este contexto, surgen también los llamados “analistas” mediáticos, unas especies de opinólogos rebozados en una pátina de intelectualidad, que intentan descubrir tendencias y símbolos sociales, en cualquier evento masivo: dentro de poco, estaremos analizando el piscinazo de Luli como un nuevo ejemplo de meritocracia y liberación femenina.

En este contexto, algunas de las “polémicas” de este Festival, así, entre grandes comillas:

El chiste de Edo Caroe preguntándose si Giorgio Jackson se lo había “puesto” a Camila Vallejo. ¿Por qué debería de ser polémico un chiste sobre una supuesta relación amorosa entre dos jóvenes dirigentes políticos, sobre la que todo Chile especuló en su momento? (De hecho, muchos periodistas los interrogaron directamente sobre el particular). Nos es más que un ejemplo de la típica imaginación infantil que alimenta gran parte del humor nacional. Lo que se critica en el fondo de esta talla, es entonces su vulgaridad, la alusión directa a una relación sexual, el término mismo utilizado. Convengo en que esto puede ser reprobable o discutible, pero nos encontramos entonces en el clásico terreno de los límites del humor vulgar o chabacano, la necesidad de poner límites respecto de la forma de aludir a los personajes públicos.

El look de Di Mondo, el discurso de Di Mondo, Di Mondo en sí: Lo que nos gusta de este personaje bizarro y un poco esperpéntico, es que parece neoyorquino. A través de él sentimos que estamos más cerca, o nos parecemos más, a Estados Unidos. Más allá de su impredecible vestuario, Di Mondo no dijo una sola cosa interesante a lo largo de todo el certamen, de hecho, ni siquiera tenía idea de las trayectorias de los artistas que se presentaban (claro, como es neoyorquino); a menudo preguntaba cosas del tipo: “¿quién es él? Nunca lo había escuchado”. Su rareza es simplemente una cáscara, un barniz, no va acompañada de un discurso divergente, contestatario o por último irreverente. Pura apariencia.

La “crítica política” en las rutinas de los humoristas, aún más, la supuesta “subversión” política de los humoristas. El Festival comenzó destacando la originalidad y “valentía” del humor político, y terminó, seis días después, criticando lo trillado y repetido de las alusiones políticas. De hecho, las críticas a la clase política y a los casos de corrupción están dando vuelta hace años en las rutinas de los humoristas, incluidas las televisivas. ¿Por qué habría que asignarles ahora un valor especial o revolucionario? Es simplemente humor sobre los eventos de la pauta noticiosa. El hecho de que se hayan extremado o vuelto más explícitas las menciones, obedece a un interés de marketing, de ganarse a la audiencia a través de una crítica compartida, no implica ninguna subversión especial, ni siquiera una denuncia de algo que no haya sido ventilado ya profusamente por la prensa. La guinda de la torta fue el llamado de Natalia Valdebenito a que Lagos y Piñera no se presentaran como candidatos. La proclama puede parecer trasgesora –de hecho, algunos lo vieron así–, pero en la práctica no es más que una preferencia política, bastante simplista, con la cual sin duda la humorista pensaba granjearse el respaldo del público. En verdad, todas las diatribas respecto de los políticos pueden parecer ácidas, pero no tienen nada de novedoso o rebelde y muchas veces simplemente se alían con el lugar común de que la política no sirve para nada, y buscan congraciarse desde este lugar con el público masivo.

La “liberación femenina” de Natalia Valdebenito. Bien que una comediante mujer se suba y triunfe en el escenario de la Quinta. Es un signo de los tiempos y de hecho es raro que no haya ocurrido antes con mayor frecuencia, tomando en cuenta que elegimos nuestra primera presidenta mujer hace casi una década. La rutina fue divertida, y quizás para algunos puede resultar original que una mujer satirice sobre sus propias relaciones de pareja y su propia sexualidad, pero en realidad, es algo que ocurre hace tiempo en televisión, partiendo por el propio Club de la Comedia. Para los que quisieron leer un mensaje de fondo de la liberación femenina les convendría darse una vuelta por las distintas iniciativas legales relativas a la igualdad de género.

Luli reina: A la gente le cae bien Luli porque es esforzada, porque ha sobrevivido a trolleos de antología –de hecho, se ha construido como personaje en base a ellos–, y porque se ha comprometido sin vacilaciones con proveer a la farándula de escándalos y ridículos varios de modo regular. En otras palabras, es un producto que es útil, “sirve”, a la gran industria de la farándula y a su voraz público. Que haya sido elegida reina responde simplemente a esta preferencia. Pero canal 13 se empeña en presentarlo como una gesta épica, casi como una campaña solidaria. Juan Pablo Queralto, en la mejor senda de Martín Cárcamo, se lanzó un discurso digno de los mejores años de don Francisco en la Teletón, simplemente para decir que Luli había ganado. Según él era el momento más importante de su vida (sin duda, para él, lo es). Luli seguirá proveyendo abundante material para la prensa farandulera, hasta que en algún momento haga un ridículo mayor y caiga en desgracia, o simplemente envejezca, y ya no resulte atractiva. Entonces, todos se olvidarán de ella, incluido Queralto, que probablemente estará adulando a otra modelo, tratando de convertirla en una niña símbolo de una desconocida campaña solidaria que sólo existe en su cabeza. El mercado es cruel, pero la farándula puede ser aún más.

 

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